Estos son los tres candidatos que aspiran a suceder a Angela Merkel en Alemania

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Armin Laschet, Annalena Baerbock y Olaf Scholz, principales candidatos a las elecciones alemanas. (Photo: REUTERS)
Armin Laschet, Annalena Baerbock y Olaf Scholz, principales candidatos a las elecciones alemanas. (Photo: REUTERS)

Alemania va a las urnas este domingo y, por primera vez en 16 años, no estará Angela Merkel encabezando las papeletas de su partido, el conservador CDU, y teniendo, por tanto, las cartas para ganar. La canciller se retira y llega el momento de la renovación, pero no hay un relevo claro. No es fácil ocupar la vacante de la política más importante de lo que llevamos de siglo.

Las encuestas apuntan a una victoria, pero no abultada, de los socialdemócratas del SPD (25 a 26% de los votos le dan los sondeos, muy por debajo del 38% que le permitió ocupar la cancillería por última vez, con Gerhard Schröder), seguidos de los cristiano-demócratas (20 a 21%, cuando el suelo de la formación de derechas no había bajado del 30% en estos años) y de la Alianza 90/Los Verdes (que estaría en el 15-16% y se convierte en previsible llave de Gobierno para todos). Lejos quedarían los liberales del FDP (12% de voto previsto según las encuestas, aún con peso para las alianzas), los ultraderechistas de AfD (Alternativa para Alemania, con un 11%, pero con los que nadie pacta porque se les aplica un cordón sanitario) y el Partido de la Izquierda (con un escaso 6%).

Las sumas cada vez dan menos opciones a un bipartito en el poder y ya se habla de “coalición semáforo”, entre rojos (socialdemócratas), verdes (ecologistas) y amarillos (liberales), como la más plausible.

Mientras todo sigue en juego, aquí tienes los perfiles de los tres principales candidatos, los aspirantes a ser la nueva Merkel.

Olaf Scholz, el más parecido a Merkel

Los alemanes, hoy, están predispuestos a votar al señor que más se parece a Merkel. A falta de la original, se conforman con Olaf Scholz, que es tan prudente, estable y poco controvertido como la canciller pero que, cosas de la política, es socialdemócrata. Los ciudadanos prefieren irse al partido contrario a la CDU para encontrar un “más de lo mismo” lo más similar posible. Un exembajador de EEUU en Alemania ha dicho de él que es tan aburrido “que hace que ver el agua hervir parezca emocionante”. Y, aún así, es el favorito.

Scholz (Osnabrück, 14 de junio de 1958), abogado de formación, es el actual vicecanciller y ministro de Finanzas, socio de coalición de Merkel en los pasados cuatro años y hombre de estado, con mili a sus espaldas. Su experiencia es uno de sus principales avales, aunque su perfil poco carismático lo tenía hasta hace pocos meses en un ángulo muerto. Ha ido subiendo en las encuestas, afianzando su imagen de hombre tranquilo que no ha tenido grandes meteduras de pata y ha preferido no destacar por riesgo a equivocarse. Sus intervenciones en campaña siempre han sido concisas, balón al pie, sobre seguro.

Exalcalde de Hamburgo (2011-2018), tiene buena prensa en Europa por su papel como defensor de la Unión en el plano económico en estos años, donde se ha ganado el respeto, también, porque era el enviado de Merkel. Ganó igualmente algunos puntos en el marco del G-20 con sus propuestas respecto a un impuesto mínimo global para las grandes empresas.

Puede lucir en la solapa la medalla por haber recuperado a su partido, completamente hundido tras las victorias sucesivas de la derecha y la falta de liderazgo convincente, con la complicación añadida de que Merkel les ha robado muchos votos progresistas y centristas con sus políticas pragmáticas, a veces más descargadas de ideología, como ha pasado con el papel público de la mujer o la llegada de refugiados. No es un rojo del ala progresista, sino que pertenece a la parte conservadora de su formación, aunque ahora prefiere no ir de la mano de la CDU, si puede ser. Y, desde luego, nunca ha sido un líder. En 2019, perdió la votación interna por la dirección del SPD, junto a su pareja política Klara Geywitz. Su tiempo ha llegado por desgaste del resto de contrincantes.

Por muy plano que parezca y muy poco dado a desbarres, Scholz también ha tenido que responder preguntas incómodas sobre su rol como ministro a causa de dos escándalos: el de Wirecard, una compañía de pagos electrónicos, por el que la Autoridad Federal de Supervisión Financiera, que depende del Ministerio de Scholz, no se había percatado de la desaparición de 1.900 millones de euros en 2020; y el de Cum-Ex, “el mayor robo fiscal de la historia de Europa”, según los analistas, sobre operaciones de venta de valores de empresas de bolsa. También ha tenido que explicarse por la investigación de la Fiscalía alemana, que llevó a que se registraran las oficinas de su cartera, en el marco de una investigación más amplia sobre lavado de dinero. De todo eso ha salido sin resentirse demasiado.

Nieto de un ferroviario, sus padres trabajaban en la industria textil y de ahí le viene el compromiso de clase, que le llevó a afiliarse al SPD con 17 años. Trabajó como abogado laboralista, defendiendo a obreros en la época de la reunificación y los despidos masivos. Britta Ernst, su mujer, es ministra de Educación, Juventud y Deporte del estado federado de Brandemburgo. “Lo es todo para mí”, confiesa.

Armin Laschet, el sucesor que no iba a ser sucesor

Armin Laschet (Aquisgrán, 18 de febrero de 1961) es el presidente del partido Cristiano Demócrata (CDU), al que pertenece Merkel, pero no era el elegido para la gloria, o sea, para la sucesión. Presidente regional del land de Renania del Norte-Westfalia y vicepresidente de la formación, tuvo que tomar relevo en el cargo, el pasado enero, a la verdadera mano derecha de la canciller, la ministra de Defensa, Annegret Kramp-Karrenbauer. Conocida como AKK, llegó a la presidencia del partido en el 2018 pero dimitió por no haber sido capaz de aunar los apoyos necesarios dentro de la formación. La división en el seno del partido dura hasta hoy, porque Laschet no convence a sus correligionarios y hasta ha habido corrientes internas que han tratado de defenestrarlo.

Ha tenido que pisar el acelerador, ponerse el traje de líder, tratar de defender el legado de Merkel y, a la vez, desmarcarse un poco de ella para diferenciarse de la izquierda y el centro. Este verano era el favorito para convertirse en el nuevo canciller alemán, pero su campaña se ha desplomado en las últimas semanas. La culpa, en gran parte, ha sido suya, porque ha cometido errores que han tirado por tierra su imagen y su credibilidad.

La peor estampa la dio en julio, cuando el país vivía una de las más dañinas inundaciones de su historia reciente, y Laschet apareció muerto de risa, unos metros por detrás de Merkel y las autoridades locales, que visitaban la zona afectada. Así, no. Tampoco gustó que se viera con Elon Musk para proyectar una gigafábrica en Brandemburgo, que denuncian los ambientalistas porque necesita una enorme cantidad de agua para funcionar. En mitad de la pandemia de coronavirus, Laschet fue objeto de críticas, no solamente por sus bandazos entre las diferentes medidas de control y la posterior flexibilización, sino también porque su hijo Johannes había tramitado un acuerdo para adquirir mascarillas con un fabricante de artículos de moda.

Pese al derrape, tiene una experiencia sólida y avalada por los votantes, mandando desde 2017 la región más poblada de Alemania. También tiene entre sus méritos verse como un hombre cercano a Merkel y que, sobre todo, podría darle continuidad a buena parte de sus políticas de centro-derecha. Igualmente, es proeuropeo, la CDU no se puede permitir un perfil que no lo sea. Conoce bien cómo se hacen las cosas en Bruselas y Estrasburgo, porque fue eurodiputado entre 1999 y 2005.

En contra tiene que no es el más popular del mundo, que no convence, dicen los analistas, en parte por su reciente incorporación a la pelea por la cancillería. Scholz le gana en cosas básicas como credibilidad, simpatía y competencia. Tiene por delante el reto de ver cuántos electores se le van porque eran merkelianos exclusivamente, a cuantos se llevan la izquierda o los verdes por el centro y qué se deja, también, en los que se vayan a la ultraderecha. En los últimos días de campaña ha recortado distancias, pero no son suficientes. Lo tendría complicado para gobernar.

Católico, hijo de minero, casado con su novia de siempre, Susanne Malangré, y padre de tres hijos, se formó en Derecho pero sobre todo ha ejercido como periodista de radio y prensa y editor, un mundo que dejó para ser diputado. Ahora dice que Alemania no necesita un redactor jefe, sino un capitán de equipo. ¿Será él?

Annalena Baerbock, la aspirante fallida

Annalena Baerbock (Hanover, 15 de diciembre de 1980) era en primavera la candidata favorita. En una escalada rauda, se aupó a las encuestas con un perfil muy definido y refrescante: mujer, joven, con más carisma que sus compañeros y unos compromisos ante la emergencia climática cimentados en una formación que es puntera en el movimiento verde de Europa. “La renovación ya está aquí”, “Nuevos vientos”, “Ciclón Annalena”, titulaba la prensa germana. Pero tampoco ella ha acabado cuajando.

Es la candidata de un partido consolidado que ha sido ya llave de Gobierno (su primera y última experiencia federal fue como socio minoritario de los socialdemócratas durante el gobierno de Schroeder, de 1998 a 2005, y mantiene en pie alianzas regionales y locales) pero que no toca poder. Tampoco los números le salen ahora, con un retroceso de hasta 13 puntos en los sondeos en menos de cinco meses. Lo que se espera de ella es que apoye a un canciller, no tanto que ella sea canciller, salvo piruetas de las negociaciones por venir.

La culpa del desgaste, de nuevo, ha sido suya. Deslices, errores, confusiones. El sueño de ser la canciller más joven de la historia se complica porque los contratiempos no tardaron en llegar, tras su exitosa proclamación como candidata, en abril. Primero, a mediados de mayo, se supo que se había retrasado en la declaración de sus pagas extraordinarias al Bundestag, un “error” por el que no contó que tenía 25.000 euros adicionales que recibió de su partido, cuando es obligatorio dar cuenta de ello. Más tarde, salió a la luz que los datos de su currículo de politóloga y experta en Derecho Internacional no eran correctos, tuvo que “ajustar y corregir” el texto porque se exageraban sus relaciones con organizaciones internacionales, como el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur).También ha habido acusaciones de plagio en relación con su libro Ahora. Cómo renovamos nuestro país.

Sospechas sobre su ”ética profesional” que han hecho mella. Su imagen y la de su partido se han visto afectadas. Ha habido, incluso, llamamientos para ofrecer la candidatura a su compañero de partido, Robert Habeck. Además, hubo noticias falsas en las redes sociales con supuestas fotos de desnudos y la afirmación de que había pedido algunas prohibiciones con respecto a los derechos de los perros. Nada cierto, pero pesa.

Con las semanas, y también gracias a los debates televisivos, su imagen ha ganado cuerpo, de nuevo, pero ya no con las mismas aspiraciones. Dicen sus asesores que ha ayudado que viene de un entorno deportivo y sabe lo que es el fondo, el aguante. Tiene un pasado de gimnasta de salto de trampolín, disciplina en la que ganó tres bronces en los campeonatos alemanes.

Baerbock es joven pero no una recién llegada, es co-líder de los Verdes desde 2018 junto con Habeck, a ambos se les atribuye el mérito de haber unido el partido y haberlo encaminado hacia el éxito. Entre sus debilidades está que no cuenta con experiencia de Gobierno. Trabajó para los Verdes en el Parlamento Europeo y ha sido parlamentaria en el Bundestag desde 2013, donde ha cosechado buenas críticas, no sólo en sus intervenciones sobre cambio climático –obviamente, el tema clave de campaña de los Verdes–, sino en las de política exterior, en la que es activa y no duda en criticar a Rusia y China, por ejemplo. Europa es otro de sus temas favoritos, abiertamente defensora del club comunitario, hasta el punto de abogar por reforzar la política común de defensa.

Baerbock comenzó su carrera política en Brandemburgo, donde estuvo viviendo con su marido -Daniel Holefleisch, un consultor político que trabaja en el Deutsche Post- y sus dos hijas, hasta que Berlín se impuso. Creció en una granja del land de Baja Sajonia y ­dejó por lesiones su carrera de atleta de alta competición. Empezó a trabajar como periodista, hasta que un periodo de prácticas con un eurodiputado verde le cambió los planes de vida. Se afilió a la Alianza 90/Los Verdes en 2005, en año del desembarco de Merkel, justamente.

De los tres candidatos, es quien tiene menores posibilidades de suceder a Merkel, pero también es muy probable que juegue un rol fundamental en la formación de una coalición, tras los comicios. Los sondeos demuestran que los alemanes aún no ven a Los Verdes como una fuerza de Gobierno, por más que el sistema bipartidista esté roto desde hace tiempo. No obstante, su voz será esencial, sin duda, en el tiempo de las alianzas, tengan los colores que tengan.

Este artículo apareció originalmente en El HuffPost y ha sido actualizado.

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