¿Clasismo en las prioridades de vacunación?

Miguel Artime
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Cajera trabajando en un supermercado durante la pandemia de covid. (Iimagen creative commons vista en newmedicaleconomics).
Cajera trabajando en un supermercado durante la pandemia de covid. (Iimagen creative commons vista en newmedicaleconomics).

Ahora que el ministerio de sanidad ha hecho públicas sus preferencias en materia de personal a vacunar con los viales de AstraZeneca, que como sabemos se emplearán con personas con edades comprendidas entre los 18 y 55 años, hay quien ha empezado a mostrar enfado en redes sociales. La premisa es muy grave: el estado podría estar pecando de clasismo.

Me explico, entre los colectivos que recibirán antes la vacuna se encuentra por ejemplo el Grupo 3, que hace referencia a personas que están en riesgo de contagio por exposición. Ahí entran fisioteraputas, terapeutas ocupacionales, personal de oficinas de farmacia, cualquiera que se dedique a la medicina legal, servicios de ayuda a domicilio, y personal que trabaje en centros de menores, centros de día e instituciones penitenciarias.

Nada que objetar al respecto, después de todo el colectivo más castigado por la pandemia ha sido el personal sanitario. Hemos dado sobradas muestras de solidaridad con estos trabajadores. Durante la primera ola salíamos cada tarde a aplaudir su labor a los balcones, por lo que ahora sería absurdo que nadie pudiera enfadarse porque el estado priorice a estos grupos a la hora de inmunizarlos, incluso a los que están en segunda línea.

El problema llega sin embargo con el Grupo 6, que hace referencia literalmente a “colectivos esenciales”. Entre ellos se incluyen las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado, el personal de emergencias (bomberos y otros) y las fuerzas armadas. Además, también se consideran esenciales a los docentes, y al personal que se encarga de la educación infantil y de las personas que requieren necesidades educativas especiales.

No es que el enfado se dirija a ninguno de estos colectivos, todos son necesarios y es loable que el estado vigile por la seguridad de quienes nos garantizan esa misma seguridad en las calles, o de quienes gestionan la educación y cuidado de nuestros hijos. El problema viene por lo corta que resulta esa lista. Parece que para vacunarse antes, ser funcionario es un plus, y que por tanto todos aquellos trabajadores que llevan a cabo labores fundamentales pero que no cobran un sueldo del estado, podrían estar siendo ninguneados.

¿Qué ocurre por ejemplo con las cajeras de supermercado? Durante la primera ola, cuando llevados por el pánico muchos acaparaban papel higiénico, dispuestos a montarse el bunker en casa y no salir hasta que el temporal escampase, ellas (y ellos, no quiero ser sexista) estuvieron siempre en primera línea, extralimitándose en sus funciones en más de una ocasión. ¿Se nos ha olvidado que iban a trabajar sin mascarillas, sin pantallas de protección, padeciendo miedo e inseguridades, para que nada faltase en nuestros hogares? Vigilaban el aforo, las colas de acceso y hasta las estanterías para que el reparto fuera justo. No fue hace tanto tiempo...

¿Qué sucede con los servicios de limpieza? ¿Es que se limpien solos los hospitales, las comisarías de policía, los colegios en los que estudian nuestros hijos, o las farmacias en las que compramos los medicamentos para nuestros enfermos? ¿Los empleados municipales que recogen la basura o barren nuestras calles a diario no son esenciales?

¿Qué pasa con todos los empleados del ramo de la logística y del transporte? ¿No asumían riesgos todas esas personas que nos traían a casa lo que por precaución comprábamos por internet? ¿Cómo considera el gobierno a ese ejército de camioneros, y repartidores que posibilitaron que no faltara de nada en los supermercados, y que llevaban la compra a casa a quienes decidieron que comprar por internet era más seguro? En muchas ocasiones se les privó de lugares de descanso, donde comer un plato caliente, pero siguieron trabajando.

Supongo que nuestras élites políticas no se han enterado aún de que al estado de bienestar le sucede justo como a la economía, que para funcionar requiere de un enorme número de engranajes que deben estar bien engrasados, y a los que conviene valorar en su justa medida. Por desgracia hay quien piensa que no se puede comparar a un cargo público con un conductor de autobús.

Me vais a perdonar que cite a un filósofo (y economista) del siglo XIX al que la historia da ya por superado. Se llamaba Karl Marx (caiga sobre mí la maldición burguesa) y en su día dijo algo así: “El obrero tiene más necesidad de respeto que de pan”. Esta sería una ocasión perfecta para mostrarles el respeto debido.

El olvido a todos esos colectivos humildes, o si lo preferís el clasismo que parece desprenderse de las políticas de cribado decididas por el gobierno es especialmente incomprensible ahora que gobierna una coalición de partidos supuestamente progresistas. ¿Cuáles son los “algoritmos” que emplean estas “castas” para decidir quién resulta esencial y quién no? ¿Solo recuerdan su importancia cuando organizan huelgas?

No me juzguéis mal, este texto no pretende atacar a todos los colectivos que sí recibirán la vacuna durante el mes de febrero. ¡Mi aplauso para todos ellos! Pero creo que “desde arriba” se ha dejado de lado a muchos trabajadores de primera línea sin cuya labor simplemente habríamos colapsado como sociedad.

Me temo que así son las élites, nunca han sido demasiado buenas valorando quién es importante y quién no. Mientras meditan sobre el asunto, me quedo con un magnífico titular dejado recientemente en La Vanguardia por el catedrático en filosofía por la Universidad de Harvard, Michael Sandel: “Hoy sabemos que un camionero es más necesario que muchos economistas”.

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