La confinada Niza recupera su aire de ciudad fantasma

Vincent-Xavier MORVAN
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Niza amaneció este sábado con sus turísticas calles desiertas, lejos del bullicio de la reputada Riviera Francesa, y con sus habitantes resignados a pasar un primer fin de semana confinados para frenar un repunte de casos de covid-19.

"Tenemos que hacer algo al respecto, el covid está aumentando en la región", reconoce Charlie Kentish, que salió a primera hora a respirar el aire del Mediterráneo.

El inglés, que vive en la quinta ciudad de Francia desde hace treinta años, se dispone a "jugar mucho a la PlayStation" este fin de semana con sus tres hijos, de entre 15 y 19 años.

Al igual que en los dos confinamientos anteriores (del 17 de marzo al 11 de mayo, y luego del 30 de octubre al 15 de diciembre de 2020), para salir de casa se necesitará un certificado debidamente cumplimentado.

Ante la irrupción de la epidemia en algunas regiones de Francia, se decidió un confinamiento durante el fin de semana, a partir del sábado a las 6 de la mañana, para Niza y los habitantes de la Costa Azul, así como para Dunkerque y sus suburbios, en el otro extremo del país, al norte.

"Si tenemos que pasar por esto para tener un poco más de libertad después, por qué no", comenta por su parte la diseñadora de ropa Frédérique Duval, de 51 años.

"No me importa estar encerrada si esto da resultado", añade. El confinamiento no le ha impedido aprovechar el buen tiempo para salir a primera hora de la mañana y airearse un poco.

En general, vende la ropa que confecciona en India en tiendas locales o en los mercados de la Costa Azul. Según cuenta, tenía previsto ir a trabajar a un pueblo cercano, Beaulieu sur Mer, pero "el mercado está cerrado". "Me estoy adaptando, voy a cocinar y a limpiar", comenta.

- Peor que el primer confinamiento -

Pese al endurecimiento de las medidas, los comercios de alimentación, incluidos los mercados, pueden permanecer abiertos durante el confinamiento.

En el mercadillo de alimentación del centro de la ciudad, Benjamin Ciamo, de 34 años, ha montado, como cada sábado, su puesto de ostras de la laguna de agua salada de Thau, en el sur.

Tomó la carretera de noche desde Sète, 360 kilómetros más al oeste, la localidad que linda con la laguna. "Estamos aquí por nuestros clientes, para que no les falte de nada. Y si podemos dar una imagen de vida normal, mejor", explica el ostricultor.

Sin embargo, uno de sus colegas, que cultiva frutas y verduras a las afueras de Niza, lamenta la falta de asistencia. "¡No hay nadie aquí esta mañana. Si esto sigue así, no volveremos el próximo sábado", afirma, decepcionado.

"Mucha gente dejó la región para escapar al encierro. No hay nadie. Es quizá peor que el primer confinamiento", señala Joseph Scriva, florista, gerente de un centro de jardinería en el barrio de la vieja Niza.

- Sin carnavales -

En el corazón de la ciudad, en la plaza Massena, bajo la noria detenida, el comisario de policía Olivier Malaver, responsable de las unidades de la vía pública, hace un balance de los controles en curso.

"La operación de esta mañana se centra en la parte antigua y el centro de Niza, con 32 policías nacionales y una decena de policías municipales para controlar todo lo relacionado con las normas sanitarias", explica.

"Por el momento, el confinamiento se está respetando mucho", asegura el comisario. Más allá, la avenida Jean Médecin está casi vacía.

En la plaza Garibaldi, sin embargo, algunos incondicionales han decidido celebrar el carnaval, una tradición muy arraigada, tanto aquí como en Dunkerque, la otra ciudad confinada.

"La gente necesita distraerse, recuperar la sonrisa, celebrar algo", comenta Pablo, uno de los organizadores, que prefiere no dar su apellido, disfrazado de pirata del Caribe.

Sin embargo, la dicha dura poco: un escuadrón de policías no tarda en llegar y multar a la multitud, explicándoles que el acto no estaba autorizado.

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