Las claves de la huida hacia adelante de Putin con su anuncio de movilización parcial

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Era esperado desde hacía días, se retrasó varias veces sobre el horario finalmente previsto y, al fin, a las nueve de la mañana (hora de Moscú, una menos en Madrid), Vladimir Putin ha puesto sobre la mesa sus nuevos planes para la guerra de Ucrania, esa que sigue llamando “operación militar especial”. Su mensaje televisado y grabado revela su enfado por el curso de los acontecimientos, visto que la contienda va a cumplir siete meses, cuando él esperaba controlar el país vecino en dos o tres días; su ojeriza con Occidente como culpable de todas las cosas y, también, sus dudas sobre cómo afrontar este tiempo. A los rusos, históricamente, no le han gustado los perdedores, y eso, fracaso, es lo que está mostrando su presidente en estos momentos.

Putin ha anunciado una huida hacia adelante, una movilización parcial de su ciudadanía, que se concretará en la llamada a filas de 300.000 reservistas, los más preparados, dice, aunque no ha afinado aún edades o especialidades. Defensa dice que es un 1% de todo lo que puede movilizar. El proceso empieza desde hoy mismo, para sacar a estos rusos de sus vidas normales, su trabajo, su familia, para vestir de nuevo el uniforme y formarse para ir a guerrear al país vecino. Es una de las primeras claves que se extrae de este movimiento en el tablero: el Kremlin asume que la invasión no va como planeaba y necesita refuerzos, necesita más carne de cañón. No es fácil para un mandatario bravucón como él salir en la tele y reconocerlo, aunque sea indirectamente. Los hechos dicen aquí más que las palabras.

No ha lanzado la movilización total que algunos reclamaban ni ha hecho una declaración de guerra, que legalmente cambiaría mucho el escenario en su país, de ahí que se evidencie que conoce sus límites y la debilidad de su ejército y, esencial, de su cadena de mando, que se está desvelando como deficiente en estos meses. Se suma a la aprobación por parte de la Duma de un proyecto de ley para endurecer las penas por delitos como la deserción, los daños a la propiedad militar y la insubordinación si se cometen durante la “movilización militar”, la “ley marcial” o en “tiempos de guerra”. Cabe en esta caso la primera etiqueta. No hay escapatoria, o a un alto precio.

Es tremendamente importante ver ahora cómo cala esto en la población rusa. No está ciega, pero quizá tuerta, asaeteada por la propaganda del régimen, con posibilidades limitadas de saber qué está pasando realmente en Ucrania, más allá de grupos opositores o adelantados con VPN. No hay respuestas ante los hijos que mueren en el frente -hoy mismo se han reconocido 5.937 soldados caídos por parte del Ministerio de Defensa, una cifra que las Inteligencias occidentales multiplican por cinco y que Ucrania eleva a 45.000-, pero se intuye lo que pasa.

Ahora se llama a más hombres a la guerra, cuando de fondo suenan las primeras críticas políticas a Putin, que lo han desestabilizado en la última semana, especialmente ante el avance de Ucrania en el noroeste del país, una reconquista para la que ni cercanos a Putin encuentran justificación y que se está logrando por la ayuda exterior y hasta por un engaño de Kiev sobre los frentes prioritarios.

En los primeros meses de guerra, Rusia no cumplió ninguno de sus objetivos estratégicos, operativos o tácticos, hasta el punto de que acabó abandonando los alrededores de Kiev y el norte del país para centrarse en el este, en el Donbás, donde se calcula -datos del Ministerio de Defensa británico- que se dejó el 70% de su munición más precisa disparando a objetivos civiles, sin dañar demasiado al ejército ucraniano y, por tanto, sin avances significativos.

Siempre el Donbás como clave: en 2014, Rusia se anexionó Crimea pero en dos provincias del Donbás, Donetsk y Lugansk, ucranianos prorrusos apoyados desde Moscú autoproclamaron su independencia. Ahora Putin quiere el poder absoluto también en estos territorios, su anexión, creando así un potente corredor en el sureste del país, de enorme importancia industrial y geoestratégica, dominando el norte del Mar Negro.

Ya en agosto, el presidente anunció que desde el 1 de enero de 2023 se incrementaría en un 10% el potencial actual de las Fuerzas Armadas, con 137.000 uniformados extra, pero eso es empleo, es ser profesionales, y quedan meses. Llamar a los que ya no batallan manda una señal de alerta y desgaste clara. Ya lo dio la llegada de combatientes sirios o chechenos, pero no alteraba lo doméstico. Ahora sí.

Jarkov, tras al avance rápido de Ucrania en las dos últimas semanas, está un poco en pausa, pero la batalla mayor la ve Putin en Donetsk y Lugansk: en el primero avanzan estos días los ucranianos y el segundo está controlado por Rusia, pero asediado cada día con más virulencia. En el Mar Negro, lleva días reposicionando tropas y Londres sostiene que ha llevado submarinos desde Crimea hasta el sur de Ucrania, ante la posibilidad de un ataque ucraniano de largo alcance.

El presidente de Rusia, Vladimir Putin, habla con su ministro de Defensa, Sergei Shoigu, durante un acto ante la Tumba del Soldado Desconocido de Moscú, el pasado 22 de junio. (Photo: Mikhail Metzel via AP)
El presidente de Rusia, Vladimir Putin, habla con su ministro de Defensa, Sergei Shoigu, durante un acto ante la Tumba del Soldado Desconocido de Moscú, el pasado 22 de junio. (Photo: Mikhail Metzel via AP)

El presidente de Rusia, Vladimir Putin, habla con su ministro de Defensa, Sergei Shoigu, durante un acto ante la Tumba del Soldado Desconocido de Moscú, el pasado 22 de junio. (Photo: Mikhail Metzel via AP)

Amenaza a Occidente

El presidente no se arrepiente de la ofensiva lanzada el 24 de febrero, eso queda claro al menos ante la opinión pública, no ha hecho autocrítica alguna. Toda la culpa la ha puesto sobre los hombros de los “neonazis” ucranianos, recuperando el rocambolesco término que usó la noche en que empezó  su ataque, pero sobre todo de Occidente, a quien ha acusado de usar a Ucrania como “carne de cañón” y de querer “debilitar, dividir y destruir” a Rusia, de usar un “chantaje nuclear”. Ha cargado más contra el oeste que contra el propio Gobierno de Volodimir Zelenski.

Movilización y críticas aparte, tras las palabras de Putin están los acontecimientos de las últimas horas, con el anuncio de refrendos de independencia en las provincias del Donbás, ya reconocidas como independientes por Moscú, desde febrero. El presidente ha avisado de que usará “todos los medios a su alcance” para defender lo que, desde el momento en el que gane el sí en una tierra dominada por prorrusos, entenderá como territorio propio, tan ruso como la Plaza Roja de Moscú.

Si esa tierra pasa, unilateralmente, a ser Rusia, aunque no haya reconocimiento internacional, aunque sea en una votación-farsa, el Kremlin se sentirá respaldado para hacer lo que sea necesario para protegerlo si es atacado con ayuda de países de la Unión Europea o de la OTAN. Es entonces cuando ha dicho: “No intenten recuperar la tierra que hemos incautado y reclamaremos como nuestra”. Con una amenaza final aterradora: “Aquellos que intentan chantajearnos con armas nucleares deben saber que los vientos predominantes pueden girar en su dirección”.

¿Va de farol Putin? Nadie lo sabe. Como llevamos repitiendo desde febrero, nadie sabe qué pasa por su cabeza, empezando por el lanzamiento de una guerra que el común de los analistas daba por imposible, por más que Estados Unidos y Reino Unido la anunciaran. Sin embargo, sus palabras no pueden ser menospreciadas por alarmistas. Rusia tiene bombas atómicas, eso está ahí. Y el botón rojo está en la mesa de Putin. Su mensaje hoy iba destinado a dar seguridad a su gente y garantías de que la integridad y la soberanía nacionales están a salvo con él y, si peligran, habrá castigo.

Rusia ha decidido que, aún, no va con todo, pero sí pone más. Preocupan menos los números (300.000 efectivos más sobre un país de 144 millones largos de personas) que lo que transmite: enfado, incapacidad de tender la mano y negociar, cabezonería. Da igual que en la última semana haya recibido toques por su actitud hasta de aliados: India le dice que “no es el momento de la guerra”, China ha mostrado sus dudas y preocupaciones por el devenir de la guerra, Turquía pidió ayer que se devuelvan los territorios ocupados desde 2014, y eso que se supone que es el principal mediador entre Moscú y Kiev...

Están por ver las consecuencias del paso anunciado hoy. Queda claro que las mesas de negociaciones, eso sí, son apenas un sueño. La guerra durará, se internará en un otoño-invierno demoledor y sus consecuencias, humanitarias o económicas, se ahondarán.

Este artículo apareció originalmente en El HuffPost y ha sido actualizado.

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