¿36 civilizaciones extraterrestres en nuestra galaxia? La ciencia tras el ridículo titular

Extraterrestre fantasmal. (Imagen creative commons vista en pxfuel).

En el estudio probabilístico del número de civilizaciones extraterrestres en nuestra galaxia, realmente hay tres números que importan: 0, 1 o infinito. El cero en este caso queda descartado, por el mero hecho de nuestra propia existencia (la única civilización de la que tenemos constancia) y este dato juega por el momento a favor del uno. Para comenzar a pensar en el infinito, o en un número que tienda a ello (como se dice cuando se manejan límites de funciones matemáticas) antes es preciso superar la unidad.

Dado que hasta el momento la ciencia se empeña, empírica y tercamente, en mostrarnos un único ejemplo de mundo en el que ha surgido la vida (el nuestro) cualquier resultado que obtengamos manipulando a nuestro antojo los valores de la famosa ecuación de Drake, pertenecerán más al reino de la filosofía que al de la verdadera ciencia. Lo cual no significa que no sea divertido hacer ejercicios basados en lo que los anglosajones llaman “wishful thinking” y que podríamos traducir como pensamiento desiderativo (o si lo preferís “ilusorio”).

Si habéis leído mi blog en anteriores ocasiones, veréis que muy a menudo me quejo de la escasa credibilidad de los resultados de algunos trabajos científicos, basándome precisamente en las muestras excesivamente pequeñas. (El caso del estudio sobre la efectividad de la hidroxicloroquina para combatir la COVID, basada en solo 36 personas, es un buen ejemplo).  

Hace ahora un mes, los medios hacían referencia a una estimación sobre la probabilidad de vida extraterrestre en nuestra galaxia basada en inferencias bayesanas. Esta técnica estadística se basa en las evidencias u observaciones, para inferir la probabilidad de que cierta hipótesis pueda ser cierta. El nombre se lo debemos al matemático Thomas Bayes, y la técnica se aplica hoy en día en el reconocimiento de patrones por ordenador (entre otras cosas).

Bien, en aquel estudio, llevado a cabo por el profesor de astronomía David Kipping (Universidad de la Universidad de Columbia), se llegó a una conclusión concreta: la vida puede surgir con cierta facilidad, si se dan condiciones similares a las vistas en la Tierra. (Hablamos de un planeta rocoso con un radio similar al de la Tierra, situado en la zona de habitabilidad de una estrella similar a nuestro sol, que se mantenga estable durante miles de millones de años). Sin embargo, el mismo estudio estableció que la aparición de vida compleja e inteligente podría ser poco probable. De hecho, según el trabajo de Kipping, si pudiéramos hacer retroceder el reloj hacia los años de formación de nuestro planeta, y observásemos de nuevo su evolución, podría darse el caso de que cualquier mínimo cambio alterase el resultado final, modificando alguna o todas las ramas del árbol de la vida y tal vez eliminando a nuestra especie en el proceso.

El trabajo de Kipping, serio y concienciudo, merece respeto, pero sigue basándose en las probabilidades inferidas a partir del único ejemplo conocido de vida: el nuestro. Estos días atrás, probablemente hayáis oído hablar de un nuevo enfoque sobre el problema del cálculo de vida en nuestra galaxia, que ha dado como resultado un titular llamativo: el número de civilizaciones extraterrestres en la Vía Láctea podría ser 36.

El estudio, realizado por dos astrofísicos llamados Tom Westby y Christopher Conselice (de la Universidad de Nottingham en el Reino Unido) llega a esa conclusión tras aplicar el conocimiento obtenido tras los avances efectuados en astronomía durante las últimas décadas, particularmente en exoplanetas.

Esos datos básicamente son los siguientes:

1) Se estima que existen entre 200.000 y 400.000 millones de estrellas en la Vía Láctea.

2) Aproximadamente el 20% de ellas son similares a nuestro sol (es decir de tipo espectral F, G o K).

3) Un cuarto de esas estrellas cuenta con un planeta rocoso (con un radio comprendido entre el 75% y el 150% del terrestre) que las orbita en un período equivalente al de un año.

4) Se asume también que todos esos mundos cuentan con los ingredientes idóneos para que surja la vida.  

Como veis ninguno de esos datos dan mucha información sobre la frecuencia con la que vida emerge, o sobre los períodos de tiempo en la que esta puede sustentarse, que deben resultar suficientemente extensos como para dar lugar a formas complejas y multicelulares, basadas en tejidos altamente diferenciados. (Este último punto no sucedió en la Tierra hasta la Explosión Cámbrica, es decir hace unos 540 millones de años). Y por supuesto esos datos tampoco dan información sobre las probabilidades de que surja una especie inteligente, capaz de forjar una civilización tecnológica avanzada como la que vemos a nuestro alrededor.

¿Entonces de dónde sale la afirmación de esas probables 36 civilizaciones solo en nuestra galaxia? Bueno, el trabajo de Westby y Conselice se basa en una suposición infundada. Ellos creen que si cuentas con un mundo similar a la Tierra, orbitando una estrella similar al sol dentro de su zona de habitabilidad, hay muy buenas probabilidades de que surja una civilización tecnológica pasados 5.000 millones de años.

Desde el punto de vista científico esta afirmación no se sustenta. De hecho, el trabajo publicado hace un mes por David Kipping, que partía de los 4 datos observacionales antes citados, sostenía que las probabilidades de la aparición de vida inteligente podrían ser escasas. Pero es que además Westby y Conselice toman en consideración otros supuestos “discutibles” y controvertidos, como el de aceptatar a las estrellas enanas rojas de clase M (y a otros astros de larga duración) como candidatas para la aparición de vida.

La cosa no acaba ahí, también han tenido en cuenta lo que ellos llaman “condición fuerte copernicana astrobiológica”, que implica que la vida inteligente necesita entre 4.500 y 5.500 millones de años para aparecer, a contar a partir del momento en que un planeta rocoso se forma alrededor de una estrella similar al sol. Además, los autores del trabajo van más lejos y asumen que para ser considerada civilización apta, deberían haber pasado al menos 100 años en una fase de comunicación activa (es decir mediante radiotransmisiones). Así fue como llegaron al famoso resultado de las 36 civilizaciones existentes ahora mismo en nuestra galaxia, si bien lo hacen con cierto grado de incertidumbre.

Vayamos al grano. ¿Con cuanta incertidumbre? BIen, me temo que con la suficiente como para asumir que de hecho podría haber cero civilizaciones (esta posibilidad está cuantificada en un 15%) o más de 200 civilizaciones (posibilidad del 20%) y por supuesto cualquier valor entre medias. Dentro de ese rango de valores, el que cuenta con una probabilidad más alta es el de 36, y de ahí el famoso titular.

Pero si relajan un poco los valores dados a la antes citada “condición fuerte copernicana astrobiológica”, el número de civilizaciones podría oscilar entre 110 y 2908, siendo el número más probable 928.

¿Cómo tomar en serio un cálculo en el que la probabilidad de que el resultado sea cero es tan razonablemente alto? Como os decía antes, por desgracia los resultados de los distintos programas SETI llevados a cabo hasta ahora no parece respaldar las conclusiones del cálculo de Westby y Conselice. Y es que la historia de la búsqueda de vida alienígena inteligente está llena de argumentos basados en suposiciones infundadas, a partir de los cuales se sacan conclusiones que solo pueden catalogarse como pensamiento desiderativo o ilusorio.

Cuando nos enfrentamos a titulares como este, debemos ser conscientes de que nuestras conclusiones no son tan buenas como las suposiciones de las que partimos. Las evidencias, o en este caso su ausencia, se encargan de recordarnos los malas que son, de hecho, nuestras conclusiones.

Tal vez sea cierto y ahora mismo existan 36 civilizaciones prosperando y radiando información a la galaxia, pero la ciencia tiene mucho trabajo por delante antes de que todos (incluyendo Westby y Conselice) nos muestremos totalmente convencidos de esa conclusión.

Me enteré leyendo un artículo de Ethan Siegel para Forbes.

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