En los campamentos de rohinyás, el miedo al "polvorín" del nuevo coronavirus

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En los campamentos de rohinyás, el miedo al "polvorín" del nuevo coronavirus

A medida que la pandemia del coronavirus se acerca a la región, crece el miedo entre los centenares de miles de rohinyás que viven hacinados, en condiciones miserables, en los campamentos de refugiados del sur de Bangladés.

"Estamos extremadamente preocupados. Si el virus llega aquí, se propagará como un incendio forestal", explica a la AFP el líder comunitario rohinyá Mohamad Jubayer, que vive en medio de las colinas del campo, cubiertas de chozas de bambú y lonas, pegadas unas a otras.

Casi un millón de rohinyás viven en estos campamentos en unas condiciones de vida lamentables, después de que la minoría musulmana huyera de forma masiva de las persecuciones en Birmania, en otoño de 2017.

Desde entonces, viven en el mayor campo de refugiados del mundo, un terreno fértil para cualquier enfermedad y un potencial polvorín ante el nuevo coronavirus.

En los otros países, se pide a los habitantes que respeten la distancia de seguridad entre ellos. Pero en el gran campo de Kutupalong, las sendas fangosas apenas tienen dos metros de ancho y están repletas de gente todo el tiempo.

La distancia social ahí es "virtualmente imposible", afirma Paul Brockman, director para Bangladés de la oenegé Médicos Sin Fronteras. "Las poblaciones vulnerables como los rohinyás se verán golpeadas de forma desproporcionada por el COVID-19", señala.

Cada cabaña tiene apenas 10 metros cuadrados y puede albergar a hasta 12 personas, que viven en total promiscuidad. "Se puede oír incluso al vecino respirar", explica un trabajador humanitario.

Aquí, las mascarillas, que se han vuelto esenciales en el resto del mundo, son muy escasas. En cuanto a los geles hidroalcohólicos para desinfectarse las manos, son algo completamente desconocido.

De momento, Bangladés ha registrado 39 casos confirmados de coronavirus y 5 muertos a causa de la epidemia pero, según los expertos, la cifra estaría enormemente infravalorada por los pocos tests que se han realizado en el país, de 160 millones de habitantes.

- "Una nueva masacre" -

Y mientras que un tercio de la humanidad está confinada en sus casas, la mayor parte de los rohinyás no saben nada, o muy poco, de la situación mundial actual. Bangladés cortó el acceso a internet en los campamentos desde finales del año pasado, para poder controlar mejor a los habitantes.

"La mayoría de nosotros no sabe lo que es esta enfermedad. La gente solo ha oído decir que mata mucho. No tenemos internet para saber lo que está pasando", señala Sayed Ullah, líder comunitario.

"Nos ponemos en manos de la misericordia divina", agrega.

Lokman Hakim, un refugiado de 50 años, está preocupado por la falta de medidas preventivas contra el coronavirus. "Recibimos jabón y nos dijeron que nos laváramos las manos. Ya está", cuenta.

También los trabajadores humanitarios son posibles vectores de introducción del coronavirus. En estas condiciones, las autoridades locales han reducido el acceso de las personas exteriores a los campos.

"Hemos disminuido el trabajo humanitario en los campos. Solo continuarán las actividades relacionadas con la alimentación, la salud y los problemas jurídicos", explica a la AFP Bimol Chakma, un responsable de la comisión para los refugiados de Bangladés.

Por su parte, los rohinyás que residen en el extranjero, en países fuertemente afectados por el coronavirus, intentan advertir a sus familiares de los campos, por teléfono. Otros, en cambio, lograron regresar sin que los detectaran.

"Si son portadores del virus y se mezclan con las multitudes, ocurrirá una nueva masacre, mucho mayor de la que pasó en 2017", dice alarmado Mojib Ullah, un activista rohinyá que vive en Australia, en alusión a la represión ejercida por Birmania contra la minoría, que los investigadores de la ONU calificaron de "genocidio".