La factura que tu cuerpo y tu mente están pagando por culpa de la prisa

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“De nada sirve el correr; lo que conviene es partir a tiempo” - Jean de La Fontaine [Foto: Getty Images]
“De nada sirve el correr; lo que conviene es partir a tiempo” - Jean de La Fontaine [Foto: Getty Images]

¿Sientes que el tiempo no te alcanza?

No eres el único.

Cada vez más personas experimentan una sensación apremiante que las empuja a correr y exprimir cada momento al máximo para pasar rápidamente a la siguiente experiencia.

Por la mañana, salimos de casa corriendo. Nos apresuramos de camino al trabajo. Hacemos la compra de prisa. Recogemos a los niños de prisa. Cocinamos de prisa. Comemos de prisa. Leemos a toda velocidad... Y creemos que es normal porque casi todos a nuestro alrededor viven de prisa.

La difusión de Internet, los móviles y las redes sociales no ha hecho más que acelerar una vida que ya giraba a un ritmo vertiginoso aumentando nuestra necesidad de mantenernos actualizados y responder lo más rápido posible.

Como resultado, no es difícil sumirse en una espiral de prisas, apremios e insatisfacciones que nos aleja de las cosas que realmente nos importan y termina afectando nuestra salud física y mental.

Los largos tentáculos de la “enfermedad de la prisa”

La prisa genera en el organismo una reacción similar al estrés. [Foto: Getty Images]
La prisa genera en el organismo una reacción similar al estrés. [Foto: Getty Images]

En 1974, los cardiólogos Meyer Friedman y R. H. Rosenman se refirieron por primera vez a la “enfermedad de la prisa” tras notar que muchos de sus pacientes experimentaban una sensación de urgencia desmesurada y abrumadora todo el tiempo. Eran personas que estaban constantemente en actividad, apuradas, ansiosas y estresadas, incluso cuando no había ningún motivo para ello. Sentían que el tiempo no les alcanzaba, intentaban terminar las tareas cuanto antes y se ponían muy nerviosas si se producía algún retraso o contratiempo.

Friedman y Rosenman también descubrieron que la “enfermedad de la prisa” era un rasgo distintivo de las personalidades tipo A y podía provocar problemas cardíacos, en gran parte debido al estrés que bulle en el fondo de esa vida apresurada. De hecho, también se ha constatado que esas personas tienen mayores probabilidades de desarrollar hipertensión.

Hoy sabemos que la prisa genera en el organismo una reacción similar al estrés. Las obligaciones mantienen la mente bloqueada en un estado de híper estimulación constante, haciendo que los niveles de cortisol y adrenalina se disparen. A la larga, esa incapacidad para relajarse conduce a la fatiga, afecta el sueño y nos vuelve más vulnerables físicamente ya que también compromete nuestro sistema inmunitario.

Cuando los tentáculos de la prisa se extienden también nos dejan sin tiempo para cuidarnos. ¿Cuántas veces te has dicho que estás demasiado ocupado como para hacer ejercicio, relajarte, preparar una comida más saludable en casa o incluso ir al médico?

La falta de tiempo es una justificación común para olvidarnos de cuidar nuestra salud. Como resultado, podemos terminar desarrollando hábitos dañinos o incluso retrasando las visitas al médico, abriendo de par en par las puertas a diferentes enfermedades y negándonos la posibilidad de recibir un diagnóstico precoz o un tratamiento preventivo.

Por supuesto, podemos intentar sobrevivir a una velocidad vertiginosa para llegar a todo, pero tarde o temprano nos desmoronaremos porque nuestro cuerpo y nuestra mente simplemente no están hechos para soportar ese nivel de actividad desenfrenada.

La prisa nos convierte en personas más irritables y manipulables

“Nadie está tan ocupado como para no encontrar tiempo para contarle a todo el mundo lo ocupado que está” - Robert Lemke [Foto: Getty Images]
“Nadie está tan ocupado como para no encontrar tiempo para contarle a todo el mundo lo ocupado que está” - Robert Lemke [Foto: Getty Images]

La vida apresurada no solo puede llegar a ser muy estresante, sino que también puede arrebatarnos el control de nuestras emociones. Si corremos constantemente de un sitio a otro, con la sensación de que no tenemos tiempo que perder, nuestra mente trabajará a marchas forzadas para organizar todas esas tareas y nuestros niveles de energía disminuirán.

El agotamiento, mezclado con la sensación de urgencia, terminará menguando la concentración, lo que a su vez afectará nuestro desempeño y hará que cometamos más errores. Eso nos irritará o enfadará. La frustración no tardará en aparecer y será más fácil que perdamos el control.

Nos volvemos hipersensibles. Perdemos la paciencia con las personas que amamos o con quienes no se mueven a la misma velocidad. Nos distanciamos porque no tenemos tiempo para escuchar, conectar y estar plenamente presentes.

Y probablemente ni siquiera nos damos cuenta de ello porque cuando tenemos prisa no pensamos con claridad. No nos detenemos a reflexionar sobre el error que cometimos ni buscamos vías alternativas. Simplemente nos dejamos llevar y decidimos impulsivamente sin valorar las consecuencias ni tener en cuenta las prioridades.

De hecho, investigadores de la Universidad de California constataron que cuando tenemos prisa, es poco probable que busquemos más datos o pidamos más tiempo para evaluar mejor la situación y formarnos una imagen más completa de lo que ocurre. Nuestro primer impulso es seguir la corriente, casi siempre haciendo lo que se espera de nosotros, lo cual nos vuelve particularmente vulnerables a la manipulación y presión social.

Afrontar las exigencias de la vida moderna sin prisa

“Una de las grandes desventajas de la prisa es que lleva demasiado tiempo” - Gilbert Keith Chesterton [Foto: Getty Images]
“Una de las grandes desventajas de la prisa es que lleva demasiado tiempo” - Gilbert Keith Chesterton [Foto: Getty Images]

La vida moderna es exigente con todos, pero mientras más cedas a su presión, más te presionará. Si siempre estás corriendo y sientes que no tienes tiempo para nada, deberías revisar tu agenda. Si consideras que todo es igual de urgente, es probable que muy pronto te veas sobrepasado. Necesitas aprender a distinguir lo urgente de lo importante para poder priorizar.

Ten presente que existen ciertas necesidades que no deberías descuidar, sin importar lo ocupado estés. Necesitas alimentarte bien. Hacer ejercicio. Descansar, desconectar y relajarte. Cuidar tu mente. Y disfrutar de la buena compañía. En vez de negar esas necesidades porque tienes prisa, conviértete en tu prioridad. Reevalúa tus “obligaciones” y ponlas en perspectiva para que puedas detectar lo que es realmente importante para ti.

Quizá esos cambios impliquen que debes establecer nuevos límites para no sobrecargarte de tareas y obligaciones que no te corresponden. Aprender a decir “no” de manera asertiva podría ser una de las habilidades más importantes que desarrolles en tu vida, sobre todo si eres de esas personas que sucumben fácilmente a la presión de los demás.

Por supuesto, también tendrás que aprender a lidiar con la presión por lograr más en menos tiempo que te autoimpones y te obliga a sacrificar actividades placenteras, satisfactorias o relajantes. No cargues con tu propio “campo de trabajos forzados”. Aprende a reconocer tus límites para no asumir más tareas y obligaciones de las que puedes abarcar.

Obviamente, la solución no es escapar de las responsabilidades u olvidarse de la existencia de la palabra productividad, sino encontrar un equilibrio que proteja tu salud mental y física. Para lograrlo, el mindfulness es una herramienta excelente que te ayudará a enfocar tu atención en el aquí y el ahora.

Cuando te acostumbras a realizar varias tareas a la vez, tu mente toma varias direcciones y se dispersa. La atención plena te ayudará a volver al presente para realizar solo una cosa. La concentración total aumentará tu productividad y, aunque parezca imposible, te permitirá ir más rápido, pero al mismo tiempo más relajado. Te ayudará a fluir y terminarás menos agotado.

Por tanto, cuando experimentes una sensación abrumadora de prisa, detente un segundo, respira y redirige tu atención al presente. No esperes que surta efecto a la primera. Aplicar esta técnica requiere un poco de práctica y paciencia, pero los resultados valen la pena.

Es importante que te esfuerces por alcanzar tus sueños y cumplir con tus obligaciones, pero debes hacerlo de manera saludable, sin sacrificar el tiempo y los espacios para disfrutar de tu propia vida. Recuerda que el tiempo de inactividad o aquel que dedicas a ti mismo o a las personas que quieres nunca es tiempo perdido, más bien es tiempo ganado, siempre que sepas disfrutarlo sin prisa.

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