Cómo afecta a los más vulnerables la falta de ética de algunos medios españoles durante el Covid-19


El Programa de Ana Rosa es uno de los que recibió críticas. (Getty Images)

Los afortunados a los que el Covid-19 no nos ha afectado directamente de alguna u otra manera desayunamos, almorzamos, merendamos y cenamos coronavirus a través de los medios de comunicación y de las redes sociales; incluso dormimos con una crisis que también se apodera de nuestros sueños. El confinamiento ha provocado que millones de personas pasen este Estado de alarma pegados a la televisión, a la radio y demás contenido en internet hasta aumentar las cifras de audiencias a cotas históricas. En este contexto, surge una pregunta

¿Están siendo responsables determinados medios de comunicación con el tratamiento de esta realidad? Hay muchas personas que opinan que no. 

Minerva Piquero presentó la sección de El Tiempo en Antena 3 durante 14 años entre la década de los noventa y comienzos del 2000, y actualmente trabaja como directora de Comunicación y Relaciones Públicas en una agencia de marketing. Recientemente, publicó un mensaje en su cuenta de Twitter en el que urgía a los programas matinales a “no regodearse” de esta tragedia ante una audiencia que cuenta con millones de personas mayores de setenta años de edad. El vídeo que publicó la comunicadora fue categórico y representa la opinión de muchísimos hijos y nietos que vemos cómo nuestros padres y abuelos se encuentran en un estado de ansiedad permanente que se ve aumentado por el tratamiento que determinados programas le están dando a esta cobertura.

En España hay más de dos millones de personas mayores de 65 años de edad que viven solas en sus casas. De ellos, más de 850 mil tienen 80 o más años y la gran mayoría son mujeres, con unas cifras de alrededor de 662 mil, según datos de 2018 ofrecidos por el Instituto Nacional de Estadística. Ellos son los que viven sin compañía y pasan sus miedos en soledad, aunque hay otros muchos que se encuentran en residencias de ancianos o residiendo con familiares. Como afirmó Piquero, para muchos de ellos, “la ventana al mundo es la televisión”. La siguen con fidelidad y se convierte en su fuente de información para alcanzar la esperanza y palpar el pánico, ya que, como grupo de riesgo, los detalles que ciertos programas están brindando les afectan profundamente. El bombardeo es continuo y solamente con los informativos se han dedicado miles de minutos al coronavirus entre el 1 de enero y el 15 de marzo. Antena 3, con 1.536 minutos es la cadena cuyos noticieros han dedicado más tiempo a la pandemia. Le sigue laSexta Noticias con 1.459 minutos, los Telediarios de La 1 con 1.432 minutos e Informativos Telecinco con 1.356 minutos.

Ante tal avalancha de información, el consumo de televisión ha aumentado un 40.5 por ciento desde que comenzó la cuarentena y las parrillas televisivas se han adaptado a la coyuntura con la supresión de muchos programas de entretenimiento que han sido sustituidos por un aumento de la programación informativa. Algunos matinales líderes de audiencia como Espejo Público, presentado por Susana Griso, o El Programa de Ana Rosa Quintana, suelen dedicar sus espacios al Covid-19 y cuentan con una audiencia fiel que se ha visto aumentada durante el confinamiento. Muchos usuarios están criticando el tratamiento que le están dado al continuo flujo de noticias, con reporteros dando la última hora desde centros de ancianos y con informaciones en las que llegaron a afirmar que los enfermos por el coronavirus más mayores no tienen prioridad en los hospitales y, por lo tanto, se les está dejando morir

Reporteros cubren el coronavirus desde China.

¿Acaso se le puede pedir al público más vulnerable que digieran ese tipo de noticias sin pestañear? ¿Están pensando las cadenas y los programas en su audiencia a la hora de generar este tipo de contenido o por el contrario tienen presente el share mientras se dejan llevar por el sensacionalismo? Este asunto se reduce a un debate que se genera en el periodismo desde la universidad y que se extiende durante toda la carrera profesional: la ética periodística

Una de las grandes cuestiones de los comunicadores es hallar el límite entre el morbo y el ser un buen profesional capaz de relatar las mejores historias. Como observadores, los periodistas tenemos la obligación de presenciar, contrastar, interpretar, retratar, entretener y analizar realidades, sin embargo, también hay una responsabilidad que no puede pasarse por alto: el ser un miembro más de la comunidad y asistirla siempre que sea necesario.

La historia ha dejado muchos ejemplos, aunque uno de los más notorios fue la fotografía ganadora del premio Pulitzer en 1994, ‘El buitre y la niña’, tomada por Kevin Carter. Aquella instantánea fue galardonada, aplaudida y criticada a partes iguales y mostró a un niño en Sudán (al principio se pensó que era una niña) famélico y a punto de desmayarse mientras un buitre aguardaba su momento. ¿Qué debería haber hecho el fotoperiodista en aquella ocasión, asistir a un pequeño a punto de fallecer de hambruna o tomar la instantánea más complicada de su carrera? Guardando las distancias, este hecho sirve para explicar cuán profundo es el debate sobre la ética periodística y las contradicciones de los comunicadores. Carter acabó quitándose la vida cuatro meses después de ganar el Pulitzer.

En la crisis actual, es inevitable y obligatorio informar sobre el número de fallecimientos y de diagnosticados de esta tragedia, pero es evitable e innecesario el ahondar en la llaga con detalles que pueden generar unos temores que acaban pasando factura a la sociedad. Aumentar el número de la audiencia es secundario frente a una responsabilidad social que, en muchas ocasiones, se está llevando a rajatabla, mientras que en otras está brillando por su ausencia. En una crisis de este calibre, salvaguardar la salud mental de los más vulnerables lo máximo posible sin dejar de informar y analizar con rigor es un deber que debería ser prioritario. La virtud reside en el frágil equilibrio entre el tener humanidad y ser periodista, dos conceptos que nunca deberían separarse.

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