La Conferencia de Paz de 1991, la otra gran cumbre que se montó en 12 días

Los periodistas se acreditan en la Casa de Valencia del IFEMA para asistir a la Conferencia de Paz de Madrid sobre Oriente Próximo. EFE/Archivo

Madrid, 25 nov (EFE).- El reto de organizar una cumbre internacional del clima a contra reloj no impresiona a un pequeño grupo de ex altos cargos que montaron la gran Conferencia Internacional de Paz de 1991 en tan solo 12 días "frenéticos".

Y no era para menos, porque el entonces presidente de Estados Unidos, George Bush, y de la URSS, Mijail Gorbachov, acudieron en persona a Madrid para apadrinar una conferencia que reunió en la misma mesa, en forma de T, a delegaciones de todo Oriente Medio, de la Comunidad Europea y de España, como anfitriona.

En 1991, tres factores se conjugaron para hacer creíble una oportunidad real de lograr la paz en el conflicto entre Israel y los palestinos, enquistado desde 1948:

La primera Intifada o rebelión de los palestinos de Cisjordania y Gaza contra Israel; el fin de la Guerra Fría con la descomposición de la URSS, lo que desbloqueaba el Consejo de Seguridad de la ONU, y el hecho de que la primera Guerra de Irak había puesto de manifiesto el aislamiento de Israel y la fuerza de una coalición internacional.

En esa tesitura, el secretario de Estado norteamericano, James Baker, planteó su 'Plan Baker' para sentar a todos los actores en una misma mesa y tratar de llegar a una solución consensuada y decidió que ésta se reuniera en Madrid.

En conversación con Efe, la entonces ministra Portavoz del Gobierno, Rosa Conde, repasa el "inmenso torbellino" que fueron aquellos días entre el 18 de octubre, cuando Estados Unidos anunció que la Conferencia de Paz se celebraría en Madrid, y el 30 de octubre, cuando se inauguró oficialmente en el Palacio Real.

Para coordinar la operación, el entonces vicepresidente Narcís Serra celebraba una reunión diaria con el núcleo duro en la que se repasaban "listas enormes de cosas por hacer", explica Conde, responsable de los más de 4.000 periodistas que acudirían a cubrir el evento.

Una de las primeras decisiones fue instalar el centro de prensa internacional en el Palacio de Cristal de la Casa de Campo, rememora Conde consultando sus viejos cuadernos de notas en los que está todo detallado.

En los 23.000 metros cuadrados del recinto cabían sin problemas una sala de trabajo de 1.000 plazas, 2 salas para ruedas de prensa con capacidad para 800 y 200 periodistas, traductores, intérpretes y azafatas, y multitud de servicios hoy innecesarios: sala de reprografía para fotocopiar los discursos y acuerdos, quiosco de prensa, estafeta de correos, una oficina del Banco Exterior y una agencia de viajes.

Y, por supuesto, cientos de aparatos arcaicos como máquinas de escribir con teclados españoles, universales y con caracteres árabes y hebreos; máquinas de télex, fax, cabinas de teléfono, líneas microfónicas, salas de edición y hasta 5 laboratorios de revelado fotográfico.

Se organizó un servicio de limpieza 24 horas y un catering que proveía 14.000 bocadillos diarios que se exponían en una mesa con cartelitos que indicaban su contenido para respetar las prohibiciones religiosas de todos los asistentes: en un extremo de la mesa todos los que contenían cerdo, en el otro los kosher.

"Más de uno se quejó de que, al estar tan bien identificados, no podía comer jamón a hurtadillas", comenta divertida.

Telefónica se volcó y montó 60.000 circuitos y 2.500 líneas de teléfono en un par de días; la Agencia EFE organizó un enorme despliegue propio y de apoyo a las 27 agencias internacionales, y la empresa Dragados y Construcciones se encargó de la construcción de todo el centro, "a toda velocidad y con un diseño precioso", recuerda Conde.

Uno de sus colaboradores más próximos, entonces en el equipo de Presidencia del Gobierno y hoy eurodiputado del PP, era Javier Zarzalejos, quien recuerda que las sillas y pupitres hubo que traerlos del extranjero.

"A lo mejor podíamos haberlos encontrado en España si le dedicábamos cuatro días, pero no había cuatro días, y Dragados los encontró en otro país y los trajo", explica en conversación con Efe.

En el cuaderno de Rosa Conde no todo es logística, también aparecen reflejadas peticiones más personales, como la del equipo del presidente francés, François Mitterrand, que pidió hasta tres veces "cambiar toda la iluminación para que no salga tan viejo por la tele".

Uno de los imprevistos míticos de aquellos días fue el veto de los israelíes a que en las acreditaciones de prensa pusiera "Conferencia Internacional" cuando no era una conferencia "internacional", ya que Palestina no era una nación.

"A última hora del último día y entre cuatro o cinco, recortamos el encabezamiento de las 5.000 acreditaciones", recuerda la exministra, que también tuvo que esconder miles de cajitas de cerillas que lucían el mismo lema.

"Pensamos en absolutamente todo para no ofender a nadie", afirma el embajador Jorge Dezcallar, quien recuerda cómo hubo que retirar del salón de Columnas del Palacio Real la bellísima estatua de Pompeo Leoni de Carlos V con un moro encadenado a sus pies, ya que "no encarnaba el espíritu de conciliación que se deseaba para las reuniones".

"También descolgamos unos tapices de apóstoles predicando; ¡no queríamos convertir a nadie!", señala Dezcallar, que como director general de Política Exterior para África y Medio Oriente formó parte del equipo organizador.

Dezcallar recuerda el rompecabezas de la seguridad, con 15.000 policías de refuerzo; cientos de municipales pendientes de las decenas de caravanas oficiales que cruzaban Madrid a todas horas e incluso perros policía y arcos detectores en el interior del Palacio Real, ya que "algún delegado oficial pretendía entrar armado a la sala de reuniones".

"Fueron 10 días tomando decisiones, apagando fuegos y previendo imprevistos a toda velocidad. Menos mal que todo el mundo aportó y se volcó, si no, nunca hubiera salido", zanja Zarzalejos, quien considera que los organizadores de la próxima Cumbre del Clima "tienen tiempo de sobra".

Cristina Lladó