El campesino catalán que intentó asesinar a Fernando el Católico

Alfred López
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1492 había sido un buen año para los Reyes Católicos. Se había iniciado con la Toma de Granada, el 2 de enero, que ponía la puntilla a la Reconquista, además de haber firmado en marzo el Decreto de la Alhambra, por el cual se expulsaba a los judíos sefardíes de España, en abril hicieron lo propio con las ‘Capitulaciones de Santa Fe’, por la cuales se acordaba todo lo relativo al viaje que iba a emprender Cristóbal Colón hacia las Indias por la ruta de occidente o la elección como papa Alejando VI, en el mes de agosto, del español y amigo personal de los reyes, Rodrigo de Borja (más conocido como Rodrigo Borgia).

El campesino catalán Joan de Canyamars intentó asesinar a Fernando el Católico el 7 de diciembre de 1492 en Barcelona (imagen vía Wikimedia commons)
El campesino catalán Joan de Canyamars intentó asesinar a Fernando el Católico el 7 de diciembre de 1492 en Barcelona (imagen vía Wikimedia commons)

Nada hacía augurar que aquel espléndido año se torcería hacia sus últimos días y a pesar de que ya habían sufrido los monarcas algunos intentos de atentado en el pasado, se creían invencibles e inmortales, como tocados por algún tipo de don divino que los protegía de todo mal (y mucho más teniendo a un valioso aliado ocupando el trono de San Pedro).

Sin ser todavía conocedores del descubrimiento del nuevo continente por parte de su patrocinado Colón (noticia que les llegó en marzo de 1493) dos de los objetivos prioritarios de los Reyes Católicos eran la conquista de Navarra y el conseguir que el Reino de Nápoles formara parte de la Corona de Aragón. Por tal motivo, el 22 de octubre de 1492, Isabel y Fernando trasladaron la Corte castellano-aragonesa hasta la ciudad de Barcelona, desde donde despacharían y gestionarían su gran reino a lo largo de los siguientes meses.

Uno de los asuntos de vital importancia que Fernando de Aragón debía y quería solucionar en la Ciudad Condal era el concerniente a los malos usos y abusos por parte de los señores feudales que habían estado denunciando desde hacía varias décadas los conocidos como ‘payeses de remensa’.

La remensa era el nombre que recibía el pago obligado y abusos a los que eran sometidos los campesinos en Cataluña por parte del feudo y numerosas fueron las ocasiones en las que desde el colectivo rural se había hecho saber a la Corona del malestar por aquellos sometimientos e incluso llevado a cabo diversas revueltas.

Seis años antes (el 21 de abril de 1486), el rey había dictado la conocida como ‘Sentencia arbitral de Guadalupe’, la cual libraba de los malos usos a los payeses de remensa, eso sí, previo pago de una indemnización para compensar a los señores feudales. Por su parte el monarca se comprometía a que fuesen liberados de prisión los campesinos apresados tras las revueltas. Aquel era un acuerdo que no llegaba a satisfacer a todas las partes, por lo que se debía seguir hablando y negociando.

El 7 de diciembre de 1492, cuando los Reyes Católicos llevaban un mes y medio en la capital catalana, tuvo lugar un nefasto acontecimiento que podría haber acabado en tragedia y que terminaría de convencer a Fernando de Aragón en su creencia de estar tocado y protegido por un don divino o celestial.

Aquel día, tras haber despachado en el Salón del Tinell con un grupo de payeses de remensa, Fernando de Aragón salió del Palacio Real Mayor de Barcelona, bajó la escalinata y al ir a montar en su caballo, de entre la muchedumbre, que allí se había congregado para ver al monarca, salió un campesino llamado Joan de Canyamars quien iba provisto de una espada corta (de unos tres palmos) con la que asestó, por la espalda, una cuchillada hacia el cuello del rey, con intención de cortarle la cabeza y acabar con su vida.

Fue un gesto rápido y que los guardias encargados de proteger al monarca apenas pudieron prever que ocurriría, abalanzándose contra el regicida, desarmándolo y propinándole varios puñetazos y golpes. Incluso hubo quien intentó matar al criminal asestándole algunas puñaladas, pero el rey gritó que lo dejasen con vida con el fin de descubrir quién era y los motivos que lo habían llevado atentar contra él.

La cuchillada que Canyamars había asestado hacia el cuello de Fernando de Aragón podría haber sido mortal, pero la gruesa cadena con el Toisón de Oro que el rey llevaba colgada del cuello evitó que la espada se clavara e hiciera una trayectoria en vertical y hacia fuera, provocando una herida de unos cuatro centímetros de profundidad junto a la clavícula.

De inmediato empezó a recorrer por toda la Ciudad Condal una serie de rumores sobre la identidad del regicida, habiendo quien decía que había sido cosa de algún moro descontento tras la Toma de Granada. También se especuló que podría haber sido un judío e incluso se hablaba de un complot contra la institución monárquica.

Existen muy pocos datos sobre la personalidad e historia de Joan de Canyamars. Si se sabe que se trataba de un payes y que muy probablemente se hubiese visto perjudicado por la ‘Sentencia arbitral de Guadalupe’ firmada por el rey en 1486.

La mayoría de historiadores apuntan a que estaba desequilibrado mentalmente y que había sido una acción que cometió por voluntad propia, en solitario y sin contar con la ayuda de terceros ni formar parte de ningún complot.

Joan de Canyamars, tras ser apresado fue conducido a un presidio donde se le torturó para que confesara por qué había intentado asesinar al monarca. Según consta en algunas crónicas, declaró que lo había hecho tras recibir la visita del Espíritu Santo, quien le pidió que acabara con la vida del rey ya que él era el verdadero heredero de la Corona. Estas declaraciones fueron concluyentes para comprobar que se trataba de una persona con desequilibrio mental, decidiéndose que sería ajusticiado públicamente unos días después.

El 12 de diciembre, el regicida Canyamars fue conducido denudo y atado a un palo sobre un carro por las calles de Barcelona. Posteriormente se procedería a la ejecución pública, no sin antes permitir que los ciudadanos asistentes a la misma pudiesen participar, apedreando al condenado, se le amputaría varios miembros (entre ellos la mano derecha con la que había intentado asesinar al rey) y posteriormente se le prendió fuego al carro, ardiendo hasta que quedó reducido a cenizas.

Por su parte, Fernando de Aragón pasó unos días de fiebre y tras ser atendido por los mejores cirujanos de Barcelona, se curó de la herida varios días después, existiendo constancia que para final de aquel mismo mes ya estaba despachando asuntos del Reino desde el monasterio de Sant Jeroni de la Murtra, a las afueras de la Ciudad Condal (actual Badalona), un lugar que se convirtió en la residencia Real durante los siguientes meses y en el que se produjo el histórico encuentro entre los Reyes Católicos y Cristóbal Colón en abril de 1493, cuando el navegante fue a anunciar personalmente la noticia del descubrimiento del Nuevo Mundo (aunque los monarcas ya habían tenido conocimiento del mismo un mes antes a través de una carta).

Fuente de la imagen: Wikimedia commons

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