Carlos Alcaraz no quiere ser el nuevo Nadal pero igual no le queda otra

Guillermo Ortiz
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SEVILLE, SPAIN - SEPTEMBER 12: Carlos Alcaraz of Spain looks on during his round of 16 match against Pedro Martinez Portero of Spain on day 3 of ATP Sevilla Challenger at Real Club Tenis Betis on September 12, 2019 in Seville, Spain. (Photo by Quality Sport Images/Getty Images)
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Qué complicado es manejar mediáticamente la irrupción de las jóvenes promesas. ¿Cómo no obviar que aparece alguien distinto, especial, con golpes únicos y a la vez no crear una expectativa exagerada entre el gran público? Recientemente, Carlos Boluda, el anterior “nuevo Nadal”, anunció su retirada recordando todo el año que le hizo que la prensa y el público esperaran de él una carrera meteórica. En todos los deportes encontramos casos de jugadores que no llegaron a nada después de parecer imbatibles en las categorías inferiores. El salto al profesionalismo es un salto voraz, que requiere no solo de cierta adaptación física sino sobre todo mental: la gente sabe quién eres, la gente espera algo de ti... y no van a dejar de recordártelo.

En ese sentido, es normal que el entorno de Carlos Alcaraz, encabezado por Juan Carlos Ferrero, que bien sabe lo que es la presión de la élite, haya querido mantenerle al margen del circo mediático. El chico tiene 17 años y acaba de clasificarse para su primer grand slam: el Open de Australia. Solo el hecho de decidirse a viajar, guardar la cuarentena, exponerse a las rigurosas leyes del gobierno de la región de Victoria, etc. dice mucho de su competitividad. Alcaraz no está aquí para ganar “challengers” en Asia. La clasificación muestra ambición, carácter y calidad... pero es obvio que solo es un primer paso muy temprano. Tan temprano que la comparación con Rafa Nadal puede ser perjudicial, pero la realidad no entiende de burbujas y también es bueno que Carlos se vaya acostumbrando a ello.

Que tanto él como su entorno se nieguen a la comparación con Rafa es muy razonable... otra cosa es que lo vayan a conseguir. Parece imposible. A todo campeón se le compara inmediatamente con el campeón anterior. Si eso genera presión o incomodidad, mala suerte. Hablamos de deportes de élite, que mueven millones de euros porque tienen millones de personas detrás viendo los partidos. Y es imposible convencer a esos millones de personas que suspendan sus juicios y sus narrativas. Verán a un español joven que compite con los mejores y que destaca en tierra batida y dirán “Rafa Nadal”. A Ferrero le pasó con Bruguera, por ejemplo, y a Bruguera con Emilio Sánchez Vicario y así sucesivamente. En otros deportes, que le pregunten a Abraham Olano por la comparación con Miguel Induráin. Una comparación muy injusta que no le privó de ganar un Mundial, una Vuelta y una medalla olímpica.

Alcaraz no va a ganar 20 torneos de Grand Slam. Al menos, digamos que no es lo más probable. Pero sí le van a exigir que sea competitivo en todos ellos. Y se lo van a exigir ya, no cuando esté preparado. El talento es lo que tiene: despierta ilusiones. Uno ve “Carlos Alcaraz” en el cuadro principal de un grande y no es como si viera a Radu Albot, con todo el respeto. Intuye que ahí puede haber una historia, que puede haber un camino... y que merece la pena madrugar para ver el partido y descubrir qué pasa. Cuando pierda, le lloverán los palos y tendrá que gestionarlo siendo aún un adolescente. Cuando gane, se dispararán las hipérboles y responsabilidad será de su entorno que en ninguno de los dos casos el jugador se hunda ni se venga excesivamente arriba.

Si pretende comprensión y empatía, se ha equivocado de industria. El deporte profesional es una trituradora donde lo importante es sobrevivir. Y una vez que has sobrevivido, vas viendo. Al propio Rafa Nadal le vino de perlas que sus lesiones de 2003 y 2004 pospusieran el debut en Roland Garros hasta 2005, cuando ya era claramente el mejor jugador de tierra batida del mundo a pesar de sus 19 años recién cumplidos. Si hubiera debutado antes y hubiera perdido, ¿habrían empezado las sospechas, las dudas, los temores? Es posible. Uno tiende a pensar que no porque el entorno de Nadal era pétreo en ese sentido: no le permitían ni la euforia ni la decepción. Ahora bien, eso son combinaciones que suceden una vez cada muchísimos años y no hay que dar por hecho que ahora vaya a repetirse.

Alcaraz perderá muchas veces antes de ganar algo. En tenis, lo normal es perder. Todas las semanas vas a una punta del mundo y tarde o temprano, pierdes. Es una sensación espantosa. A Alcaraz, además, se lo recordarán mil veces: “Has perdido, con lo bueno que decían que eras, ¿no será que en realidad no vales para esto?” y ahí será cuando haya que proteger al chico y hacerle ver que este camino es larguísimo y a menudo frustrante. Ahora bien, intentar librar la batalla de antemano, intentar convencer al mundo de que no presione con expectativas es imposible. La ventaja de Alcaraz sobre Boluda es que Nadal tarde o temprano abandonará su esplendor. Esa fue una ventaja también de Bruguera respecto a Sánchez Vicario o de Ferrero respecto a Bruguera. La referencia, el ídolo, se habrá vuelto humano.

En resumen, proteger es bueno. Pedir sensatez en el juicio, también. Otra cosa es sobreproteger y crear burbujas. En este mundo, las burbujas explotan siempre y a veces con un ruido enorme. Tanto insistir en “no le comparéis con Nadal, no le comparéis con Nadal” parece una invitación a lo contrario. Es como aquello de “no pienses en un elefante”. Nadal va a ser el elefante de los primeros años de carrera de Alcaraz. Ahora bien, serán solo los primeros. Luego, Carlos se hará su propio nombre, su propia trayectoria, su propio palmarés y su propio grupo de aficionados que quizá no hayan visto nunca jugar a Nadal o solo cuando ya era un señor muy mayor. El asunto es llegar hasta ese momento. Una vez ahí, todo fluye y, paradójicamente, mantenerse no es tan complicado. Australia será el primer paso camino a algo. ¿Adónde? Aún no lo sabemos. Disfrutemos del paisaje.

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