Cómo conseguir que disfrutar de la naturaleza y protegerla sea compatible

Los amantes de la naturaleza suelen serlo no sólo porque quieran conservarla, también porque disfrutan con ella. Saliendo al campo a hacer senderismo, recorriendo los montes para fotografiar especies de árboles o de fauna, o incluso realizando acampadas o rutas en bicicleta de montaña. Pero todas estas actividades tienen un impacto.

Tal vez pequeño, pero es un impacto. Por ejemplo, cuando nos salimos del camino marcado buscando rastros de animales o acercándonos para tirar una foto. Y si acampamos – en zonas donde esté permitido, claro – el efecto es mucho mayor. El ruido que producimos perturba a los animales… no podemos evitar realizar estos impactos.

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Por eso resulta tan interesante un artículo recién publicado. En él, un grupo de investigadores analiza la mejor manera de minimizar nuestros impactos cuando salimos a disfrutar de la naturaleza. Porque evidentemente, evitarlos es imposible y prohibir actividades al aire libre y en espacios naturales es contraproducente.

Para poder poner medidas, el primer paso es entender qué impacto se realiza. Para ello, los investigadores se centraron en varios Parques Nacionales de los Estados Unidos. Primero porque este tipo de espacios concentra gran parte del público y por lo tanto sus efectos, pero también porque nunca se ha estudiado este tipo de impactos a una escala suficiente.

Escogieron algunos grupos de visitantes al azar – entre los que se prestaban voluntarios, claro – y les proporcionaron un GPS. Con esto cumplían dos objetivos, el primero tener datos precisos sobre actividades, ya que se trataba de aparatos de alta precisión. Pero también se trataba de emplear métodos que luego se pudiesen usar por el público general.

Con esto consiguieron datos de localización, velocidad, tiempo de estancia y otros factores. El siguiente paso fue subirlos a un sistema de información geográfica, un software que permite relacionar estos datos y analizarlos espacialmente. El resultado final fue un mapa de impactos de cada grupo de excursionistas, y una serie de conclusiones.

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La primera conclusión es que los excursionistas no siempre eran conscientes de qué impactos cometían o qué implicaciones podían tener. Y de hecho, que cuando se les explicaba, muchos de ellos tomaban conciencia de sus pequeños errores y estaban dispuestos a modificar sus costumbres.

Evidentemente no se puede hacer un seguimiento de cada excursionista, pero sí quedaba claro que la primera medida era simple y sencilla. Sólo hacía falta mostrarle a la gente cómo hacer las cosas mejor, y ellos mismos lo implementarían. Una sencilla aplicación informática – y guías en papel – servían para este objetivo.

Pero lo más importante no era esto. Lo que pudieron comprobar fue que los esfuerzos de conservación no estaban bien enfocados. Se dedicaba mucho tiempo y esfuerzo a cuestiones que rebajaban muy poco los impactos, y muy poco a otros que podían mejorar y mucho la conservación. Por ejemplo, situando en puntos estratégicos recordatorios de buenas prácticas, dificultando el acceso a ciertas zonas más sensibles con elementos muy simples – un par de estacas y una cuerda, que sirviesen de recordatorio de la norma de “no salirse del camino” – y cuestiones así.

Y sobre todo, siendo conscientes de que aquellos que realizan impactos en las zonas más recónditas no suelen tener mala voluntad, si no que se dejan llevar por su pasión. Porque eso sí que lo dejaban claro los datos: aquellos que más amor por la naturaleza declaraban eran lo que más territorio recorrían, y aquellos que empleaban las rutas menos transitadas y de más difícil acceso.

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