¿De verdad acabará la vacuna contra el COVID-19 con medio millón de tiburones?

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Tiburón blanco (Imagen creative commons vista en Piklist)
Tiburón blanco (Imagen creative commons vista en Piklist)

A estas alturas, todo el mundo ha oído hablar de varios proyectos científicos encaminados a obtener una factura efectiva contra el COVID-19. Quien más, quien menos ha oído hablar de la vacunas de Oxford, Moderna, Pfizer, AstraZeneca, la rusa Sputnik, etc. Lo cierto es que existen varios cientos de proyectos más diseminados por todo el mundo, algunos de ellos se llevan a cabo en nuestro país en las instalaciones del CSIC.

La cantidad de obstáculos a la que deben enfrentarse todos esos equipos de científicos es enorme. Hablamos no solo de los típicos problemas bio-tecnológicos (este virus es un enemigo formidable con varias vías de acceso intracelular). También hay movimientos de oposición social (los que niegan la enfermedad, los anti-vacunas y otros defensores de teorías de la conspiración). Sin olvidarnos por supuesto de los problemas logísticos (la escasez de algunos ingredientes clave para hacer vacunas) y económicos (no es lo mismo trabajar para una farmacéutica potente que para una universidad local).

Pese a todo confiamos en que la estrategia de diversificación lleve a que al menos una vacuna operativa y segura esquive todos esas barreras y acabe siendo administrada a la población en a nuestros centros de salud. Pero hablando de obstáculos, jamás pensé es que un grupo ecologista llamado “aliados de los tiburones” se unieran a la lista de escollos a salvar en el camino hacia la vacuna contra el COVID-19. Y lo cierto es que así es, tal y como cuenta Katherine J. Wu en el New York Times.

La explicación la encontramos en un compuesto oleoso llamado escualeno, que se obtiene a partir del hígado de los tiburones y que posee propiedades que lo hacen un buen adyuvante, razón por la que algunas compañías lo usan en sus vacunas. Si no lo recordáis, los adyuvantes inmunológicos son sustancias que se añaden a las vacunas para potenciar la respuesta inmunitaria corporal frente al antígeno marcado como objetivo (el virus SARS-CoV-2 en este caso) para que de este modo se pueda administrar menos cantidad de vacuna en cada dosis.

Bien, pues el uso de sustancia es lo que ha llevado a que “Shark Allies” emprenda una campaña pidiendo que el órgano regulatorio estadounidense en asuntos farmacológicos (la FDA) detenga la obtención del escualeno a partir de los tiburones. De no hacerlo, para satisfacer la distribución mundial de las vacunas fabricadas con este compuesto (siempre según datos de los “aliados de los tiburones”) haría falta capturar más de medio millón de escualos.

En la actualidad, según datos aportados por la bióloga Catherine Macdonald (experta en tiburones), los humanos pescamos entre 63 y 273 millones de tiburones cada año. Obviamente, esta masacre anual no se lleva a cabo por la obtención de escualeno, sino por su carne y aletas. En muchas ocasiones, incluso se les captura por error, ya que al perseguir a las especies de interés comercial para los humanos, estos depredadores acaban fatalmente en las redes junto a sus presas.

En honor a la verdad, la mayor parte del escualeno que se obtiene a partir del hígado de estos tiburones acaba en la industria de la cosmética, que lo emplea como aditivo humectante en productos de belleza y en los protectores solares. No obstante, en efecto algunas empresas farmacéuticas, como GlaxoSmithKline (GSK) y Sqirus, fabrican adyuvantes para vacunas que contienen alrededor de 10 miligramos de escualeno por dosis.

¿Existe otras fuentes de este aceite? Sí y no. En efecto hay varios productos vegetales como el salvado de arroz, el germen de trigo y las aceitunas que poseen este compuesto orgánico. En realidad todos los organismos complejos (humanos incluidos) producen escualeno como lubricante, pero hasta el momento no se ha conseguido un método para su extracción a partir de estas fuentes, y tampoco ha sido posible sintetizarlo industrialmente. (A pesar de los esfuerzos de la empresa californiana Amyris, que lleva años buscando una alternativa sintética).

Cápsulas con aceite de hígado de tiburón empleadas para estimular al sistema inmunológico. (Crédito wikimedia commons).
Cápsulas con aceite de hígado de tiburón empleadas para estimular al sistema inmunológico. (Crédito wikimedia commons).

La pregunta que debemos hacernos es si las cifras facilitadas por los “aliados de los tiburones” son reales. ¿De verdad haría falta capturar 500.000 tiburones para satisfacer la demanda mundial, caso de que la vacuna que termine por ser efectiva contra el COVID-19 incluya escualeno como coadyuvante en su composición?

La antes citada doctora Macdonald da un dato clave al respecto. Los tiburones varían mucho en tamaño (existen más de 500 especies repartidas por el globo) y por tanto el contenido de escualeno en sus hígados también difiere mucho. Según sus cálculos, para trata a todos los habitantes del planeta en exclusiva con una vacuna que incluyese escualeno en su composición, y dependiendo del número de dosis necesarias para obtener la inmunidad, la cifra de capturas oscilaría entre decenas de mies y más de un millón.

¿Alguna, entre la docena de vacunas que se encuentran en fase 3 de ensayos, contiene escualeno en su composición? La mayoría no. Según el experto en vacunas por la Universidad de Yale, Saad Omer, antes de que estas vacunas llegasen a ser las únicas fiables deberíamos ver “a una tonelada de candidatas prometedoras fracasar”. Lo normal por tanto es pensar en un horizonte donde no solo nos encontremos con una vacuna operativa, sino con varios productos distribuidos simultáneamente por múltiples empresas.

En cuanto a la reacción a la campaña por parte de las empresas que usan escualeno como adyuvante, como GSK y Sqirus, son conscientes de la controversia y se encuentran buscando alternativas a este compuesto. Por desgracia también saben que no lo encontrarán antes de que desaparezca la pandemia por COVID-19.

¿Entonces debemos culpar a empresas como las dos citadas por la caza de los tiburones? Ambas empresas se niegan a citar a sus proveedores del producto, pero reconocen que lo obtienen a través de tiburones capturados por otros propósitos. De hecho, en muchos casos el aceite obtenido del hígado de estos animales que emplean acabaría por desecharse de no ser por ellos.

Así pues, en mi opinión no deberíamos culpar del problema estas empresas, aunque es obvio que debería de aumentarse la inversión en proyectos encaminados a la obtención de alternativas sintéticas. No soy el único que piensa así. Leo con agrado las declaraciones de otra bióloga de Florida llamada Jasmin Graham, que reconoce que el destino principal del escualeno es la industria cosmética, un sector que “hace cosas mucho menos importantes que las vacunas” y que se cuida muy mucho de responsabilizar a las fabricantes de adyuvantes por el exceso en la pesca de tiburones. Me quedo con sus palabras finales: “creo que no debemos demonizar a aquellas personas que intentan salvar vidas”.

Con todos mis respetos para los aliados de los tiburones, opino lo mismo.

Me enteré leyendo New York Times.

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