Conversar puede transformar el mundo

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Dicen los que saben de evolución que, aunque hay más especies que poseen algo que podríamos denominar cultura, el Homo sapiens es la única con una cultura acumulativa. Que el conocimiento se aglutine, se comparta, se renueve y mejore constantemente es posible gracias a que existe la conversación. Sí, he dicho deliberadamente la conversación, no el lenguaje, definida por la RAE como “acción y efecto de hablar familiarmente una o varias personas con otra u otras”.

Creo firmemente que es el diálogo, más que el monólogo, el que nos hace avanzar. Para contrastarlo empiezo pidiéndole opinión al paleoantropólogo español José María Bermúdez de Castro. Su primera respuesta lo resume todo: “Las conversaciones y el intercambio de opiniones han sido fundamentales en el progreso de las sociedades”.

El lenguaje no es otra cosa que una manera de enviar mensajes cifrados a quienes escuchan. El intercambio de mensajes es fundamental para que las ideas fluyan y se produzcan innovaciones culturales. Cuando la demografía creció durante el Neolítico, el intercambio de ideas mediante el lenguaje se incrementó.

Ahora somos 7 800 millones de hablantes y estamos dando, por ello, un salto cultural cualitativo impresionante.

Lenguajes elaborados con raíz genética

Lluís Montoliu, vicedirector e investigador del Centro Nacional de Biotecnología (CNB - CSIC), confirma que la comunicación es algo más que encadenar palabras. Me explica que “una de las características que tenemos los seres humanos es nuestra capacidad de comunicarnos usando lenguajes elaborados, combinando palabras para formar frases”. Mucho más sofisticadamente que cualquier otra especie animal, incluidos los primates actuales y otros homínidos muy relacionados, como los neandertales.

La genética puede explicar parte de este proceso. Los humanos (‘Homo sapiens’) tenemos una variante distinta de un factor de transcripción (que controla la expresión de otros genes), llamado FOXP2, que se encarga de definir la morfología y movilidad de algunos músculos y huesos de la cara y aparato bucal que nos permiten generar muchos sonidos complejos, muchos fonemas que usamos en las palabras. Este gen es distinto al de los grandes simios, que usan un reducido número de sonidos para comunicarse. Y es idéntico al de los neandertales, que sin embargo no parece que hablaran entre ellos, según se infiere de su falta de expresiones artísticas elaboradas (que sí tenia el ‘Homo sapiens’).

¿Por qué si compartimos las mismas variantes génicas solo nosotros desarrollamos el habla, el lenguaje? La respuesta está en el genoma no codificante, la parte mayoritaria (98 %). Contiene muchas secuencias repetidas, transposones y restos de virus. Pero también interruptores génicos, que regulan cuándo un gen debe funcionar y cuándo debe apagarse.

Y esto es lo que sucede en el gen FOXP2 humano, que ha adquirido nuevos interruptores (que no tenían los neandertales). Eso lo lleva a expresarse en otras células, a otras neuronas por ejemplo, contribuyendo con ello al desarrollo del habla y de lenguajes complejos.

Compartir ideas nos hace sofisticados

“La conversación es la esencia de la naturaleza humana”, responde tajante Charo Rueda, de la Universidad de Granada, cuando le pido que comparta su punto de vista sobre el asunto desde la psicología experimental. Dice que “a través de la conversación podemos compartir estados mentales (creencias y deseos) y emocionales con nuestros congéneres”. Y que para poder transmitir pensamientos e ideas ha sido necesario desarrollar un lenguaje de gran complejidad.

A lo largo de la evolución, el cerebro humano ha desarrollado un circuito de regiones cerebrales altamente conectadas que permiten elaborar y producir discursos complejos y ricos en matices.

Compartir ideas es lo que ha llevado a nuestra especie a un grado de sofisticación evolutiva sin parangón en el reino animal. Conversar nos permite identificarnos con los demás, encontrarnos en ideas y sentimientos similares o identificarnos con los sentimiento e ideas de los demás. A través del diálogo nos sentimos más cercanos y creamos comunidad.

Además, el diálogo es instrumento básico para transmitir conocimiento y creencias entre generaciones. La transmisión del conocimiento y el intercambio de pensamientos e ideas es, por tanto, la base de nuestra extraordinaria capacidad para cooperar en grupo y conseguir objetivos comunes, y es el ingrediente esencial en el desarrollo de culturas y civilizaciones.

Tenemos palique para rato

No sé si las palabras, por sí solas, pueden cambiar el mundo. Pero cada vez estoy más convencida de que la conversación tiene el superpoder de transformarlo. Intercambiar con nuestros congéneres impresiones (y preguntas y respuestas) con la mente abierta nos ayuda a progresar. Y los argumentos de Montoliu, Rueda y Bermúdez de Castro solo le dan alas a este pensamiento.

Que el palique, la charla, el parloteo y la cháchara con contenido no paren nunca. En The Conversation seguiremos poniendo nuestro grano de arena para que así sea.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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