Esto sí que son cartas de amor: las palabras de grandes figuras a sus madres

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(Photo: MirageC via Getty Images)
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Seguramente este domingo el mensaje más repetido en WhatsApp sea “Feliz Día de la madre”, acompañado de más o menos emojis de flores y besos. Esa es la versión del siglo XXI —y más comodona– de las cartas que durante siglos se han intercambiado madres e hijos para compartir los acontecimientos cotidianos, en ocasiones especiales y, sobre todo, expresarse su cariño.

Si hay una verdadera declaración de amor es la de una madre a su hijo y viceversa, y eso queda patente en Cartas a la madre (Plan B), una recopilación de Nicolas Bersihand de misivas “emocionantes, llamativas y superlativas” de grandes figuras de la historia a sus progenitoras o a otras personas, pero en las que dedican sus pensamientos y palabras a ellas.

La más antigua que se conserva es la de Séneca, llamada Consolación a Helvia. El filósofo a escribió en el exilio sobre la muerte de su hermano, para que su madre no se muriera de pena al quedarse sola. En ella le dice:

“Quería con todas mis fuerzas, poniendo la mano sobre mi herida, arrastrarme hasta la tuya para cerrarla”.

Y en la despedida, le aconseja que fije “enseguida los ojos” en sus nietos, en especial, Marco: ”¿Qué lágrimas no podría secarte su alegría?”.

En 1832 Honoré de Balzac escribió a su “buena y excelente madre”, Anne-Charlotte-Laure Sallambier: “Me arrolló la ternura más completa cuando leí la carta que me escribes, y después de una hora durante la cual te adoré, no tuve fuerzas para escribirte, así que he esperado hasta esta mañana”. Con las fuerzas recobradas, el novelista añadió:

“Pobre madre, ¿cómo podré compensarte, cuándo te compensaré y podré jamás compensarte con ternura y amor todo lo que tú haces por mí?”.

Buen hijo también quería ser el pintor Eugène Delacroix, 1806, tan de moda por el (guiño, guiño) Ay, mamá de Rigoberta Bandini. Precisamente un Día de la madre celebró la fiesta diciendo esto:

“El mejor ramo de flores que te puedo regalar es el de cumplir con mis deberes. Es la mejor muestra de afecto que te puedo dar, bien lo sé, pero siempre busco la ocasión de satisfacerte, querida mamá, como pueda”.

Muy llamativo resulta que tres años antes, el Marqués de Sade, en una carta a su amigo Charles Quesnet, dejó constancia de cuál era para él la definción de madre con tanta delicadeza:

“Te lo he dicho a menudo: una madre es una amiga que la naturaleza solo nos da una vez, y que nada en el mundo puede sustituir cuando hemos tenido la desgracia de perderla. Entonces, nada nos protege: las flechas envenenadas de los hombres, su maldad, su calumnias, su perversidad nos hieren sin encontrar obstáculo alguno”.

Y tan precioso es el regalo que Louisa May Alcott le hizo a su madre en la Navidad de 1854 como las palabras que le dedicó. “Dentro de tu calcetín de Navidad he metido a mi primogénito”. No era otro que un ejemplar de Mujercitas, nada más terminar de escribirlo. “Cualquier belleza o poesía que se encuentre en mi pequeño libro se debe a tu interés y aliento de todos mis esfuerzos, desde el primero hasta el último”, se lee en su carta, en la que añade:

“Si alguna vez hago algo de lo que pueda estar orgullosa, mi mayor felicidad será poder agradecértelo, como puedo agradecerte todo lo bueno que hay en mí”.

Las cartas también desvelan los sentimientos más íntimos ante la tragedia de perder una madre. Ejemplo de ello es la del escritor Marcel Proust en 1918 a la señora Catusse sobre la muerte de la suya, Jeanne Proust Weil.

“Cuando murió mi abuela fue mamá quien sufría, mientras que en la muerte de mamá solo estoy yo. Uno es más valiente con sus propias penas”.

Para dejar un sabor de boca algo más dulce, nada mejor que acudir a los españoles que incluye Bersihand en el libro, puesto que dejan palabras de lo más entrañables. Por ejemplo, el poeta Miguel Hernández hablaba así a su madre en 1942:

“Bueno, vieja, se me cansa la mano y te voy a abrazar, no es muy fuertemente, porque no puedo, pero sí con las fuerzas necesarias con que cuento actualmente”.

Y Federico García Lorca, desde la Residencia de Estudiantes, alrededor del mes de abril de 1920, le decía esto a la suya:

“No [te] disgustes, tontica, conmigo porque te diga que escribir cartas es un latazo [...] Gracias por todo, especialmente por los calcetines.”.

Este artículo apareció originalmente en El HuffPost y ha sido actualizado.

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