La carestía de la vida en Rusia atiza el descontento político

Andrea PALASCIANO
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Desde el comienzo de la pandemia de coronavirus, cada vez hay más gente que acude al convento de Marta y María en el centro de Moscú, sede de una de las asociaciones caritativas más conocidas de Rusia que, entre otros proyectos, reparte comida entre los necesitados.

"Antes de la pandemia teníamos a unas 30 o 40 personas cada día", explica Yelena Timoshuchuk, una trabajadora social de Miloserdie (Misericordia) a la AFP, desde detrás de una mesa llena de botellas de aceite de girasol, en uno de los edificios blancos del convento.

"Ahora tenemos alrededor de cincuenta o sesenta cada día. Es una carga de trabajo bastante pesada", agrega.

Muchos de los que hacen fila para conseguir un paquete con harina de sarraceno, azúcar y té son jubilados, pero también los hay que perdieron su trabajo recientemente o que sufrieron recortes de salario.

La pandemia de coronavirus ha dado un nuevo golpe a la estancada economía de Rusia, lastrada por las sanciones occidentales, el descenso de los precios del petróleo y la caída de las inversiones.

Según los observadores, la creciente pobreza, el desplome de la renta y la falta de un apoyo real del gobierno durante la pandemia están atizando el descontento de la población con las dos décadas de gobierno del presidente, Vladimir Putin, y reforzando a la oposición.

Atendiendo al llamado del opositor Alexéi Navalni, encarcelado, decenas de miles de personas protestaron en toda Rusia en las últimas semanas y su equipo planea organizar más manifestaciones de cara a las elecciones legislativas de septiembre.

En los últimos cinco años, la renta disponible de los rusos ha ido en declive, hasta contraerse un 3,5% en 2020, mientras que los precios de los productos básicos no han hecho sino aumentar.

Consciente de la crispación causada por la caída del nivel de vida, Putin ordenó en diciembre a sus ministros que pusieran en marcha medidas para atajar la subida de los precios.

Pero, pese a los esfuerzos del gobierno por frenar la inflación, el pasado mes el azúcar era un 64% más caro que un año antes.

Con su gorro rojo y el pelo peinado en dos largas trenzas, Sandra, de 66 años, afirma que dejó de ir a la compra y que, en lugar de ello, empezó a venir a por los paquetes de comida gratuita que cada día reparte Miloserdie.

"Ya no se puede comprar nada", afirma la mujer, jubilada, prefiriendo callar su apellido. "Antes, me podía permitir dar de comer a los pájaros pero es que ahora hasta las semillas son caras".

- Más riesgos -

"Desde el punto de vista de las consecuencias políticas, la situación actual no tiene buen aspecto", indicó Igor Nikolayev, que dirige el departamento de análisis estratégico de la consultoría FBK Grant Thornton.

"Los riesgos para las autoridades han aumentado", añadió.

Los rusos más ancianos son especialmente "sensibles" al aumento de los precios, porque les recuerda a la enorme inflación que siguió al colapso de la Unión Soviética, en 1991, explicó Nikolayev.

Según él, el gobierno ruso podría presentar un paquete de medidas económicas para amortiguar el descontento social antes de las próximas elecciones.

"Tienen que hacer algo", recalcó Nikolayev.

Según un reciente sondeo del Levada Centre (independiente), el 43% de los rusos no descarta que haya protestas para reclamar medidas económicas, un nivel nunca visto desde 1998.

Además, el 17% de los encuestados estaban dispuestos a participar en esas protestas, apuntaba el estudio.

Denis Vólkov, subdirector del Levada Center, señaló que las protestas recientes demostraron que estas no estuvieron únicamente protagonizadas por la oposición, bastante marginal en ese país, sino por muchos ciudadanos enfadados con la complicada situación económica.

Los manifestantes querían "expresar su decepción con las autoridades, su preocupación por la falta de perspectivas y por el callejón sin salida en el que, según ellos, se encuentra el país", indicó Vólkov en la edición rusa de la revista Forbes el mes pasado.

"Las autoridades no tienen nada que ofrecer a quienes están descontentos con sus políticas", añadió, señalando la "ostentosa riqueza" de las élites y las crecientes desigualdades sociales.

Yekaterina Nikiforova, una estudiante de Ciencias Políticas de 18 años, que participó en las manifestaciones pro-Navalni que se llevaron a cabo en Vladivostok, en el Extremo Oriente ruso, asegura que su país está estancado.

Según declaró a la AFP, la joven no ve "ninguna perspectiva de desarrollo económico o político" en su país.

Al otro extremo del país, en San Petersburgo, Arseny Dmitriyev, un licenciado en Sociología de 22 años, se hacía eco de un pesimismo similar.

Dmitriyev, que también participó en las manifestaciones, afirmó que entendía perfectamente "cómo estaban las cosas en el país".

"Simplemente mirando las estadísticas, entiendo que la renta real está cayendo y que la calidad de vida no está mejorando", lamentó.

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