Colchones bajo tierra y sirenas anárquicas, la vida común en la guerra de Ucrania

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En tiempos de guerra, la cotidianidad en Ucrania sigue teniendo muchas instantáneas surrealistas, algunas inconfesables, algunas agridulces y públicas, otras insólitas sólo por el hecho de ocurrir en medio de un sanguinario conflicto bélico.

Un colchón está colocado delante de la puerta de entrada. Otro está recostado en el lado derecho, y uno más, en el lado izquierdo. Una cinta adhesiva completa el cuadro, colocada, como está, en forma de cruz sobre los cristales de las ventanas. A primera vista, el hotel (su nombre no lo citaremos por motivos de seguridad) se presenta así, como un esqueleto vacío, el resto de algo que, desde hace tiempo, dejó de hospedar vida.

Pero es solo un espejismo. Ni el sitio está cerrado, ni le faltan huéspedes de todo tipo. Es un hotel de guerra de una ciudad en guerra, que se protege como puede, como otros, con dormitorios bajo tierra, restaurantes bajo tierra, clientes bajo tierra. Edificios aparentemente anónimos que, en lugar de dejar las persianas abajo, han abrazado un peculiar transformismo con el único fin de poder subsistir, resistir, y salir adelante.

En tiempos de guerra, la cotidianidad en Ucrania sigue teniendo muchas instantáneas surrealistas, algunas inconfesables, algunas agridulces y públicas, otras insólitas sólo por el hecho de ocurrir en medio de un sanguinario conflicto bélico.

La madre que dejó de cocinar la primera vez que oyó una explosión. Las parejas de soldados que se casaron en uniforme militar, mientras caían misiles aquí y allá. El grupo de amigos hipster que siguió festejando su tradicional reunión, todos los domingos, a pesar de todo, incluso estar a menos de medio centenar de kilómetros de las tropas que invadieron su país.

Los ucranianos ya no confían en las sirenas antiaréreas

Incluso las sirenas antiaéreas han contribuido a desdibujar estas realidades. En Kiev, tuvieron desde el principio un ritmo clásico, como el de las películas. En las zonas rurales del sur de la capital ucraniana, dos pitidos daban la señal de alerta, tres, el de un ataque en curso.

En Lvov, el primer pitido de una sirena indicó por mucho tiempo la presencia de una amenaza, el segundo, el fin de aquel peligro. En el centro de Dnipro, llegaron a ser continuas, no callaban nunca. Se pudo desayunar, almorzar y cenar con esa banda musical de fondo.

Tanto que, en casi todo el país, la población dejó de creer en las últimas semanas en aquella señal de peligro, y Volodímir Zelenski, el presidente ucraniano, se ya se ha visto forzado a enviar un mensaje, que ha circulado en Telegram, para recordarle a las personas que sí, que lo más precavido es no ignorar esa alerta. De poco ha servido.

En la mayoría de las ciudades ucranianas bajo control de Kiev, la gente hoy desoye a menudo los ruidos, salvo que se oigan cerca, y no son pocos los que -en las zonas ya cerca del frente de batalla- aseguran haber aprendido a entender si el sonido corresponde al lanzamiento de salida de un misil, o a uno de llegada. Esto último, por supuesto, significa que la destrucción -y tal vez la muerte- está más cerca.

La importancia de los 'otros' trabajadores esenciales

Como también ocurrió con la guerra del Donbass iniciada en 2014, ha sido también bastante frecuente ver a árboles y flores recién podadas en los jardines públicos, incluso en los cruces de las plazas y calles, fruto de la diligente labor de comandos de ancianos y funcionarios públicos.

Muchos trabajadores ‘esenciales’, tal y como ocurrió en los días de la última pandemia -tan lejana ahora en Ucrania, donde las mascarillas han desaparecido por completo del panorama-, no han dejado de trabajar.

No sólo los de reconocida popularidad, como bomberos y paramédicos, si no también otros tantos batallones de trabajadores han estado arreglando calles, pintando barandillas, recogiendo basuras, pasando las escobas allí donde se iban produciendo ataques y caían vidrios.

Repensar las rivalidades en el contexto de la guerra

Los habitantes del este y los del oeste de Ucrania, en su sempiterna rivalidad, también firmaron una especie de tregua para no mostrarse divididos en un momento en el que la amenaza viene de fuera.

Aunque algunas de las consecuencias de la guerra que ya es difícil de esconder es que al hablar ruso, en el oeste contesten -la mayoría de las veces, con mala cara- a menudo en inglés o directamente en ucraniano. Y que los del este escondan su acento y su idioma materno.

Muchos otros han perdido el trabajo, y ya piensan en que, cuando acabe la guerra, se querrán ir de Ucrania, un país con un largo historial de emigración. Pero no por ello han dejado, mientras tanto, de festejar cumpleaños, emborracharse con los amigos, reinventarse como intérpretes para los extranjeros.

Algunos también se preocupan por lo que podrá venir en un país en el que ahora circulan una gran cantidad de armas -gracias a un ley aprobada por el Gobierno ucraniano-, donde ahora expresos han sido enviados a luchar en las primeras líneas de batalla, donde hay grupos y grupúsculos de comandos armados que, de momento, interactúan pacíficamente con la población.

Por supuesto, en la instantánea, no han faltado los periodistas venidos de todo el mundo: muchísimos anglosajones, muchísimos europeos, que en algún caso han sido la única presencia en el lugar junto a buscavidas, civiles armados -muchos de las profesiones más impensadas, comerciantes de vinos, informáticos, artistas-, la policía y el Ejército.

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