No sólo Alemania supo contener el virus: la Europa del Este reivindica sus buenos datos

Marina Velasco
Una pareja bebe cerveza en un pub de Praga. Desde el 11 de mayo, el Gobierno checo autoriza la apertura de restaurantes con zonas abiertas al exterior. (Photo: Gabriel Kuchta/Getty Images)

Corea del Sur, Singapur y, ya en Europa, Alemania. Estos tres son quizás los países más citados en España como ejemplo en la lucha contra el coronavirus; su estrategia de detección precoz masiva, entre otras, ha maravillado al mundo, y ha permitido mantener a raya la epidemia dentro de sus fronteras. 

A 18 de mayo, Singapur cuenta 22 muertes, Corea del Sur, 263, y Alemania roza las 8.000 cuando los grandes países de su entorno —Italia, Francia, Reino Unido, España— rondan las 30.000. No obstante, esta afirmación tiene trampa: son los grandes países de su entorno que quedan al oeste; si se compara a Alemania con los países que tiene al este, la potencia germana no sale tan bien parada.  

En Polonia han muerto 929 personas por coronavirus, 462 en Hungría, 298 en República Checa, 28 en Eslovaquia. Sólo en Rumanía han superado el millar. ¿Qué ha hecho la Europa oriental para sortear la epidemia? 

Mira Milosevich, investigadora principal del Real Instituto Elcano experta en Europa del Este, considera que ha habido “cuatro factores fundamentales” que se resumen en uno: los países, conscientes de la fragilidad de su sistema sanitario, activaron rápidamente la fase de contención para evitar que se propagara el virus. 

Cierre de fronteras y colegios (con ayuda a padres)

“Reaccionaron muy pronto”, explica Milosevich. El 16 de marzo, “varios días después de que apareciera el primer caso en Praga, República Checa selló las fronteras”, apunta la investigadora. “Otros países como Hungría, Polonia y Eslovaquia siguieron el ejemplo de República Checa y, a finales de marzo, todos habían cerrado las fronteras, con lo que impidieron la entrada de personas con posibles contagios”, señala. Los nacionales y personas con residencia que podían entrar al país tenían que someterse a una cuarentena obligatoria de dos semanas, como se introdujo en España... dos meses después.

“Hay que decir que estos países tienen mucho menos turismo que España, Italia o Francia”, reconoce Milosevich, “pero las fronteras se cerraron, en cualquier caso”.

Al mismo tiempo, se cerraron las escuelas, y la investigadora añade un detalle más sobre el caso particular de República Checa: “En las familias donde ambos padres trabajaban y había niños de menos de 10 años, se mantuvo el sueldo completo de uno de los progenitores mientras se quedaba en casa para cuidar de su hijo”. De este modo, “los niños no tuvieron que quedarse con los abuelos”, dice. Ni irse al pueblo con otros familiares.

A mediados de marzo se prohibieron también los actos y reuniones de varias personas, con lo cual “se limitó mucho la movilidad y se facilitó el distanciamiento social”. Las fechas coinciden más o menos con la declaración del estado de alarma en España, con la diferencia de que en República Checa había unos cuarenta casos de coronavirus y en España ya se rozaba el millar.

Mascarillas obligatorias “desde el principio”

El tercer factor que menciona Milosevich es el de las mascarillas. “A pesar de las dudas iniciales que hubo sobre su uso, desde el principio las hicieron obligatorias en los espacios públicos y lugares cerrados de trabajo”, explica. El 19 de marzo, República Checa se convirtió en el primer país de Europa en hacerlas obligatorias; “todos sus políticos y personalidades públicas predicaron con el ejemplo y toda la población se mentalizó de su uso”, cuenta Milosevich. 

De hecho, cuando España pidió ayuda a la OTAN, República Checa envió 10.000 equipos de protección individual (EPI) a modo de donación, recuerda la investigadora. “Tenían su propio material sanitario y, desde el primer momento, contaron con lo que poseían. El mercado internacional se convirtió en el salvaje oeste entre la competitividad y la subida de precios”, apunta. Por su parte, España trata ahora de regular el uso de mascarillas en los espacios públicos, sin que haya un consenso explícito entre las autoridades sanitarias internacionales.

Decidieron no poner en examen su sistema de salud público, porque sabían que suspenderían

Para la investigadora, estos tres puntos —cierre de fronteras, de colegios y uso de mascarillas— son los más “obvios”, pero no los más relevantes a la hora de frenar la epidemia en la Europa oriental. “Hay un cuarto factor que para mí es el más importante, y consiste en que [en Europa del Este] eran muy conscientes de la fragilidad de su estructura sanitaria. Estos países no han invertido mucho en su sanidad, así que su sistema sanitario público es bastante frágil, incluso malo”, dice.

Conscientes de ello, se marcaron un objetivo claro. “En República Checa, por ejemplo, si tenían 300 camas de UCI, se propusieron no llegar nunca a tener 150 pacientes; mantuvieron ese comodín de tener 100 o 150 camas vacías porque sabían que no tenían recursos ni personal médico, ni capacidad para montar hospitales como el de IFEMA”, señala la investigadora. “Sabiendo que su sanidad no era capaz de responder a una crisis enorme, decidieron que no podían arriesgarse y que tenían que prevenir”

De este modo, todos sus esfuerzos fueron dirigidos a la prevención, con tal de “no poner en examen su sistema de salud público, porque sabían que suspenderían”.

La cafetería HEVRE en Cracovia (Polonia). Desde el 18 de mayo, con el comienzo de la tercera fase de la desescalada, los restaurantes, instalaciones deportivas y peluquerías pueden abrir en el país. (Photo: Omar Marques/Getty Images)

Llegados a este punto, cabe preguntarse si en los países occidentales se confió en exceso. En opinión de Milosevich, la respuesta es que sí. “En España se ha dicho muchas veces que tenemos el mejor sistema sanitario del mundo, y creo que ha habido una confianza exagerada”, sostiene. “Aparentemente, los países occidentales tienen muchos más instrumentos para luchar contra una pandemia, pero como en Europa del Este sabían que no los tenían, no podían permitirse llegar a ese límite y creo que esta ha sido la clave”, concluye. “Se lo tomaron muy en serio sabiendo que no podían afrontar una crisis de este tipo ni pagar el precio que esto supone”, reitera.

No es la primera vez que un investigador apunta en esta dirección y señala al exceso de confianza en el sistema como uno de los culpables de la expansión descontrolada de la epidemia en los países occidentales. 

“A los países que no confiaban mucho en su sistema les ha ido mucho mejor”, corrobora un médico e investigador del CSIC que prefiere no dar su nombre. “Los países conservadores muy potentes, salvo Alemania, hemos ido jodidos”, resume el científico, que menciona a Grecia y Portugal como ejemplos de naciones que, con “un sistema sanitario del que no se fían”, prefirieron pecar de precavidas y decretar el confinamiento antes de que se desbordara el número de contagios.

En España el sistema es bueno, pero también mejorable. Parece que se nos han olvidado los años de recortes y de privatizaciones, y esta crisis nos ha pillado en bragas

“Creo que en España sí se pecó un poco de soberbia y se tuvo la sensación de que íbamos sobrados”, sostiene. “Estamos superorgullosos de nuestra sanidad, y nuestro sistema es bueno, pero también es mejorable. Parece que se nos han olvidado los años de recortes y de privatizaciones, y esta crisis nos ha pillado en bragas”, sentencia. Con menos camas de hospital y de UCI y menos profesionales por cada habitante, “nuestra sanidad está peor que hace diez años, esto es un hecho objetivo”, afirma.

En cualquier caso, el profesional prefiere centrar todos los esfuerzos en “pensar qué se debe hacer a partir de ahora”. “Parece que las cosas están evolucionando bien. Lo que hay que evitar ahora es que todo esto vuelva para atrás”, zanja, e insiste en que la responsabilidad de la gente es fundamental para que no se repita la historia.

Curiosamente, otro de los aspectos secundarios que menciona Mira Milosevich como factor que “pudo influir” en la baja incidencia de la epidemia en los países del este es “la disciplina de su población”. “El primer día de la fase 0 en España, la Policía detectó 30 botellones en la calle sólo en Madrid. Esto es inimaginable en Praga o en Bratislava, y no sólo porque no existe el concepto de botellón, sino porque hay una mayor disciplina social”, afirma. “Es importante reconocer que allí también lo han hecho bien, que no sólo han sido los países ricos, como Alemania”, recalca Milosevich. “Ellos están muy orgullosos, y sin duda han destacado en la gestión de esta crisis”.

 

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