El caso de dos hondureños en el sur de México que huyen de las pandillas de su país

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Tapachula, en el sur de México, no se salva de ser una ciudad fronteriza tan fea como poco amigable. Es un corredor de miles de migrantes que piden dinero en las calles, desesperados por amasar un capital que les permita llegar a Estados Unidos. Algunos mejor informados se hospedan en albergues a la espera de una visa humanitaria. Es el caso de Marcos Amador, un hondureño que escapó recientemente de la violencia de las pandillas en su país.

A su hijo de 17 años lo querían reclutar a la fuerza. O entraba a hacer parte de la mara ‘Barrio 18’, una de las pandillas criminales transnacionales de Centro y Norteamérica, o sería asesinado junto a su familia. Ante la amenaza consignada en una de las colonias más pobres de Tegucigalpa, Honduras, Marcos y Axel decidieron escapar de su país el 8 de junio de 2022.

Apenas hubo tiempo para armar una maleta sencilla. Dos sacos, una cobija, dos mudas de ropa, medicamentos para el dolor de cabeza y los dolores de muela, la “espada de Dios” como le llama a la Biblia, y artículos de aseo en el que privilegian el desodorante y la vaselina. Todo envuelto en una mochila que pesa menos de 5 kilos para dos personas.

Tras huir de Tegucigalpa, Marcos y su hijo abandonaron Honduras por la frontera norte de este país centroamericano y atravesaron Guatemala en autobuses. Según denuncian, tanto policías como militares guatemaltecos los extorsionaron repetidamente en retenes emplazados por el camino. “Pedían de a 100 quetzales por cada uno”, asegura Marcos. Y así, de tanto en tanto, se evaporaron los 200 dólares con que habían escapado.

Tapachula, la ciudad fronteriza donde los migrantes cuentan con solo dos opciones para seguir su camino

Sin dinero en los bolsillos, pero con la fe intacta, Marcos y Axel lograron cruzar Guatemala y arribar a Tapachula, la primera ciudad mexicana en su periplo hacia Estados Unidos. Allí la información es tajante y translúcida: de Tapachula no se puede salir sino de dos maneras.

La primera y más arriesgada es por medio de una caravana de migrantes, un fenómeno masivo en el que miles de refugiados marchan en masa, sin peligro de que los agentes del Instituto Nacional de Migración de México los aprehendan y los deporten. Pero estas caravanas se forman como lo haría un huracán, de improviso. Nada está escrito y habría que esperar. La segunda opción para emigrar de Tapachula hacia el norte de México es por medio de la manera 'clásica', es decir, solicitando la condición de asilo ante la Comisión de Ayuda para el Refugiado, Comar.

El proceso ante la Comar plantea dos momentos: el primero, corresponde a la solicitud del asilo, para el cual se debe hacer una fila de por lo menos seis horas. Terminada la diligencia, la Comar entrega un documento en el que queda consignada la fecha de una cita, que por lo general es de dos meses a partir de la emisión de la misma. Y después de cumplirse esta cita, la misma institución se tomará un tiempo estimado de entre 3 y 6 meses para analizar el caso en cuestión y determinar si emitir o no una visa humanitaria para el solicitante.

En el caso de Marcos y su hijo Axel las probabilidades son favorables. A los hondureños, según las estadísticas, les son aprobadas en su mayoría las solicitudes de asilo, en contraste con las negativas para los haitianos, por citar un ejemplo. Lo penoso es que las oficinas de la Comar en todo el territorio mexicano, y más en Tapachula, están desbordadas.

En 2021 las oficinas de la Comar registraron 130.863 solicitudes de asilo, de las cuales fueron tramitadas 38.005, lo que corresponde a menos del 30 por ciento. Para la Oficina de Ayuda a los Refugiados de las Naciones Unidad, ACNUR, se trata de la tercera región del mundo con mayor crisis de refugiados.

Pese a la escasez, Marcos y Axel aspiran que de la mano de “la espada de Dios” -la Bilbia- y del apoyo que reciben del albergue ‘El Buen Pastor’ en Tapachula, su tránsito en el sur de México sea exitoso. En sus aspiraciones está que antes de terminarse el 2022 puedan obtener la visa humanitaria para salir rumbo hacia Estados Unidos, donde una familiar los espera con los brazos abiertos en Houston, Texas. Porque a Honduras, su país de origen, jamás piensan volver.

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