Cambio climático: la revolución de los niños retrata a una clase política envejecida y desconectada

Greta Thunberg y Anuna De Wever lideran una manifestación en París (REUTERS/Philippe Wojazer)

La brecha entre dos generaciones parece insalvable. De un lado, la clase política desconectada de la realidad y apegada a discursos poco convincentes, así como acciones y decisiones reprobables; del otro, una juventud inquieta, sensible y preparada que no está dispuesta a ser tratada con menos respeto del merecido por el simple hecho de ser menores de edad. En medio, un elemento divisorio trascendental: el cambio climático.

El mundo está viviendo los primeros ecos de una revolución global sin precedentes. Nos encontramos ante un contexto único y muy poco convencional en revoluciones pasadas. La francesa fue una lucha de clases; la de mayo del 68 nació en las universidades para combatir la sociedad de consumo, a la que se acabaron uniendo sindicatos y distintos grupos de izquierda; las hubo y las hay con el objetivo de lograr libertades sociales, democracias, para luchar contra injusticias… Algunas se quedan en nada y otras le dan un vuelco a la historia, pero ninguna ha tenido una representación juvenil tan significativa como la actual, donde la mayoría de los ideólogos tienen una edad media de 17 años de edad. A estas alturas están dispuestos a desbancar intelectualmente a los dirigentes, cuyas edades suelen rondar los 50, 60 e incluso setenta y largos años de edad.


Greta Thunberg y Anuna De Wever, en Bélgica (REUTERS/Yves Herman

La revolución de los niños comenzó en agosto de 2018, cuando la joven sueca de 15 años de edad, Greta Thunberg, se plantó en las afuera del Parlamento de Suecia sola y con una pancarta en la que instaba a que los políticos de su país tomaran medidas serias para evitar las consecuencias del cambio climático.

“Empecé a aprender sobre el cambio climático cuando tenía ocho años. Los profesores nos hablaban sobre los problemas del plástico en los océanos, sobre los osos polares moribundos, sobre las extremas variaciones del tiempo”, afirmó en el reportaje de Vice, ‘Make the world Greta again’. “Todas esas imágenes se quedaron grabadas en mi cabeza. Cuando tenía 11 años, viví una depresión. Dejé de comer y de hablar. También dejé de ir a la escuela. Salí de la depresión cuando me di cuenta de que había tanto que podía hacer. Nunca me hubiera imaginado que esto fuera a tener tanta repercusión”.

Cuatro meses después, esta niña diagnosticada con el tipo de autismo, asperger, condición que según ella misma se ha convertido en un “súper poder”, ya estaba pronunciando un discurso en la Conferencia del Cambio Climático de la Organización de las Naciones Unidas en Polonia. El 15 de marzo de 2019, siete meses después, se gestó la primera manifestación global contra el cambio climático y el 23 de septiembre ya estaba frente a los líderes más importantes del mundo en la sede de la ONU en Nueva York, donde volvió a dar otro discurso desgarrador e incluso una mirada lapidaria a Donald Trump.

Mientras se producía la vertiginosa ascensión de Greta, otros grupos de jóvenes ya se estaban organizando en diferentes países de Europa. Lisa Neubauer tiene 22 años edad y es la coordinadora de los ‘Viernes para el futuro’ en Alemania; Anuna de Wever cuenta con 17 primaveras y es la líder de ‘Juventud para el clima’ desde Bélgica; Anna Taylor tiene 18 años y, junto a Scarlet Possnett, de 15, son parte de la cúpula de otro grupo en Reino Unido que lucha para que el cambio climático sea una prioridad. Greta se convirtió en su inspiración y gracias al uso inteligente de las redes sociales aunaron un ímpetu nacido de una premisa inexplicable para ellos: “¿cómo es posible que la clase política, es decir, los mayores que están en el poder, sean tan irresponsables en la toma de decisiones para evitar que el mundo se vaya al traste?”.

La brecha generacional se manifiesta no solo con la diferencia de edad (Trump y Greta se llevan 57 años) sino con comentarios de líderes políticos en los que coinciden en que “estos niños deberían de estar en la escuela, no en el Parlamento Europeo o manifestándose en la calle en horario escolar”. Pero la nueva generación se aferra a una argumentación que cuenta con una base científica que no les calla con un cachete y un “a tu cuarto castigado”.


Greta Thunberg observa a Donald Trump en la sede de la ONU. (REUTERS/Andrew Hofstetter)

Tienen un mensaje, lo articulan bien y en tiempo récord no solo han movilizado a millones de personas, sino que han disfrutado de escaparates como debates televisivos o plataformas como la que utilizó Greta este lunes. Su actitud viral da todavía más credibilidad a algunas de sus demandas: que lo políticos cumplan el Acuerdo de París, declarar una emergencia climática internacional y un sufragio electoral a partir de los 16 años.

Muchos políticos se siguen riendo de estos niños y no les dan importancia, sin embargo, gran parte de la ciudadanía se siente identificada con lo que tienen que decir. Son ellos, al fin y al cabo, los que heredarán los efectos de la inacción y de la irresponsabilidad de aquellos que tuvieron la oportunidad de cambiar el rumbo del Planeta y no lo hicieron. Están más concienciados y no tienen miedo a derribar los muros de la condescendencia para implantar su coherencia en las mentes de unos políticos que a sus ojos están seniles.

A la clase dirigente le ha llegado la hora de escuchar, porque estos niños son los que en muy poco tiempo le van a dar un vuelco a los resultados electorales. Y eso, a muchos de los de arriba, les duele más que un cambio climático en toda regla.