Cuando el calor aprieta, la fauna silvestre agradece el agua que el ser humano pueda darle

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Corzos en un bebedero. Author provided

La práctica de ofrecer agua a la fauna silvestre en momentos de carestía está muy extendida en aquellos territorios en los que existe un déficit hídrico. Es decir, cuando hay más demanda de agua que la que el propio medio ambiente puede ofrecer.

Desde el lejano oeste norteamericano hasta las mesetas españolas se repiten los esfuerzos para aliviar los efectos negativos que la carencia de agua puede tener en la fauna. Esta, como el propio ser humano, sufre las consecuencias de las altas temperaturas, las sequías prolongadas y las olas de calor, cada vez más frecuentes y persistentes.

En España, la gran mayoría del territorio está sujeto a períodos de sequía prolongada. Por ello, el aporte de agua es muy frecuente en el medio natural, especialmente el dirigido a especies cinegéticas, dado que más del 80 % del territorio español está declarado como coto de caza.

Hasta no hace mucho tiempo esta práctica no había sido objeto de estudio y, por lo tanto, no existían suficientes evidencias para plantear buenas prácticas de utilización. En muchos casos se tomaban las decisiones por inercia.

¿Por qué dar de beber a la fauna silvestre si hay sequía?

La gran mayoría de vertebrados no acuáticos tienen capacidad para resistir sequías. Su organismo puede hacer frente a períodos en los que el agua disponible sea escasa. De hecho, muchos animales no necesitan ingerir agua directamente, y la toman de la humedad contenida en los alimentos.

Si la situación empeora, los animales se ponen en modo ahorro y, por ello, muchas especies ajustan sus períodos reproductivos a aquellos momentos del año con mayor disponibilidad de agua y alimento. Y también modulan sus biorritmos diarios para ser menos activos cuando el calor aprieta. Un claro ejemplo es el conejo de monte, capaz de resistir largos períodos de sequía y reproducirse, como conejo que es, cuando abunda el alimento rico en nutrientes (y en agua). Es un animal que adapta su actividad diaria a los dictados de la temperatura y humedad del entorno.

Pero puede llegar un momento en que ya no exista agua en superficie y los alimentos estén tan secos que no aporten ni una gota de líquido. Es entonces cuando estas estrategias de adaptación pueden no ser suficientes para muchos animales, que se ven forzados a buscar agua.

Claro ejemplo de este comportamiento son las visitas de ungulados de montaña, como la cabra montesa, que descienden de sus cumbres a la búsqueda de abrevaderos para el ganado, e incluso se adentran en pueblos ante la mirada atónita de los lugareños.

Es aquí cuando el aporte de agua es crucial.

¿Qué sabemos sobre la utilización de bebederos y charcas?

En España se sabe que los bebederos dirigidos a especies como la perdiz roja, el conejo, la liebre ibérica y la tórtola europea son también utilizados por un gran número de especies, si bien las aves son las más importantes, seguidas de pequeños mamíferos y reptiles (estos últimos en menor proporción).

De hecho, en un estudio realizado en ambas Castillas se llegaron a identificar 75 especies de fauna y se registraron visitas frecuentes en los períodos más duros del verano.

Para especies como la perdiz roja y el conejo se ha demostrado que las visitas a los bebederos se centran en momentos concretos y con una mayor predilección por aquellos que están cerca de arbustos y árboles. Esto se explica por la necesidad de evitar los momentos del día más calurosos y el comportamiento antipredatorio, dado que estas especies son presa de una gran variedad de depredadores. También sabemos que la perdiz tiende a encontrarse cerca de los puntos de agua en los momentos más duros del verano.

En este sentido, buena parte de proyectos que persiguen la recuperación de fauna silvestre en ecosistemas mediterráneos incluyen la creación y mantenimiento de puntos de agua como herramienta para fijar poblaciones de ciertas especies que de otra manera podrían verse forzadas a buscar otros territorios.

No todo es positivo. Charcas y bebederos compartidos por distintas especies y mal gestionados pueden conllevar la transmisión de enfermedades, incluyendo algunas con impacto en la salud pública (como la tuberculosis). Para muchas especies, siempre puede existir un riesgo de depredación, aunque en España no tenemos evidencias de que sea un problema importante.

Aves bebiendo
Aves bebiendo

¿Qué es lo que no sabemos?

Sigue existiendo una larga lista de interrogantes científicos, especialmente para especies no cinegéticas.

Nos hacen falta más estudios para conocer cuál es la respuesta de la fauna a la ausencia o presencia de estos puntos de agua y en aspectos como las posibles interacciones entre especies que usan los mismos bebederos y charcas (como la competición y depredación).

Siempre con un ojo puesto en la transmisión de enfermedades, que no parece ser un problema de gran calado en líneas generales, pero sí en ciertos contextos.

A modo de conclusión

En España, una proporción importante de los 32 000 cotos repartidos por las más de 43 millones de hectáreas que son declaradas como de aprovechamiento cinegético destinan recursos económicos a la provisión de agua que, de otra forma, no existiría o sería muy escasa.

En un contexto de incertidumbre y cambio climático, debe seguir investigándose para que los esfuerzos en provisión de agua sean eficientes y sostenibles, sin menoscabo de la conservación de ríos, arroyos y charcas naturales.

Según afirma este artículo sobre los bebederos en Estados Unidos, existe evidencia sobre los efectos positivos del aporte de agua en la fauna silvestre, y también mucha especulación sin certezas en lo que se refiere a efectos negativos o no deseados.

Muchas especies que no requieren agua superficial durante la mayor parte del año son captadas al final en estudios de fototrampeo utilizando bebederos y charcas construidas por el ser humano.

Así, puede llegarse a la conclusión de que si la naturaleza bebe del agua que aporta el Homo sapiens se deberá a una necesidad genuina, aunque por el momento no hayamos sido capaces de comprender completamente todos los aspectos biológicos y ecológicos.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Carlos Sánchez García-Abad es colaborador honorífico de la Universidad de León y Director de investigación de Fundación Artemisan.

Vicente Ramiro Gaudioso Lacasa no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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