COVID-19 ¿Por qué no vemos cobre en todos nuestros hospitales?

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Barreras para cama de hospital fabricadas en cobre por la empresa Copper Biocare. (Imagen vista en su página web en Facebook).
Barreras para cama de hospital fabricadas en cobre por la empresa Copper Biocare. (Imagen vista en su página web en Facebook).

El nombre de Victor Burque [1822-1884] un doctor en medicina francés del siglo XIX, probablemente no os suene de nada, especialmente si os digo que es recordado principalmente por una terapia llamada “burquismo” que consistía en tratar los trastornos disociativos (antes conocidos como histeria) aplicando metales en las zonas afectadas, en especial el cobre.

Bien, tras esta breve introducción retrocedamos hasta 1852. Aquel año el doctor Burq visitó una fundición de cobre situada en el III distrito de París. En aquella penosa instalación industrial, se aplicaba calor y compuestos químicos para extraer el metal en condiciones muy peligrosas. Por tanto, el índice de mortalidad debido a accidentes laborales era dolorosamente alto incluso para la época.

Sin embargo el doctor Burq se había percatado de un hecho insólito. De los 200 trabajadores de la fundición, ninguno había muerto de cólera durante los brotes de 1832, 1849 y 1852. Es más, en la misma calle en la que se encontraba la fábrica vivían otros 400 o 500 trabajadores relacionados con el cobre (fabricantes de teteras, orfebres, joyeros) y todos parecían haber esquivado al cólera de forma inesperada.

Tras visitar 400 negocios parisienses relacionados con el cobre, y recolectar datos similares en Inglaterra, Suecia y Rusia (creando informes de más de 200.000 personas) Burq presentó sus conclusiones a la Academia de Ciencias y Medicina de Francia en 1867. En su opinión, y cito literalmente: “el cobre y sus aleaciones, el latón y el bronce, aplicados e impregnados literalmente sobre la piel durante una epidemia de cólera, es un método de prevención efectivo que no debería descartarse”.

En efecto, antes que Burq en el antiguo Egipto y en otras civilizaciones ya se conocía el poder de este metal para tratar infecciones o esterilizar el agua. Y es que el cobre es un antimicrobiano potente que mata hongos, bacterias y virus en cuestión de minutos. En aquel sigo XIX de Burq, estar expuesto al cobre en tu actividad laboral podría considerarse una versión primigenia del “lavarse las manos de forma constante” de nuestros días. Y es que el cobre es un metal que libera iones constantemente, y estas partículas eléctricas destruyen una buena parte de los patógenos que amenazan nuestras vidas, incluyendo norovirus, al temido SARM resistente a los antibióticos, cepas virulentas de Escherichia coli y sí, también coronavirus (entre los que se incluye el causante del COVID-19) .

¿Por qué entonces no vemos cobre en nuestros hospitales? Supongo que su precio elevado, y la necesidad de limpiarlo de forma habitual para que quede bonito tiene algo que ver, pero lo cierto es independientemente de que el brillo del cobre se apague y luzca un poco verdoso, este metal sigue manteniendo sus propiedades bactericidas.

¿De verdad sería tan caro su aplicación? En absoluto, especialmente si tenemos en cuenta el ahorro potencial en posteriores terapias contra infecciones intrahospitalarias, ya que uno de cada 25 pacientes de hospital termina por contagiarse con algún patógeno durante su período de internamiento. Pensemos que solo en los Estados Unidos, cada año se producen casi 100.000 fallecimientos relacionados con infecciones adquiridas en los hospitales.

Además, no haría falta forrar en cobre todo un hospital. En realidad bastaría con recubrir con un fino baño las superficies más tocadas por pacientes, personal sanitario y visitantes. Pensemos en las barreras protectoras de las camas, la botonera de los ascensores, los pasamanos de las escaleras, los pomos de las puertas, los asideros de las bandejas, los soportes móviles para bolsas de suero, el botón para llamar a la enfermera, etc. El porcentaje de las superficies sobre las que habría que actuar sería pues inferior al 10% y el resultado sería increíble: una reducción de hasta el 83% en la presencia de microbios.

Un estudio de 2015 descubrió que un coronavirus conocido como 229E, que provoca infecciones en el tracto respiratorio, podía seguir infectando células humanas tras reposar cinco días en materiales como el teflón, la cerámica, el cristal, la goma de silicona y el acero inoxidable. Sin embargo, en contacto con aleaciones de cobre el coronavirus se desactivaba rápidamente.

En un preprint más reciente relacionado con el COVID19, investigadores del Laboratorio de virología de los Institutos Nacionales de Salud en Montana dispararon partículas virales con un aerosol sobre superficies compuestas de diferentes materiales. ¿Resultado? El virus resistía especialmente bien en plástico y acero inoxidable, donde podía reposar activo hasta tres días. No deja de ser curioso que sean los materiales más comunes en nuestros hospitales. ¿Qué pasaba si el virus aterrizaba sobre cobre? Pues que en solo 4 horas este había desaparecido.

Contra el coronavirus Sars-Cov-2, lávate las manos. (Imagen creative commons vista en Pixabay).
Contra el coronavirus Sars-Cov-2, lávate las manos. (Imagen creative commons vista en Pixabay).

¿Os sigue pareciendo caro introducir el cobre en las zonas sensibles de los hospitales? En absoluto, sobre todo si tienes en cuenta que este metal es reciclable sin perder sus propiedades y que actúa las 24 horas del día sin interrupción, cosa que no se puede decir de otros métodos de esterilización como los basados en rayos ultravioleta o en el gas peróxido de oxígeno.

En realidad podríamos ver cobre en muchos otros lugares estratégicos además de en los hospitales. Hablo de aplicarlo en las barras de autobuses y metro, en los pasamanos de las cintas transportadoras de los aeropuertos o incluso en las pesas de los gimnasios o en los bolígrafos que empleamos en las oficinas.

¿Sabéis donde estarían encantados de emprender un cambio así? En Chile, el mayor productor mundial de cobre, donde existen iniciativas muy interesantes como la llevada a cabo por la empresa CopperBioHealth de la que ya os hablé en 2014 en este mismo blog.

Si el 80% de las infecciones hospitalarias surgen por tocar superficies ¿no estamos tardando en pasarnos al cobre?

Me enteré leyendo Vice.

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