Así te hacen creer los políticos lo que ellos quieren.

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Hay una cosa que sabían los tiranos hace milenios, y que saben hoy los políticos: no gobiernan sobre gente, sino sobre sus emociones. Mandan sobre nuestros sentimientos, y una vez que nos tienen atrapados, ya pueden hacernos creer prácticamente lo que quieran. Por eso el fanboy o la fangirl de un partido es capaz de pasar de creerse que las macrogranjas son el peor peligro para el ecosistema a creer que no existen y todo es un invento. 

Si lo dice el partido, los fans ni siquiera lo cuestionan. 

La política se ha convertido en un derby futbolístico con cinco partidos en competición y cinco aficiones nerviosas, histéricas y ultras en las gradas, que van a jalear a su equipo, insultar al contrario y lanzar piedras al árbitro. Nada de lo que hace su equipo está mal. Todo lo que hacen los demás es porque el árbitro está comprado. 

Mañueco, Díaz Ayuso y García Egea.
Mañueco, Díaz Ayuso y García Egea.

Para lanzar tu ascenso al poder necesitas un mensaje que atrape a tus seguidores, y el primero está claro: la indignación vende. No hay nada como indignar a la gente para luego ofrecerles la solución. Lucháis contra un enemigo común. Y estaréis juntos. Esa es otra herramienta básica: hacer sentir a la gente que forma parte de un grupo -ya nunca más estarás solo-, formas parte de algo mayor que tú, una causa justa.

Además, con una potente imagen de marca, sus símbolos -sus hastags- para unirlos a todos y para identificarse entre ellos -y a los enemigos-. En poder de la imagen al servicio de una causa.

Hay líderes que se ven como salvadores, sólo ellos podrán salvar a su país. Ya saben ustedes, la bandera, el Cid Campeador y toda la liturgia simbólica. Otros, sólo se crean un personaje y mienten para alcanzar el poder. 

Sus líderes son identificables. Hombres y mujeres del pueblo. Su palabra es ley. Y no se equivoca. Un fan político pierde la capacidad crítica si el amado líder o la amada lideresa es quien pronuncia o hace. Una especie de relación de amor en la cima del enamoramiento. 

Y así, un partido ha logrado que nos creamos que las macrogranjas no existen en España, cuando hasta hace poco pedía que se prohibieran por las graves consecuencias de salud pública que suponen. 

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