Cines de barrio, 60 ejemplares en peligro de extinción

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Cartelera del cine Verdi días antes de su cierre. (Photo: ALBERTO SENANTE)
Cartelera del cine Verdi días antes de su cierre. (Photo: ALBERTO SENANTE)

Cartelera del cine Verdi días antes de su cierre. (Photo: ALBERTO SENANTE)

“Nos da mucha tristeza comunicarte que a partir de este próximo lunes 18 de julio ambos cines cierran sus puertas tras una decisión muy meditada y dolorosa por parte de todo el equipo que gestionamos estas emblemáticas salas desde hace tantos años y que han sido tu refugio cinéfilo semanal en el barrio”. Así comunicaba unos días antes la empresa Verdi el cierre de sus salas en dos calles del barrio madrileño de Chamberí, Alberto Aguilera y Santa Engracia. Y daban al menos un consuelo: mantendrán encendidas sus pantallas en la calle Bravo Murillo.

“Muy preocupante”, “se me han saltado las lágrimas”, “son parte de mi memoria sentimental”, “el primer cine al que fui en la ciudad”, “drama cultural para Madrid”, son una muestra de los mensajes que respondieron al anuncio en redes sociales.

“Sabíamos que iba a ser difícil, pero lo intentamos hasta el final. Estamos muy tristes por esta conclusión”, cuenta Eduardo Escudero, director de negocio de A Contracorriente Films, accionista mayoritario de la empresa que gestionaba desde 2014 los dos cines que acaban de cerrar junto al Verdi situado en la calle Goya.

“Era un taburete de tres patas desiguales”. Los dos que cierran esta semana se sostenían en el Goya. En febrero de 2020 se amplió el uso de ese edificio a otras actividades, lo que para Escudero ya supuso “la sentencia de muerte a los tres cines”. Tras el cierre por el confinamiento ya no se volvió a abrir y dejó así de apoyar a los otros dos. Por su parte, fuentes del Ayuntamiento de la capital sostienen que fue el propietario del local quien solicitó ese cambio de uso de cultural a recreativo que empezó a tramitarse en 2018, y que de acuerdo a la normativa urbanística “no se puede no aprobar”. Además, desde el consistorio recuerdan que el pasado junio se aprobó una subvención anual para exhibidores de cine de 544.000 euros, de los cuales 408.000 se destinarán a locales independientes, y el resto a salas ubicadas en centros comerciales.

Sin embargo, para este empresario del sector cinematográfico es necesario que los municipios ofrezcan “una mayor especial protección” a los cines de barrio para se mantengan como tal, dado que “suelen estar muy bien situados, y cualquier otro uso es mucho más goloso”. Por lo que reclama mecanismos de compensación, desgravaciones o limitar el uso de inmuebles a actividades culturales para que “desaparezcan las tentaciones a los propietarios”.

Escudero lamenta que su empresa no pueda absorber a los “magníficos trabajadores” de los espacios que cierran, para quienes tiene palabras de agradecimiento por su profesionalidad hasta el final y su comprensión al darles una noticia que ya intuían. Pero tras dos años acumulando importantes pérdidas, y dado que “la propiedad tampoco estaba por la labor”, asegura que no había otra opción.

Lo intentamos después del confinamiento, pero la asistencia estaba siendo poca desde la reapertura

“Lo intentamos después del confinamiento, pero la asistencia estaba siendo poca desde la reapertura”, reconoce Escudero, quien confía en que este otoño la gente más adulta vuelva poner en su agenda ir al cine de forma habitual, algo que por ahora según él no ha sucedido desde la irrupción de la pandemia.

Pero las dos salas madrileñas son solo las dos últimas gotas de un chorro que lleva décadas cayendo, y que se ha cebado particularmente en pequeñas   y medianas ciudades. En España en 1980 había casi 4.100 lugares donde ver cine. Hoy hay 732, con un total de con 2.468 salas, de acuerdo al  último informe de la Asociación para la Investigación de Medios de Comunicación (AIMC). Y los datos pueden considerarse positivos para el sector en general, ya que suponen una recuperación del bache de la pandemia y marcan un tope que no se superaba desde 2014. Aunque también ofrecen un dato que hace no tanto hubiera resultado inimaginable: uno de cada tres españoles vive en un municipio en el que no hay ningún cine.

Con la apertura progresiva tras el confinamiento, la asistencia a los cines se ha ido recuperando con 41 millones de espectadores y una recaudación de 251 millones de euros, según datos de ComScore. En una encuesta del Ministerio de Cultura y Deporte de 2019 sobre hábitos culturales se afirmaba que el 57% de la población iba al cine al menos una vez al año. Y si miramos el detalle de la edad, los espectadores están repartidos entre todas las franjas aunque presenten porcentajes algo más altos entre adolescentes y jóvenes.

Lugares de encuentro

No, no hay una crisis general en las salas de cine en España. Pero si miramos cuáles fueron las películas más taquilleras el año pasado (Spider-Man: No Way Home, Fast & Furious 9, Venom 2: Habrá Matanza, A todo tren. Destino Asturias), podemos entrever que quien tiene problemas son los exhibidores que apuestan por un cine diferente al de las grandes producciones.

Ramiro Ledo, presidente de la red de cines independientes Promio, señala la contradicción de haber conocido la “triste noticia” del cierre de los cines Verdi tras el fin de semana con más espectadores del año. “La taquilla está cada vez más concentrada en las producciones que son capaces de grandes promociones. El cine independiente está pasando muchas dificultades”.

Ledo habla de “situación dramática” para esas salas “con una programación diferente”, que dan protagonismo a películas españolas, europeas, de terceros países, o en versión original, y que él calcula que no son más de 60 en todo el país. Al ser tan pocas, cada cierre afecta a las distribuidoras de ese tipo de largometrajes, y por tanto también al conjunto del sector independiente. Y reconoce que cuando un espacio así echa el cierre hay muy pocas opciones de que se vuelva a abrir como cine y sí como supermercado, restaurante o cualquier otro negocio.

El cine independiente está pasando muchas dificultades

Y sí, su previsión por desgracia está basada en hechos reales. Desde la Plataforma en Defensa de la Cultura en Madrid lamentaba que muy cerca de los cines que ahora cierran, en el barrio de Tetuán, el Cine Cristal se convirtió en un gimnasio, mientras que donde estaban las butacas del Ídolo, el Condado y el Carolina ahora hay pasillos de supermercados.

La pandemia puso en jaque a muchos de estos refugios del cine de autor, pero la amenaza viene fraguándose antes. En 2018 echó el cierre el Aribau Club, situado en la Gran Vía de Barcelona, donde ahora el callejero sitúa un hotel. En la Ciudad Condal antes había cerrado el Coliseum, sustituido por un restaurante y una tienda de viajes, mientras que donde estaban los cines Urgell, la que fuera la sala más grande de Barcelona situada en la calle homónima, hay un supermercado, un aparcamiento y un pasadizo que comunica con otra calle vecina.

En 2001, en Palma de Mallorca, el Cine Metropolitan terminó con 60 años de proyecciones. Diez años después el Ayuntamiento anunció que se crearían en esa manzana equipamientos públicos. Mientras que en Zaragoza, donde antes estaba el Renoir, considerado el último reducto de cine independiente de la capital maña, ahora hay un gimnasio.

La resistencia

La lista de estas sustituciones podría ampliarse a casi todas las provincias del país. Sin embargo, también encontramos casos de vecinos que se resisten a quedarse sin una pantalla grande en su zona. Así, varias cooperativas y asociaciones han conseguido que se mantengan abiertos los Cines Ciutat, en Palma de Mallorca; los Numax, en Santiago de Compostela; o el Zumzeig, en Barcelona.

Además, ante esta situación, muchos cines de barrio están intentando diversificar su oferta y hacer nuevas propuestas como organizar encuentros con cineastas, abrir pequeños bares, programas especiales de un director o una temática. O iniciativas más novedosas como las llamadas “sesión teta” en las que se anima a que vayan madres lactantes -y progenitores en general- con sus bebés, con facilidades para dejar los carritos, regulando la luz y el sonido, pero sobre todo con la complicidad del resto de la sala si un pequeño rompe a llorar en el momento más inoportuno.

Para Ledo, es “una responsabilidad compartida” evitar que cada vez más cines puedan ofrecer iniciativas como estas y sigan siendo un “lugar de encuentro y de cultura”, que permite que barrios y ciudades enteras sigan conectadas a la actualidad cinematográfica. Por una parte, reclama que los fondos de la Unión Europea al cine independiente lleguen en todas las Comunidades Autónomas, así como que se reduzca la confusión sobre el lapso de tiempo que pasa entre los estrenos en sala y la difusión en plataformas de televisión.

Pero sobre todo, el portavoz de Promio confía en que los aficionados vuelvan a recuperar esa costumbre de ir a su cine cercano a dejarse sorprender. Así que ya saben, si les dio pena la noticia del cierre de estos dos cines, vuelvan lo antes posible al de su barrio. O todos nos quedaremos sin esos pequeños paraísos.

Este artículo apareció originalmente en El HuffPost y ha sido actualizado.

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