Coronavirus en la piel y en las pantallas de móviles: el problema de no contar la historia completa

J Toledo y José de Toledo
·5 min de lectura
Woman with a cold or flu or allergy working at home. She is holding a mobile phone and is also using a laptop computer. She is sitting at the dining table which has paperwork on it.
Woman with a cold or flu or allergy working at home. She is holding a mobile phone and is also using a laptop computer. She is sitting at the dining table which has paperwork on it.

Por muchos meses que llevemos de pandemia – y eso que todos tenemos la sensación de que son más de apenas siete meses – seguimos cometiendo algunos errores. Y esto lo digo al hilo de dos artículos que se han publicado recientemente, los dos tratando el mismo tema: cuánto puede sobrevivir el coronavirus en distintas superficies. En la pantalla de teléfonos móviles, 28 días, casi un mes; sobre la piel humana más de nueve horas, y si nos ponemos a pensar la cantidad de cosas que tocamos en nueve horas…

Pero en los dos casos ocurre lo mismo: sí, los experimentos demuestran hasta cuánto tiempo después se pueden detectar partículas de virus. Pero falta un detalle fundamental: ¿nos podemos contagiar por estas vías?

Vamos con el detalle de los estudios. Y vamos a empezar con el de la piel, donde el virus puede sobrevivir menos tiempo, porque este estudio tiene un detalle importante e interesante.

¿Cómo es posible que, a estas alturas de la pandemia, no hubiese ningún experimento sobre cuánto dura el virus en la piel? Así, de primeras, resulta llamativo… hasta que piensas que, para llevar a cabo un experimento así, hay que “untar” la piel de una persona con un virus potencialmente mortal. Que, a nivel ético, plantea serios problemas – y menos mal que lo hace.

Así que los científicos de la Universidad de Medicina de la Prefectura de Kyoto en Japón tuvieron que buscar una alternativa a la piel de un ser humano vivo. Y lo mejor en estos casos es… la piel de un ser humano muerto. Sí, porque esto es lo que han hecho, literalmente: obtener muestras de piel de fallecidos recientes – menos de 24 horas – que hubiesen donado sus cuerpos a la ciencia.

Y han podido hacerlo porque se sabe que la piel humana se puede emplear para trasplantes hasta un día después de la muerte del donante. Es decir, si se recogen las muestras de piel en menos de 24 horas desde el fallecimiento, los datos que podemos obtener son válidos.

Una vez que ya habían conseguido solucionar el problema ético, pusieron en marcha el experimento: crearon un modelo con piel humana, y comprobaron durante cuánto tiempo eran capaces de detectar virus en él.

El resultado fue de nueve horas, o de once si el virus se mezclaba con una sustancia similar a una expectoración. Vamos, que imitando todo lo que pudieron lo que sería una tos o un estornudo normal, podían detectar el virus hasta once horas después de que hubiese llegado a la piel. Eso sí, en cuanto limpiaban la piel – con gel hidroalcohólico como el recomendado, o con agua y jabón de manos – el virus quedaba inactivado.

Pero el estudio tiene un pero. Uno que los propios investigadores dejan claro: en ningún momento han estudiado la posible carga viral o infectividad de la piel que estudiaban. Vamos, que el virus está en la piel, sí, pero para nuestro día a día no significa mucho.

Sobre las pantallas de los móviles, la situación es similar. En este caso el estudio lo ha llevado a cabo el CSIRO, la agencia de investigación científica de Australia. Aquí escogieron concentraciones de virus similares a las que puede producir un enfermo, lo mezclaron con fluidos que imitan mucosidades, y trataron de aislar el virus tras 28 días. Y lo consiguieron.

De hecho, lo consiguieron en pantallas de teléfonos móviles, y en billetes de curso legal. Claro que, en el caso de Australia, algunos billetes están hechos de plástico y no de papel moneda. Porque a la conclusión a la que han llegado los investigadores es que el coronavirus sobrevive muy bien en superficies lisas… pero con varios peros.

En este caso los peros son importantes. El primer pero: el coronavirus sobrevive 28 días, pero si está a 20ºC, que es lo que han considerado “temperatura ambiente”. A más temperatura sobrevive peor. El segundo pero: el coronavirus sobrevive 28 días, pero en oscuridad. Que ya sabemos que la luz solar directa ayuda a inactivar el virus. Y oye, si sumas los dos factores la cosa ya no parece tan llamativa.

El tercer pero es el mismo del que hablábamos antes: el coronavirus sobrevive 28 días, pero no sabemos si al final de ese periodo nos podríamos infectar por contacto. O a la mitad, o incluso al principio. No conocemos la carga viral, ni la infectividad del virus sobre estas superficies.

Y la solución vuelve a ser la misma que antes: lavado de manos, con gel hidroalcohólico o con agua y jabón.

El problema es que esto ya nos pasó al principio de la pandemia. En su momento, todos nos asustamos porque no entendimos lo que nos decían los investigadores. El coronavirus sobrevive varios días en superficies de acero, y todos entendimos que eso significaba que teníamos que bañar en lejía hasta el pomo de la puerta. Y que poco menos que había que quemar el cartón, donde el virus también tenía una supervivencia elevada.

Pero lo que estaban haciendo los científicos era estudiar algo distinto. La persistencia del virus. Que se necesita conocer para después determinar si se mantiene la carga viral sobre una superficie o si nos podemos infectar por coger una carta del buzón o tocar la pantalla del móvil de nuestro vecino.

Hasta que no lleguen los siguientes estudios sobre la persistencia del coronavirus en superficies e infectividad, lo que hay que hacer es lo que aconsejan los dos artículos de los que hablamos, otros muchos que hemos leído y citado durante la pandemia, y las recomendaciones oficiales: lavarnos las manos con agua y jabón frecuentemente, y cuando no podamos hacerlo así, desinfectarlas con gel hidroalcohólico.

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