Esto es lo que la covid-19 nos ha enseñado sobre los riesgos y las amenazas

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Navegar por el riesgo puede ser como caminar por la cuerda floja, incluso cuando se está perfectamente seguro zhukovvvlad/Shutterstock

La vida entraña riesgos y tiende a acabar en la muerte, lo que nos vuelve fácilmente paranoicos respecto a la comida que ingerimos, el aire que respiramos y los extraños con los que nos cruzamos por la calle. Sin embargo, ¿qué deberíamos realmente temer, tanto individual como colectivamente?

Después de un año de confinamientos y millones de muertes, esta pregunta está hoy más en el aire que nunca en un momento en el que los países sopesan los riesgos de las nuevas cepas de coronavirus y los posibles daños que se derivarían de más confinamientos. La propia evolución se encargó de ponernos en sintonía con riesgos como las arañas y las serpientes. Pero lo cierto es que no somos tan buenos gestionando los riesgos que acompañan la vida moderna, y los Gobiernos en ocasiones no podrían ser más incompetentes.

Las Ciencias Sociales hacen una sorprendente afirmación: aquello a lo que tenemos miedo, y la magnitud del miedo que albergamos, es, en parte, una opción personal. Por ejemplo, a nuestros antepasados les aterraba la idea de ir al infierno o ser maldecidos. Por el contrario, a muchos de nosotros nos asusta que una bebida gaseosa pueda provocarnos un cáncer o que el mundo entero se vea envuelto en una nube de humo como consecuencia del cambio climático.

Según distintos estudios, exageramos aquellos miedos que son dramáticos, que visualizamos de forma fácil e inmediata, y sobre los que no tenemos ningún control, como pueden ser los ataques terroristas o los accidentes de avión. Pero lo curioso es que solemos subestimar los riesgos que entendemos lentos e invisibles (como el cambio climático) y aquellos que creemos que controlamos nosotros, como la conducción, que, en realidad, es infinitamente más peligrosa (en EE. UU., la probabilidad de morir en la carretera es de una de cada cien personas y hoy en día mueren incluso más personas de sobredosis de opiáceos).

Una enfermera de color administra una vacuna a un hombre asi&#xe1;tico
Vacunas: un ámbito en el que muchos valoramos el mismo riesgo de forma diferente. Prostock-studio/Shutterstock

La sociedad determina nuestra percepción del riesgo

Los medios no hacen sino alimentar estos desequilibrios. El pánico a la enfermedad de las vacas locas (EEB) alcanzó su pico más alto en los años noventa, lo que llevó a sacrificar millones de vacas y aquello se tradujo en pérdidas de casi 47 mil millones de libras. No obstante, el número de gente que murió en Europa de este mal durante esa década (en torno a 150) era aproximadamente igual al número de fallecidos entonces por beber de lámparas de aceite perfumado.

La gran antropóloga Mary Douglas nos mostró hace medio siglo (en contra de lo que se creía) que mucha de nuestra percepción del riesgo viene determinada por la sociedad. Nuestra consideración en cuestiones como la energía nuclear o los cultivos transgénicos refleja tanto nuestra visión más amplia del mundo (una red de creencias relacionadas con la jerarquía, el control individual o la autoridad de los expertos), como los hechos objetivos que acontecen en él. Esto se ha hecho muy evidente en la percepción del riesgo en relación con las vacunas, sobre todo dada la rápida distribución de las vacunas contra el coronavirus, y explica por qué el dar a la gente solo hechos tiene poco impacto.

Estas características culturales también afectan a nuestra visión de los riesgos positivos, como nuestra predisposición a invertir el dinero de la pensión en el mercado de valores o el querer probar nuevos platos. Hay importantes diferencias geográficas: frente al enfoque estadounidense respecto al capital riesgo y las startups –allí la población es feliz con los riesgos y los fracasos–, la postura europea acostumbra a ser más cauta –aquí impera el principio de precaución y solemos sospechar de las nuevas tecnologías como la inteligencia artificial–.

Sin embargo, estos patrones también son políticos y traspasan las culturas nacionales. Uno de los actuales hallazgos más llamativos y chocantes sobre la política autoritaria y las motivaciones de los seguidores de figuras como Donald Trump o Matteo Salvini es que odian la complejidad y desconfían de todo tipo de innovación.

Ser conscientes de la construcción social y personal del riesgo nos podría ayudar a tomar decisiones más sabias y a entender mejor la teoría de la probabilidad, que nos sirve para distinguir el riesgo de muerte asociado a resbalarse en la bañera (muy alto) frente al de verse atrapado en un accidente de tren (muy bajo). Abordar esas causas más profundas que subyacen a nuestra desconfianza influiría mucho más en la disposición de la gente a tomar medidas en relación con los riesgos sanitarios que el simple hecho de ir dando más y más información.

Por ejemplo, aunque Europa ha impulsado la vacunación masiva, siguen existiendo minorías a las que parece imposible convencer.

¿Y qué hay de nuestra visión colectiva del riesgo? ¿Acaso los Gobiernos son mejores gestionando esos riesgos que todos compartimos?

Me vi plenamente envuelto en esa pregunta hace 20 años. En el año 2000, una huelga de repartidores de combustible consiguió casi paralizar el país. En esa nueva era de la producción just-in-time (producción ajustada), en la que las empresas optimizan los sistemas para aumentar la eficiencia y reducir las pérdidas con el stock justo, enseguida se vio que las reservas de combustible para hospitales y supermercados apenas durarían un par de días. Por suerte, la huelga se prolongó poco en el tiempo, pero no mucho después se produjo un enorme brote de fiebre aftosa en la ganadería del Reino Unido. Los sistemas del país demostraron no estar preparados para gestionar tal riesgo.

Por aquel entonces, yo dirigía la unidad de estrategia del Gobierno del Reino Unido, y se recurrió a nosotros para preguntarnos qué se necesitaba hacer. Estudiamos de qué forma las grandes empresas y otros Gobiernos habían actuado ante los riesgos. Tratamos de entender lo que había funcionado en el pasado y lo que no, y, a partir de ello, elaboramos una serie de recomendaciones que enseguida se pusieron en marcha.

La principal conclusión a la que llegamos es que, puesto que todas las organizaciones luchan por comprender los riesgos y prepararse para ellos, especialmente para aquellos de alto impacto pero poco probables, todas han de encontrar formas sistemáticas de enfrentarse a la complacencia. Un aspecto relevante consistía en ayudar a los Gobiernos a detectar posibles grandes riesgos: desde pandemias a crisis económicas, desde ataques contra infraestructuras básicas a fenómenos climáticos extremos. Otro de los puntos importantes era que los responsables de la toma de decisiones bien preparados utilizan simulaciones, escenarios y modelos. También estaba el crear una unidad civil central para contingencias, interconectada con el Gobierno local y capaz de hacer frente a las peores crisis. En cuarto lugar, se vio la necesidad de invertir en riesgos a largo plazo, como el cada vez mayor riesgo de inundación en la costa este del país como consecuencia del cambio climático.

Todo esto nos funcionó bien durante una década. Sin embargo, no es ningún secreto el que la mayor parte de este aparato se desmoronó durante el 2010 y los años siguientes por los efectos de la austeridad, el Brexit y la distracción política. Y así, las circunstancias nos abocaron al desastre del año 2020.

Pero ahora que ya hemos experimentado ese riesgo (una pandemia) que siempre ocupó el puesto más alto de todas las listas, corremos el serio peligro de aprender las lecciones incorrectas.

Lecciones equivocadas y correctas

Una tiene que ver con la predictibilidad. Allá por los setenta, se pidió a un alto funcionario que elaborara un listado de los varios cientos de riesgos más altos a los que se enfrentaba el Reino Unido. Sin duda, un ejercicio encomiable. Con el paso de los años, ninguno de los riesgos anotados se produjo, aunque sí algunos bastante parecidos. Tras ello se vio que, en lugar de intentar anticipar todos y cada uno de los riesgos, lo que había que hacer era cultivar la resiliencia y la adaptabilidad para que, cuando las crisis nos sacudieran, las sociedades pudiéramos responder de forma rápida y flexible. Desgraciadamente, ahora empezaremos a ver libros y libros escritos retrospectivamente y que nos mostrarán que la covid-19 se podría haber previsto. Y buscarán presionar a los Gobiernos para que inviertan mucho más con vistas a pronosticar la forma exacta de la siguiente crisis.

La segunda lección incorrecta, y relacionada con esta, podría ser la de comenzar a movernos en una paranoia excesiva. Está bien que critiquemos a los responsables por no haberse tomado los riesgos muy en serio (como el caso del primer ministro del Reino Unido Boris Johnson, quien, parece ser, consideraba la pandemia como “solo una historia de terror”). Sin embargo, igual que los atacamos por esto, los castigamos por lo contrario, como sucedió con el ministro francés que se gastó una ingente cantidad de dinero en la respuesta al virus H1N1 en el año 2009 —se hizo con un arsenal de dos mil millones de mascarillas–. En aquella ocasión fue denunciado por una reacción exagerada e inútil. Los mismos que se han recreado ahora arremetiendo contra políticos y científicos por no conceder la importancia suficiente a la covid-19 se divertirán en un futuro echando por tierra a sus sucesores por actuar desde la histeria. Precisamente por eso, el hablar a posteriori es maravilloso.

Ninguno de nosotros ve los riesgos con claridad. Todos elegimos aquello a lo que tememos y la magnitud con que lo hacemos, ya sea individual o colectivamente. Sin embargo, ahora contamos con muchísimos más datos que antes para desafiar o dar forma a nuestras percepciones. Esto, por supuesto, es un paso hacia adelante. Y puesto que muchos riesgos hemos de abordarlos en conjunto, todos deberíamos preocuparnos de si nuestros Gobiernos lo están haciendo bien y de si han conseguido el equilibrio entre lo que es una parálisis paranoica y una negligencia incompetente.

Este artículo forma parte de una serie sobre cómo recuperarse de la pandemia de forma que las sociedades sean más resistentes y puedan hacer frente a futuros retos. Cuenta con el apoyo de PreventionWeb, una plataforma de la Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres. Lea más sobre la cobertura aquí.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Geoff Mulgan no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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