Casado llega vivo de milagro a su primer año al frente del PP

Asier Martiarena
El líder del PP, Pablo Casado, cumple un año en la presidencia del partido.
El líder del PP, Pablo Casado, cumple un año en la presidencia del partido. (Photo by Ricardo Rubio/Europa Press via Getty Images)

Pablo Casado llegó para regenerar el PP, pero aún está por ver si es capaz de afianzarse como líder de la oposición. Este es el resumen simple del primer año de mandato del líder del PP a quien el azar -y al frentismo y bloqueo político- le han brindado un aniversario en forma de reválida. Porque el presidente de los populares se la juega de verdad. Tanto que en el cuartel de Génova ya han bautizado la cita como 'el inicio de la era Casado'.

Todo porque los primeros 365 días de su 'reinado' han sido de todo menos tranquilos. Reconociendo que ascendió al cargo en un momento delicado del partido, desplazado del Gobierno por una moción de censura tras la sentencia condenatoria por corrupción, su hoja de ruta se demostró errónea a las primeras de cambio.

Viendo por el retrovisor cómo se asomaba Vox -por aquel entonces sencillamente un partido emergente-, Casado decidió ignorar a Santiago Abascal y negar su influencia. El error de cálculo fue máximo y mediados de diciembre ya observaba como muchos de los sondeos anticipaban un trasvase de votos importante.

Con las elecciones andaluzas de diciembre de 2018 llegó la confirmación. El PP logró mantenerse como segunda fuerza en el parlamento regional, pero perdiendo 7 diputados. Un resultado desastroso si recordamos que el PSOE de Susana Díaz obtuvo sus peores resultados históricos.

Pablo Casado ya afilaba los cuchillos para defenestrar al candidato Juan Manuel Moreno cuando la atomización de la Cámara andaluza le brindó una vida extra. Sellando un acuerdo a tres con Ciudadanos y Vox, el PP podría convertir su derrota en victoria y obtener la presidencia de Andalucía. Se trataba de un 'doble o nada' que los populares no podían dejar escapar y por eso tragaron con su incómodo socio de ultraderecha.

En la cúpula del PP respiraban tranquilos. En sus primeros seis meses al frente del partido, Pablo Casado había logrado un hito, arrebatarle al PP la presidencia de la Junta de Andalucía. Casado y los suyos se prodigaron en la prensa para imponer un relato de resurgimiento del partido frente a Gobierno en minoría de un PSOE lastrado por el fracaso de la aprobación presupuestaria. Pero volvieron a equivocarse al subestimar a Vox.

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Satisfechos por haber logrado sus votos para la investidura, entendieron que con mantener a Abascal y los suyos fuera del Gobierno a dos con Ciudadanos tendrían un cordón sanitario efectivo. Pero no fue así. El partido de ultraderecha miraba más allá de las elecciones andaluzas y soñaba con entrar más pronto que tarde en el Congreso de los Diputados. Con una campaña basada en el negacionismo de sus rivales políticos, las fake news y las redes sociales, Abascal logró convencer a PP y Ciudadanos de que debían movilizar a sus bases para pedir un adelanto electoral. Así es como se gestó la foto de Colón. Una manifestación conjunta que, en realidad, fue una manzana envenenada para Pablo Casado y Albert Rivera.

Acababan de blanquear a la ultraderecha en España. Tan flagrante fue su error que el PSOE no tardó ni un minuto en verlo claro... y convocó elecciones.

A partir de ahí Casado volvió a multiplicarse para recorrerse España de norte a sur y de este a oeste intentando no dejar un solo rincón sin visitar. Entendiendo, erróneamente, que el giro a la derecha de Andalucía beneficiaba directamente a u partido, Casado volvió a hacer campaña con un discurso radicalizado con el que intentaba reducir el radio de acción de Vox. Reabriendo el debate del aborto y endureciendo el discurso contra la inmigración, el PP jugaba al filo de la delgada línea del ultraderechismo. Los barones advirtieron a Casado de que se estaba equivocando. Pero no hizo caso. Lo ocurrido en Colón despertó al electorado de izquierda con una movilización histórica que frenara a la ultraderecha a nivel nacional. Y así fue.

El PP perdió 71 escaños, algo más de la mitad del botín de Mariano Rajoy. Aparte de la pérdida de infinidad de puestos en la Administración pública supuso un recorte importante a los ingresos públicos. Hasta el punto de tener que abrir un ERE en el parido y despedir a numerosos colaboradores, asesores y personal de confianza. Casado volvía a asomarse al precipicio por segunda vez en menos de un año.

Su cabeza corría peligro, y la vieja guardia -la misma a la que él quiso prejubilar con la creación de sus listas electorales- clamó venganza. Pero de nuevo la divina providencia le vino a regalar una vida extra. En menos de un mes estaban convocadas las elecciones autonómicas y locales de mayo. No había tiempo para renovar a la cúpula del partido. Ahí sí que entendió que Vox era un rival y tuvo que esforzarse en demostrar que el PP que le había abrazado en Colón ya no pensaba seguir haciéndolo. Se negó a sí mismo en muchos discursos, reculó posicionamientos polémicos y trato de suavizar su imagen.

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Los resultados no fueron mucho mejores en mayo, pero Madrid le reportó una doble alegría. Recuperar el Ayuntamiento y mantener la Comunidad. Ninguna de las dos jugadas dependía únicamente del PP, pero ahora Casado sí había aprendido de sus errores. Desde principios de junio, el líder popular ha trasladado toda la presión a Ciudadanos, a quien se le mira con lupa por sus acercamientos y reuniones con Vox. Desde entonces silencio.

El líder del PP ha estado en un estudiado segundo plano desde el cual ha preparado su reválida. La que tiene hoy y mañana durante el debate de investidura de Pedro Sánchez. Casado ya no puede fallar más. Ha fallado dos veces y se ha encontrado otras tantas veces con una vida extra. Ya no le quedan menos. Por eso ahora debe de medir bien sus pasos y acertar con la estrategia. Por eso ayer estuvo hasta altas horas de la noche preparando su intervención de hoy con un final abierto. Todo dependerá de cómo se posicione Ciudadanos. Obviamente dirá 'no' a Sánchez, pero sin aspavientos ni descalificaciones. Ya el resto del mensaje dependerá de lo que diga y haga Albert Rivera. Porque, un año después, el Pablo Casado que llegó a la dirección del PP para recuperar la presidencia del Gobierno ahora mismo tan solo aspira a un título menor: el de ser el líder de la oposición. ¿Cómo? Pasando de las guerras de guerrillas y evitando el campo minado que preparará Vox para, a su vez, mostrar una imagen de “hombre de estado” capaz de ofrecer una “alternativa viable” al pacto de PSOE y Unidos Podemos.