Los ocho conflictos que no son Afganistán y que no tienen tregua ni en agosto

·12 min de lectura
Una niña camina en un campo de refugiados internos en Marib, Yemen, el pasado 5 de abril.  (Photo: ALI OWIDHA via REUTERS)
Una niña camina en un campo de refugiados internos en Marib, Yemen, el pasado 5 de abril. (Photo: ALI OWIDHA via REUTERS)

Afganistán copa portadas, abre informativos de radio, protagoniza horas y horas en los canales de noticias non stop. Un conflicto enquistado, olvidado, por el que nos llevamos ahora las manos a la cabeza. Cualquier analista consultado estos días resopla antes de responder a la manida pregunta de cómo ha podido ocurrir el retorno de los islamistas: claro que se veía venir, claro que no es una sorpresa que los talibanes se hayan impuesto, claro que las inteligencias de todo el mundo lo sabían, claro que había algunos medios tratando de contarlo, claro que las ONG se dejaban el alma en denunciarlo y paliar sus efectos.

Es una muestra más de esos otros conflictos armados y crisis humanitarias del mundo que pasan desapercibidos, olvidados por lo más cercano y urgente (que no importante) y que de cuando en cuando nos hacen posar los ojos sobre ellos a base de insoportable dolor. La ofensiva de Israel sobre Gaza de mayo pasado es otro ejemplo. ¿Quién habla de Gaza este agosto? Pues eso. No hay tregua veraniega en los infiernos del mundo.

Soló para el presente año, Naciones Unidas estimaba que 235 millones de personas necesitarían algún tipo de asistencia de emergencia, es decir, una de cada 33 personas en el mundo; esto implicaba un incremento del 40% respecto del último año. Las previsiones se hicieron en diciembre, están publicadas en el informe Panorama Humanitario Mundial de la ONU, este año hacían falta 35.000 millones de dólares (cerca de 30.000 millones de euros) en ayudas humanitarias, mayoritariamente para atender a las decenas de miles de personas que la pandemia por el coronavirus dejó, está dejando y dejará en situación de pobreza.

En el caso de Afganistán, en concreto, contabilizaba 4.5 millones de personas necesitadas “debido al aumento de la pobreza, la creciente inseguridad alimentaria, la inestabilidad política y los conflictos generalizados”.

La perspectiva “más desoladora y oscura”

El coordinador de ayuda de emergencia de la ONU, Mark Lowcock, pronunció entonces una frase terrible: “el panorama que presentamos es la perspectiva más desoladora y oscura sobre necesidades humanitarias en el próximo periodo que jamás hayamos presentado”.

El balance sumaba no sólo puros conflictos armados, sino desastres naturales, desplazamientos de refugiados o cambio climático, todo exacerbado por el covid-19. Males sobre males que van a reducir la esperanza de vida, a agudizar la pobreza o multiplicar contagios de enfermedades como la tuberculosis y malaria o el VIH. Y las hambrunas, destacaba Lowcock. “Si logramos acabar 2021 sin grandes hambrunas, será un logro significativo”, afirmó.

El problema es que el dinero que pide la ONU duplica el dinero que los países entregan para acciones humanitarias cada año, y eso que se cumplen récords de entrega, con unos 15.000 millones de euros recaudados el año pasado. La mitad de lo que hace falta ahora. Eso da para ayudar a 160 millones en 57 países. ¿Y los demás?

Y el problema es, también, de visibilidad, por eso es bueno recordar las grandes crisis que hoy afectan al mundo y que nos mandan señales de alerta ensordecedoras, aunque no las escuchemos mucho.

Familiares de muertos en un bombardeo velan sus cuerpos en Balashun, Siria, el pasado 19 de agosto.  (Photo: picture alliance via Getty Images)
Familiares de muertos en un bombardeo velan sus cuerpos en Balashun, Siria, el pasado 19 de agosto. (Photo: picture alliance via Getty Images)

Siria

Siria cumplió en marzo 10 años de guerra civil, con lo que arrastra necesidades ya viejas, que eran urgentes en 2011. Complicado imaginar con realismo el alcance del desastre de una contienda y represión que deja unos 400.000 muertos según la ONU y más de medio millón según ONG locales, más 12 millones de desplazados, una revolución secuestrada (ay, la primavera), y un país dividido. Ahora, tras el avance del ejército del régimen, el presidente Bashar El Assad controla la mayor parte del país, pero sigue habiendo zonas rebeldes, donde habitan milicias varias y hasta dispersos grupos yihadistas venidos a menos, que siguen bajo el fuego diario.

La ONU dice que “la recesión económica sin precedentes” ha dado lugar a “la pérdida de medios de vida, la depreciación de la moneda y el aumento de los precios”. Los problemas relacionados con los servicios básicos, ya de por sí débiles en estos años, se han visto agravados por el coronavirus, que ha provocado un aumento de la pobreza extrema y la inseguridad alimentaria, así como una incapacidad generalizada para satisfacer las necesidades esenciales de los ciudadanos. En este año, 1,9 millones de personas más necesitarán asistencia humanitaria.

Tras casi seis años de conflicto prolongado y bloqueos económicos en Yemen, la capacidad de las familias para hacer frente a la situación sigue disminuyendo. La mitad de la población está en una situación de necesidad aguda. Más personas corren el riesgo de caer en esta categoría, ya que las estrategias de supervivencia se han agotado.

Unos yemeníes asisten a un herido en un atentado en Huta, Yemen.  (Photo: SALEH AL-OBEIDI via Getty Images)
Unos yemeníes asisten a un herido en un atentado en Huta, Yemen. (Photo: SALEH AL-OBEIDI via Getty Images)

Yemen

Yemen, el país más pobre de Medio Oriente, necesita más de 3.200 millones que irán destinados a atender “la peor crisis humanitaria actual” de planeta. Se estima que unos 24 millones de yemeníes necesitan esta asistencia; es el 80% de la población, que ve cómo su situación se deteriora año a año desde que comenzó la guerra, en 2015.

En estos cuatro años han muerto, al menos, 7.000 civiles, mientras que 11.000 más han resultado heridos. La malnutrición aguda ha matado a cerca de 86.000 niños, hay 14 millones de yemeníes al borde de la hambruna y 1.2 millones de personas han sufrido un brote de cólera, de los más graves que se conocen en el planeta. Unos tres millones de personas se han visto obligadas a huir de sus casas y más de dos millones siguen desplazadas.

Tiendas improvisadas de refugiados en la provincia de Bas-Uele, Congo, el pasado enero.  (Photo: ALEXIS HUGUET via Getty Images)
Tiendas improvisadas de refugiados en la provincia de Bas-Uele, Congo, el pasado enero. (Photo: ALEXIS HUGUET via Getty Images)

República Democrática del Congo

En la República Democrática del Congo, un número cada vez mayor de personas sufre de inseguridad alimentaria aguda. La situación económica se está deteriorando, los precios de los alimentos están aumentando y la población se ha visto afectada por las inundaciones y los conflictos localizados. Necesitan más de 2.500 millones de dólares, pide la ONU.

Este estado arrastra una de las crisis humanitarias más largas y complejas del planeta, hasta el punto de que en los dos últimos años Naciones Unidas se vio obligada a suspender la llegada de ayuda humanitaria ante la inseguridad de la situación.

El país lleva 20 años de guerra abierta, encadenando golpes y contragolpes, asesinatos de líderes y gobernantes déspotas. Los últimos grandes picos de violencia tuvieron lugar en 2008, pero hay rebrotes constantes, y aún es el país africano que más desplazados internos en todo el continente (unos cinco millones), que al mismo tiempo acoge a 524.000 refugiados procedentes de Burundi, la República Centroafricana y Sudán del Sur, y hay 880.000 huidos más a países vecinos. La situación se complica con nuevos brotes de ébola y las intensas lluvias, que han afectado a 400.000 personas, tampoco ayudan.

Desplazados internos a la puerta de su tienda en un campamento de Azezo, el pasado julio.  (Photo: EDUARDO SOTERAS via Getty Images)
Desplazados internos a la puerta de su tienda en un campamento de Azezo, el pasado julio. (Photo: EDUARDO SOTERAS via Getty Images)

Etiopía

En Etiopía, los efectos de la infestación de langosta del desierto y de la pandemia han hecho que otros 2.1 millones de personas necesiten asistencia humanitaria, sobre otro tanto ya necesitado. Unas 353.000 personas sufren de hambre y otras 1,8 millones están en emergencia alimentaria.

La disputa territorial, en este caso, se remonta a 1998, aunque en el verano de 2018 llegó un anuncio esperanzador por parte de Addis Abeba: estaba dispuesta a aceptar y aplicar el acuerdo de fronteras de 2002, con el que se ponía fin a las hostilidades militares. Este gesto dio paso a la firma de una Declaración Conjunta de Paz y Amistad, un “paso histórico”, en palabras del Consejo de Seguridad de la ONU, que implicaba la reapertura de la frontera entre ambos países y la restauración de las relaciones diplomáticas.

Oficialmente, pues, ya no están en guerra, pero queda mucho por hacer. La contienda, entre 1998 y 2000, dejó al menos 80.000 muertos y a ello se suma que más de 700.000 personas sufren en Eritrea a causa de la actual sequía, la falta de comida y la escasez de agua, según la organización humanitaria CARE. En el Cuerno de África, más de dos millones de personas no tienen acceso a las raciones de comida necesarias.

Sin embargo, a caballo entre 2020 y 2021, estalló de nuevo la guerra. Etiopía tenía previsto celebrar elecciones en agosto de 2020. Sin embargo, el primer ministro Abiy Ahmed, con la aprobación del Parlamento, retrasó todos los comicios citando la pandemia. Los más críticos, incluido el Frente de Liberación Popular de Tigray (TPLF) –una de las fuerzas políticas más poderosas del país– le acusaron de retener el poder de forma inconstitucional y dictatorial.

Como respuesta, en septiembre la región norteña de Tigray celebró elecciones parlamentarias sin la autorización del Gobierno central, que las calificó de “ilegales”. El TPLF ganó el 100% de los escaños en juego. Entonces, el Parlamento nacional votó en octubre a favor de no entregar un paquete de financiación al Gobierno regional, lo que las autoridades locales calificaron de “declaración de guerra”. Los enfrentamientos se suceden hasta hoy, con muertos que se cuentan por miles.

Mujeres hacen cola para recoger agua en Goudebou, norte de Burkina Faso, en junio.  (Photo: OLYMPIA DE MAISMONT via Getty Images)
Mujeres hacen cola para recoger agua en Goudebou, norte de Burkina Faso, en junio. (Photo: OLYMPIA DE MAISMONT via Getty Images)

Burkina Faso

En Burkina Faso, el deterioro de la seguridad alimentaria debido a los desastres naturales y a una grave crisis de protección, basada en el conflicto y la inseguridad, junto con los efectos del coronavirus en la situación socioeconómica, han hecho que las necesidades aumenten de 424.4 millones de dólares a 607.4 millones de dólares en un año. El número de personas necesitadas aumentó de 2.9 millones a 3.5 millones debido al empeoramiento del conflicto y la inseguridad en las zonas afectadas, añade la ONU.

ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, pide una acción coordinada para hacer frente a las cifras récord de personas que se ven obligadas a huir dentro del país y a través de las fronteras internacionales a causa de los ataques contra civiles y fuerzas de seguridad por parte de grupos yihadistas. Más de 1,3 millones de burkineses se han desplazado internamente en poco más de dos años. Actualmente el 6% de la población de Burkina Faso se encuentra desplazada dentro del país. En el primer semestre de 2021, 237.000 personas huyeron de sus hogares a otras regiones de Burkina Faso, un gran aumento en comparación con las 96.000 registradas durante el segundo semestre de 2020.

“Alarmante” es también el aumento del número de personas de Burkina Faso que se ven obligadas a cruzar la frontera para ponerse a salvo. Desde enero, más de 17.500 personas han huido a los países de la zona, casi duplicando el número total de personas refugiadas fuera en sólo seis meses, en países como Níger, Malí, Benín o Costa de Marfil.

Una mujer con un bebé se protege con su saco, a la intemperie tras el último terremoto de Haití, el pasado 17 de agosto en Les Cayes. (Photo: REGINALD LOUISSAINT JR via Getty Images)
Una mujer con un bebé se protege con su saco, a la intemperie tras el último terremoto de Haití, el pasado 17 de agosto en Les Cayes. (Photo: REGINALD LOUISSAINT JR via Getty Images)

Haití

Las catástrofes se ceban con Haití. Huracanes, tormentas tropicales, inundaciones, terremotos... y hasta un magnicidio en las últimas semanas. La ONU se duele de su situación porque se había “trabajado bien” en “grupos vulnerables específicos y en prioridades geográficas”, rebajando un 50% sus necesidades para este año, pero el terremoto de hace una semana (2.000 muertos y 12.000 heridos) y las lluvias de la presente han desbaratado sus previsiones. Ahora hay hasta desesperación por comer algo.

Haití es desde hace años el país más pobre de América. El porcentaje de la población que vive con menos de dos dólares al día continúa por encima del 60%. El riesgo de padecer hambre está siempre presente entre una población devastada por la concatenación de crisis, las malas cosechas influenciadas por los desastres naturales y la inflación del país.

La ONU estima que casi cuatro millones de haitianos, entre una población de cerca de 11,5 millones, padece inseguridad alimentaria. Un quinto de la población, cerca de dos millones de personas, se ha visto forzado a emigrar. Hace 11 años que el país fue devastado por uno de los desastres naturales más importantes de la historia reciente, un terremoto de magnitud 7, del que no se ha llegado a recuperar, y también las epidemias han diezmado en gran parte a la población: el cólera, en 2010, infectó a 520.000 personas y causó la muerte de por lo menos 7.000, por ejemplo.

Desplazados internos en un centro deportivo de Pemba, Mozambique, el pasado abril.  (Photo: ALFREDO ZUNIGA via Getty Images)
Desplazados internos en un centro deportivo de Pemba, Mozambique, el pasado abril. (Photo: ALFREDO ZUNIGA via Getty Images)

Mozambique

En Mozambique, las necesidades aumentaron de 35,5 millones de dólares a 254. Se debe, explica la ONU, a la inclusión de una serie de provincias antes sno contabilizadas, pero más allá de lo administrativo la cifra da cuenta del deterioro de la situación.

Se ha detectado una “rápida” escalada de la crisis humanitaria por culpa del conflicto armado abierto, los enfrentamientos entre las fuerzas de seguridad estatales y distintos grupos armados, en especial en el norte del país, amenazado por el yihadismo. “Los horribles informes sobre los niveles de violencia sin precedentes, como asesinatos, decapitaciones y secuestros de civiles, incluidas mujeres y niños muy pequeños, son absolutamente impactantes”, indica en un informe de pasado marzo.

De acuerdo con el ACNUR, el aumento de la violencia durante los últimos meses en Cabo Delgado ha obligado a casi 700.000 personas a abandonar sus hogares. La mitad de ellos son niños, quienes corren mayor riesgo de sufrir violaciones y de ser reclutados como niños soldados.

Una de las zonas más golpeadas recientemente en la región de Cabo Delgado es la ciudad de Palma, muy cercana a la frontera con Tanzania. En las últimos días más de 35.000 personas han huido de la violencia, según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), como consecuencia de los ataques de las facciones de Estado Islámico.

Manifestantes con banderas de Libia, en febrero pasado, en el décimo aniversario de su primavera, en Trípoli. (Photo: Hazem Ahmed via Reuters)
Manifestantes con banderas de Libia, en febrero pasado, en el décimo aniversario de su primavera, en Trípoli. (Photo: Hazem Ahmed via Reuters)

Libia

En Libia, por su parte el aumento del precio de los alimentos básicos, los efectos de la COVID-19 y el bloqueo petrolero dieron lugar a un aumento del 30% en el número de personas necesitadas. Es un país en guerra desde hace una década, cuando las primaveras árabes prometían un tiempo nuevo, inmersa en una espiral de violencia desde el derrocamiento El Gadafi, tras una guerra apoyada directamente por varios miembros de la OTAN, entre ellos Estados Unidos, Francia y Reino Unido.

La Misión de Apoyo de las Naciones Unidas en Libia (Unsmil) denuncia ataques y sabotajes al sistema de abastecimiento de agua potable que podrían llevar a una “crítica” situación humanitaria.

El país africano cuenta desde marzo con un nuevo Gobierno de unidad tras un proceso de conversaciones para unificar las administraciones enfrentadas, después de que las autoridades asentadas en Trípoli, reconocidas internacionalmente, repelieran el año pasado la ofensiva lanzada por el general Jalifa Haftar -aliado de las autoridades orientales- y tras un proceso de conversaciones que incluyeron un acuerdo de alto el fuego.

Este artículo apareció originalmente en El HuffPost y ha sido actualizado.

TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR

Nuestro objetivo es crear un lugar seguro y atractivo para que los usuarios puedan establecer conexiones en función de sus intereses y pasiones. A fin de mejorar la experiencia de nuestra comunidad, hemos suspendido los comentarios en artículos temporalmente