El precio de callar lo que piensas

Jennifer Delgado
·6 min de lectura
Acumular silencios puede convertirse en un arma de doble filo. [Foto: Getty Images]
Acumular silencios puede convertirse en un arma de doble filo. [Foto: Getty Images]

En 2003 un grupo de psicólogos de la Universidad de Stanford pidió a parejas de personas desconocidas que vieran y luego discutieran un documental sobre un tema particularmente sensible: los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki en la Segunda Guerra Mundial.

A algunas parejas se les pidió que reprimieran sus emociones mientras que otras eran libres para expresar lo que sentían y decir lo que pensaban. Curiosamente, la supresión no solo provocó un aumento de la presión arterial, sino que también inhibió la posibilidad de crear un vínculo positivo ya que las personas sentían menos simpatía por su interlocutor.

Y es que callar lo que pensamos y sentimos tiene un precio, tanto para nosotros como para quienes nos rodean. De hecho, el mecanismo de supresión que se pone en marcha es tan dañino que incluso puede restarnos años de vida, como comprobaron investigadores de la Universidad de Rochester.

Por supuesto, no siempre podemos decir lo que pensamos, tal como lo pensamos. Pero acumular silencios no es recomendable. Necesitamos hallar un punto medio.

A fuerza de callar, terminamos por estallar

Los contenidos psicológicos suprimidos no desaparecen, se acumulan. [Foto: Getty Images]
Los contenidos psicológicos suprimidos no desaparecen, se acumulan. [Foto: Getty Images]

Desde pequeños vamos aprendiendo a callar lo que pensamos, sobre todo si intuimos que nuestras palabras pueden generar rechazo o incomodidad en los demás. Ese aprendizaje se produce de diferentes maneras, a través de las reprimendas directas de nuestros padres cuando decimos algo indebido o mediante señales más sutiles como miradas de desaprobación.

El hecho de que las escuelas prefieran a estudiantes obedientes que no hagan demasiadas preguntas y se limiten a aprender la lección en vez de disentir y expresar sus opiniones, es el golpe de gracia a la asertividad a favor de la supresión. Así se va instaurando el hábito de callar lo que pensamos. Silenciar nuestras emociones. Mirar hacia otro lado para alejar la incomodidad…

Sin embargo, suprimir nuestras opiniones y emociones no hará que ese contenido psicológico desaparezca. De hecho, suele quedarse encapsulado en un rincón de nuestra mente alimentando emociones negativas que terminan por salir a la luz de la peor manera.

Un estudio desarrollado en las universidades de Texas y Minnesota descubrió que suprimir nuestras emociones negativas cuando vemos una película hará que reaccionemos con mayor agresividad posteriormente.

Estos psicólogos explican que el acto de suprimir nuestros pensamientos y emociones para controlar continuamente nuestras reacciones es agotador. La capacidad de nuestro cerebro para prestar atención, procesar información y controlar nuestros impulsos es limitada, de manera que cuando usamos parte de esos recursos para “mordernos la lengua”, nuestro autocontrol se resiente.

Ese trabajo sistemático de supresión de los contenidos psicológicos causa un “agotamiento del ego”, de manera que no es difícil que terminemos “estallando”. Esa es la razón por la cual, el día que nos “mordemos la lengua” con nuestro jefe terminamos pagándola con nuestra pareja. Reaccionamos de manera excesiva porque estamos irritados y hemos perdido capacidad de autocontrol.

Esa dinámica termina siendo muy perjudicial ya que, por una parte, genera una profunda frustración en el contexto donde callamos y, por otra parte, causa insatisfacción en los contextos donde estallamos irracionalmente, dañando nuestras relaciones interpersonales.

Es cierto que con el paso del tiempo logramos controlarnos mejor y guardar silencio. Aprendemos a apretar los dientes. Pero el peso de las palabras no expresadas, el lastre de esos silencios, terminará acumulándose en forma de resentimiento o abatimiento.

Rumiación, la tormenta que no cesa en nuestra mente

Rumiar retrasa la recuperación emocional de las situaciones estresantes. [Foto: Getty Images]
Rumiar retrasa la recuperación emocional de las situaciones estresantes. [Foto: Getty Images]

Suprimir las emociones y los pensamientos no es lo mismo que reprimirlos. La represión es un mecanismo fundamentalmente inconsciente mientras que la supresión implica evitar de manera intencional los sentimientos angustiantes o las opiniones que puedan molestar a los demás.

Sin embargo, esos contenidos se quedan dando vueltas en nuestra mente. A menudo, cuando no podemos decir lo que pensamos, ya sea porque no nos atrevemos o porque no es oportuno, desarrollamos una realidad paralela en nuestra mente que nos permite dar rienda suelta a las opiniones que se nos atragantaron.

En esa historia alternativa el protagonista es nuestro “yo análogo”, una metáfora de nosotros mismos, una especie de “yo sustituto” que actúa de manera vicaria en nuestra imaginación diciendo las cosas que no nos atrevimos a decir.

Esa tendencia a seguir pensando en lo ocurrido, imaginando diferentes guiones, es un acto catártico que nos permite exorcizar las emociones que no pudimos expresar. Sin embargo, debemos tener cuidado porque cuando se convierte en la norma y acumulamos demasiados silencios, la catarsis se transforma en rumiación. Y la rumiación no suele ser buena consejera.

De hecho, un estudio de la Universidad de Manchester reveló que ante una situación estresante tardamos más en recuperarnos física y emocionalmente cuando rumiamos que cuando optamos por distraernos o buscamos soluciones. Además, la rumiación es un factor de riesgo para la aparición de la depresión mayor y la ansiedad.

Decir lo que pensamos sin cometer un sincericidio

"Lo que se deja expresar, debe ser dicho de forma clara; sobre lo que no se puede hablar, es mejor callar" - Ludwig Wittgenstein [Foto: Getty Images]
"Lo que se deja expresar, debe ser dicho de forma clara; sobre lo que no se puede hablar, es mejor callar" - Ludwig Wittgenstein [Foto: Getty Images]

Decir lo que pensamos es importante. La autenticidad es una vía de conexión a un nivel muy profundo que nos permite obtener el apoyo y ganarnos la simpatía de los demás. Sin embargo, cuando expresamos lo que pensamos no solo estamos transmitiendo una idea o una emoción, sino que también tenemos que lidiar con las consecuencias de esa revelación.

Eso significa que existe una línea muy sutil entre la autenticidad y el sincericidio. Cometemos un sincericidio cuando decimos lo primero que pasa por nuestra mente, sin pensar en las consecuencias, desentendiéndonos de los efectos secundarios que pueden causar nuestras palabras.

La clave para no acumular silencios y, a la vez, no convertirnos en el elefante en la cristalería, es la asertividad. La comunicación asertiva es clara y directa. No se anda por las ramas y no tiene una agenda oculta, pero no es egoísta, sino que reconoce a la otra persona. Nos permite expresar lo que pensamos y sentimos poniéndonos a la vez en el lugar del otro.

Ser asertivos implica ser conscientes de que, por muy duro que sea lo que queremos decir, la elección de las palabras y el tono pueden marcar la diferencia. Es ser conscientes de que nuestra actitud cuenta. Y, sobre todas las cosas, es ser constructivos. Tenemos derecho a decir lo que pensamos y expresar lo que sentimos, pero debemos asegurarnos de que nuestras palabras puedan dar lugar a un cambio positivo.

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