Solo nos acordamos de la ciencia cuando la necesitamos

Fotografía de mi televisión mientras escribo...

Tengo la televisión encendida mientras escribo estas palabras. Desde la aparición del coronavirus hace algo más de dos meses, en casi cualquier programa o tertulia se habla, se debate e incluso se discute, directa o indirectamente, de alguna de las incontables consecuencias de la epidemia. La inusitada presencia de un tema científico en espacios televisivos, normalmente reservados a materias políticas, económicas o deportivas está dejando dos cosas muy claras. La primera que la ciencia sigue siendo una materia desconocida, y maltratada. En la mayoría de estos programas los mismos tertulianos que un día comentan la caída de la bolsa de Nueva York, al día siguiente hablan del conflicto político en Cataluña y al siguiente son expertos en tratamiento y contención de pandemias. Pocos, muy pocos, de estos programas televisivos, seguidos por millones de telespectadores, han tenido la decencia de invitar al plató a ningún investigador o científico que realmente sepa del tema. Se han soltado enormes barbaridades desde la más absoluta ignorancia y menos mal que veo poco la tele porque, si hubiera anotado las estupideces que se han dicho en algunos programas desde que se inició esta epidemia en diciembre, seguramente ya tendría un cuaderno repleto.

La segunda idea, que me ha quedado meridianamente clara conforme han pasado las semanas, es que a la ciencia se le piden, o mejor dicho se le exigen, respuestas y soluciones rápidas y definitivas ante cualquier situación. ¿De dónde procede el virus? ¿Cómo se transmite? ¿Cuándo desarrollarán una vacuna o un tratamiento eficaz? Las demandas y exigencias en esta epidemia han sido casi instantáneas conforme se desarrollaban los acontecimientos y, paradójicamente, resultan muy contradictorias con el esfuerzo, conocimiento y recursos que históricamente se han destinado a solucionarlas. Los medios, los políticos y el público en general reclaman resultados con una eficacia y rapidez que no se corresponden con los presupuestos y esfuerzo económico que merecerían.

Junto con la extensa cobertura del coronavirus, existen también una serie de noticias que, a pesar de pasar más desapercibidas, reflejan fielmente esta contradicción. Si nos fijamos solo en los últimos días, y en las noticias más recientes, comprobaremos que el Instituto Español de Oceanografía (IEO) se encuentra olvidado, casi abandonado, y los propios investigadores que allí trabajan afirman en El País que “los últimos dos años han sido testigos de la libre caída hacia el abismo de la quiebra técnica”. También ayer aparecía un artículo, en la sección Next de Vox Populi, describiendo la bochornosa situación del legado de Santiago Ramón y Cajal, confinado en cajas de cartón en una estancia durante más de 30 años y sin conseguir un emplazamiento digno del gran genio de la ciencia española. Son solo dos ejemplos, publicados ayer mismo, pero resultan apabullantes para entender que no existe una justa correspondencia entre lo que le pedimos a la investigación científica y los recursos e interés que estamos destinando para que cumpla nuestras altas expectativas.

"Vivimos en una sociedad profundamente dependiente de la ciencia y la tecnología en la que nadie sabe nada de estos temas, esto constituye una fórmula segura para el desastre". La conocida cita del astrobiólogo y divulgador Carl Sagan sigue siendo válida décadas después de su muerte.

Al igual que el refrán de Santa Bárbara, solo acudimos a la investigación científica cuando tenemos un problema que solucionar, y aquí llega la gran paradoja: Miren por un momento a su alrededor e intenten pensar en los verdaderos desafíos a los que nos enfrentamos. Intenten ampliar sus miras e imaginen localizar los retos y problemas globales que todos los seres humanos tendremos que solucionar en un futuro cercano… cambio climático, crisis energética, epidemias como la del coronavirus, agua y alimento para un mundo de miles de millones de habitantes. Son, la gran mayoría de ellos, retos y desafíos científicos cuya solución, llegue o no llegue, deberá ser científica. La cuestión es si estamos destinando la atención, el protagonismo y sobre todo los recursos necesarios para exigir esas soluciones cuando las necesitemos.

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