La odisea de no poder ir a un psicólogo para tratar una depresión o crisis de ansiedad en tiempos de coronavirus

Miguel Artime
·8 min de lectura
Depresión y ansiedad en confinamiento, los problemas de los pacientes para conseguir atención psicológica. (Imagen Creative Commons vista en Pixabay).
Depresión y ansiedad en confinamiento, los problemas de los pacientes para conseguir atención psicológica. (Imagen Creative Commons vista en Pixabay).

Ramón [nombre ficticio] es un jubilado casi octogenario con problemas de ansiedad. En el pasado, durante sus últimos años en activo, requirió la ayuda de un psicólogo para lidiar con una depresión, producida por las dificultades de adaptarse a las nuevas formas de trabajo impuestas por la revolución digital. Desde aquella crisis y tras el ansiado retiro, Ramón vivía más o menos feliz gracias al respaldo de su amplia red social y familiar.

Pero entonces llegó la crisis del Covid-19 y nuestro protagonista se vio confinado al hogar, sin su paseo diario, sin su amigable tertulia, sin la comida del domingo con sus hijos y nietos. La falta repentina de socialización, el exceso de información pesimista que llega de los medios (con cifras de muertos siempre crecientes) y el aspecto de las calles y sus escasos pobladores (más parecidos a astronautas que humanos) cada vez que se atrevía a salir para hacer la compra acrecentó su miedo, hasta que todo se volvió a derrumbar. Sufrió los síntomas de lo que él creía un infarto en plena cola de la farmacia, y el episodio acabó requiriendo la asistencia de una ambulancia en plena calle.

Entre los profesionales que le atendieron de emergencia no había ningún psicólogo. ¿Resultado? Ramón acabó en su casa con una receta de ansiolíticos. En otros tiempos, Ramón habría concertado una cita inmediata con su psicóloga de confianza, la misma que le ayudó a salir del pozo en los primeros años de este siglo, pero ahora el Covid-19 hace prácticamente imposible las citas presenciales.

¿Por qué no acudir a la seguridad social? Podrías preguntaros. En efecto los diferentes servicios de salud de cada comunidad autónoma cuentan con psicólogos clínicos en sus plantillas, pero la realidad es que existen tan pocos profesionales y la demanda de ellos es tan grande (pensad en todas las personas con problemas de drogodependencia, adicciones a otras sustancias o al juego, trastornos de la alimentación, depresiones, problemas de ansiedad, traumas, estrés, problemas de adaptación, etc.) que cuando uno acude a su médico de cabecera para que le derive con uno de estos especialistas, lo normal es que se enfrente a períodos de espera de hasta tres meses. Con suerte, cuando todo ese tiempo pase, el psicólogo clínico de Salud Mental que te reciba te atenderá 30 o 40 minutos, y la espera hasta la siguiente cita volverá a requerir de un periodo igualmente largo.

¿Comprendes ahora por qué todo el mundo que pude permitírselo pide ayuda a un psicólogo privado? Bien, pero volvamos ahora con ellos. Cuando quedó claro que el gobierno establecería el estado de alarma y que el confinamiento se generalizaría, la mayoría de los colegios de psicólogos de las comunidades autónomas enviaron instrucciones a sus colegiados en los que dejaban a su elección seguir practicando terapia presencialmente, emprender consultas por videoconferencia o incluso cerrar sus despachos. En caso de optar por la primera opción, se les facilitaba una serie de instrucciones preventivas relacionadas con el equipamiento a emplear, medidas de higiene, distancias de seguridad interpersonal, etc.

¿Resultado? Imposible conocer las cifras oficiales, pero tras ponerme en contacto con 17 psicólogos a través de teléfono o redes sociales, el 100% renunció a las terapias presenciales por responsabilidad, con ellos mismos y sobre todo con sus pacientes. En cuanto a pasar consulta por videoconferencia, el 80% de los consultados comentan que se lo han ofrecido a sus pacientes, pero que muchos lo rechazan por falta de intimidad o falta de medios técnicos.

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Todo ello sirve para explicar que la reducción del número de consultas ha sido casi total, hasta el punto que algunos confiesan haber cerrado, y otros apenas mantener el 10% de sus sesiones. Como en casi todo, los más adaptados a las nuevas tecnologías, hablo de profesionales que ya trabajaban online antes de esta crisis y con pacientes “remotos” en su agenda (pensad en expatriados por ejemplo) capean mejor el temporal. Los hay incluso que afirman mantener el 50% de sus sesiones pero son minoría, lo normal es que los psicólogos privados en España estén ahora mismo cerrados, atendiendo urgencias por email o teléfono.

Por si no hubiera suficientes dificultades, las consultas online (tal y como advierten por los distintos colegios de psicólogos autonómicos) no deben realizarse con las aplicaciones más populares de videoconferencia, véanse Skype, Whattsap, Facetime etc., ya que no cumplen los niveles de privacidad y seguridad exigidos por la legislación, en especial por la Ley Orgánica de Protección de Datos (LOPD). Algunos psicólogos consultados afirman desconocer este nuevo “palo en la rueda” a la hora de atender telemáticamente.

Sea como sea, la videoconferencia o el teléfono parecen ser solo remedios temporales en buena parte de los casos. El vínculo que se construye entre un paciente y su psicólogo se fundamenta en la confianza que da el contacto in situ, y sobre todo en el tiempo que se les dedica. Para ayudar a un paciente con plenas garantías, especialmente al comienzo de la terapia, a veces es necesario realizar un seguimiento casi en tiempo real.

En un mundo perfecto la seguridad social contaría con un número adecuado de psicólogos clínicos que atenderían gratuitamente. En este mundo real en el que vivimos, no todo el mundo tiene acceso a los 50 o 75 euros por promedio que cuesta una sesión privada de una hora. Especialmente si tenemos en cuenta que al inicio de una terapia es común realizar sesiones con frecuencia semanal.

¿Resultado? El Covid-19 ha supuesto la tormenta perfecta para muchas de estas personas, encerradas entre las paredes de su hogar, mientras sus cabezas se sienten también atrapadas irremisiblemente por sus miedos.

Afortunadamente aún nos queda el teléfono. ¿Han notado los psicólogos un aumento en el número de llamadas? ¿Qué es lo que más les preguntan sus pacientes a día de hoy? Nos responde Natalia Mata Herrero:

“Según han pasado las semanas de confinamiento el número de llamadas ha subido. Los principales focos de problema son el descontrol en la alimentación, sobre todo en personas que de una manera u otra tienen, o tenían previamente, una relación desadaptativa con la comida, usando esta como forma de gestionar el malestar. También he percibido un aumento en la sensación de miedo, angustia o fuerte agobio por la situación y la incertidumbre que produce la cuarentena, principalmente en pacientes con un diagnóstico de ansiedad previo”.

Pero veamos qué dice la ciencia sobre el modo en que los confinamientos afectan a las personas aquejadas de trastornos mentales. El pasado 14 de marzo, la revista médica The Lancet publicaba un meta estudio sobre trabajos psicológicos realizados con personas que experimentaron cuarentenas y distanciamiento social extremo. Los trabajos se realizaron a raíz de los brotes de SARS, gripe H1N1, ébola y otras enfermedades infecciosas que tuvieron lugar en la primera década de este siglo.

Muchas de esas personas experimentaron problemas de salud mental a corto y largo plazo durante la cuarentena. Entre los más comunes: el estrés, insomnio, agotamiento emocional y abuso de sustancias. Como ejemplo, durante un brote de gripe equina, el 34% de las 2.760 personas confinadas, informaron tener niveles altos de angustia (lo cual podría indicar ansiedad o depresión), en comparación a un grupo idéntico de personas que no se encontraban en cuarentena, en los que la cifra fue solo del 12%.

En otro estudio similar que tuvo lugar en Pekín durante el brote del SARS de 2003 y en el que participaron 549 trabajadores de hospital, aquellos que tuvieron que pasar cuarentena o que trabajaron en zonas de riesgo (casi la mitad de la muestra) seguían exhibiendo niveles superiores de abuso de alcohol, casi tres años después, en comparación con los trabajadores que se expusieron menos al patógeno.

Está claro que cuando el confinamiento se extiende durante varias semanas, los problemas de salud mental aumentan notablemente, especialmente entre las personas mayores. En el caso del COVID-19 el riesgo es doble porque un número elevado de los ancianos que residen en sus domicilios particulares lo hacen solos, circunstancia que hace mucho más duro mantener un buen nivel de salud mental. Especialmente si sumamos la presión que les supone saber que son el sector de la población más gravemente afectado por el coronavirus.

Concluyendo. Para Ramón y otros como él, el confinamiento está resultando muy duro y agobiante. Sin el contacto físico de los que les quieren y sin la ayuda in situ de un psicólogo, apenas les queda el teléfono. Si tienes a alguien en una situación similar llámale con frecuencia para mostrarle tu apoyo y reducir su miedo. Hablad con vuestros mayores, recomendadles que no abusen de la información y sobre todo fomentad el buen humor. Si puedes, hazle llegar esos memes que te provocan carcajadas, comparte el positivismo y sobre todo dales mensajes de esperanza. Esto no va a durar para siempre.

Para finalizar, os dejo los teléfonos de ayuda que el Ministerio de Sanidad ha habilitado.

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