¿Cómo sería una explosión nuclear en el espacio?

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El resplandor de la explosión nuclear de Starfish Prime, visto a través de las nubes de Honolulu y fotografiado a 1300 kilómetros de distancia (julio 1962)
El resplandor de la explosión nuclear de Starfish Prime, visto a través de las nubes de Honolulu y fotografiado a 1300 kilómetros de distancia (julio 1962)

Las armas nucleares son las armas más peligrosas de la Tierra. Así comienza la exposición de Naciones Unidas sobre un tema en el que la organización internacional ha puesto un gran empeño desde el momento de su fundación, hace ya casi un siglo. El abrupto final de la Segunda Guerra Mundial dejó muy claro que el uso extendido de las bombas nucleares suponía un riesgo para la seguridad mundial. Desde aquel momento y hasta la actualidad se han establecido una serie de tratados multilaterales “con el propósito de prevenir la proliferación y los ensayos nucleares, y promover a la vez los avances en materia de desarme nuclear”. De entre todos estos tratados internacionales destacan el Tratado sobre la No Proliferación de las Armas Nucleares (TNP), el Tratado por el que se Prohíben los Ensayos con Armas Nucleares en la Atmósfera, el Espacio Exterior, Debajo del Agua, también denominado Tratado de Prohibición Parcial de los Ensayos Nucleares (TPPE), o el Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares (TPCE)

A pesar de este esfuerzo por parte de los organismos internacionales, en la actualidad aún quedan en el mundo unas 22.000 armas nucleares y se han llevado a cabo más de 2.000 ensayos nucleares hasta la fecha. De hecho, el gran Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares se estableció en 1996 pero aún no ha entrado en vigor porque aunque lo firmaron docenas de países, no tiene mucho sentido si las principales potencias nucleares (Estados Unidos, Rusia o China) aún no lo han ratificado.

De hecho, la cuestión que expone el titular de este artículo no es tan hipotética como se podría pensar y en realidad cuenta con una respuesta práctica que responde al nombre de Starfish Prime. El 9 de julio de 1962, Estados Unidos lanzó al espacio una bomba atómica mediante un cohete PGM-17 Thor que fue detonada a unos 400 kilómetros de altura (una distancia mayor que la actual posición de la ISS) sobre la isla de Johnston en el Océano Pacífico.

Fotografía de la explosión nuclear a gran altura de Starfish Prime en el curso de la Operación Dominic el 9 de julio de 1962
Fotografía de la explosión nuclear a gran altura de Starfish Prime en el curso de la Operación Dominic el 9 de julio de 1962

Se han conservado diferentes documentos oficiales de aquella operación nuclear a gran altura que nos dejan párrafos muy interesantes ilustrando la sucesión de acontecimientos registrados aquel día:

“En el momento inicial (09:00 GMT) en la isla de Johnston, tuvo lugar un flash blanco, pero tan pronto como uno podía quitarse sus gafas, ya no había una luz intensa presente. Un segundo después de la explosión, un disco rojo se podía observar directamente por encima y cubría el cielo hasta unos 45 grados del cenit. En general, la región roja era más intensa en las partes del este. A lo largo de la línea magnética norte-sur, se extendió una raya blanco-amarilla hasta el norte del cenit cercano. La anchura de la región rayada blanca creció de algunos grados en pocos segundos a cerca de 5-10 grados en 30 segundos.

En unos dos minutos, la región roja del disco había desaparecido completamente en el oeste y se descoloraba rápidamente en la porción del este. En 400 segundos, esencialmente todos los fenómenos visibles importantes habían desaparecido, a excepción posiblemente de un cierto débil resplandor rojo a lo largo de la línea norte-sur y al norte, en el horizonte. No se oyó ningún sonido en la isla de Johnston que se pudiera atribuir definitivamente a la detonación”.

A más de mil kilómetros de distancia, en el archipiélago de Hawái, aquel fogonazo se tradujo en un espectacular juego de luces en el cielo, similares a una aurora boreal. También se registraron numerosos problemas eléctricos y de telecomunicaciones, especialmente en radio y televisión. Aunque no se ha podido confirmar hasta la fecha, aquella explosión en el espacio pudo haber afectado e incluso dañado seriamente a unos siete satélites, entre los que se encontraban el Ariel-1 (una misión científica de Reino Unido y EEUU) y el Telstar, un satélite pionero para retransmisiones de televisión.

La altura de la atmósfera terrestre llega hasta los 1.000 kilómetros, aunque más de la mitad de su masa se concentra en los primeros 6 kilómetros y el 75% en los primeros 11 kilómetros de altura desde la superficie planetaria. Esta es la principal característica de las explosiones nucleares a gran altura: la ausencia casi total de atmósfera da lugar a diferencias marcadas respecto a las explosiones nucleares más cercanas a la superficie.

Tal y como se comprobó con Starfish Prime, no se produciría el conocido “hongo nuclear” y el gran fogonazo de luz tampoco estaría acompañado de sonido. Lo que sí se produce es un potente pulso electromagnético (PEM) capaz de afectar miles de kilómetros la redonda. Las pruebas nucleares de la década de los ’60 demostraron que, cuando una bomba atómica estalla cerca del suelo, el PEM tiene poco alcance, pero en el espacio y debido al campo magnético de nuestro propio planeta, el efecto se amplifica a gran escala. Por otro lado, tampoco se produciría una onda de choque. Sin embargo, cualquier astronauta que se encontrase lo bastante cerca de la explosión recibiría una dosis fatal de radiación ionizante.

Afortunadamente las lecciones aprendidas del pasado y los éxitos parciales de los diferentes tratados multilaterales hacen muy improbable que se lancen bombas nucleares en el espacio, ni siquiera es probable que se realicen más ensayos nucleares como los de Starfish Prime. Nuestra sociedad en el siglo XXI depende completamente de los cientos de satélites que en la actualidad orbitan sobre nuestras cabezas. La mayoría de ellos pertenecen a esas mismas potencias nucleares que estarían dañando o destruyendo sus propios satélites.

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