Cal Flyn: El abandono de las tierras puede incluso beneficiar al planeta

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Madrid, 20 sep (EFE).- El abandono de tierras antes ocupadas por humanos a veces da lugar a una "anarquía medioambiental" que puede ayudar a combatir la crisis climática mediante el secuestro de carbono, asegura la escritora Cal Flyn, quien defiende que, pese a la pérdida cultural, dejar el campo a su suerte no es necesariamente algo malo para el planeta.

En "Islas del abandono", editado en español por Capitán Swing, Flyn recorre una docena de lugares "abandonados" que, tras el paso de las personas -aún palpable- fueron tomados por otras especies que, en un acto de rebeldía, ocuparon esos espacios y los hicieron propios.

La huella del hombre, no obstante, sigue presente en todos esos enclaves asilvestrados y así, si antes de escribir el libro la autora escocesa lo concibió como un ensayo sobre la "ausencia humana", pronto se convirtió en una reflexión también sobre la "presencia constante" de los humanos, explica en entrevista con Efe.

Ya en el declive urbano de Detroit, en la Chernóbil irradiada tras el accidente nuclear de 1986 o en el asfixiado mar de Salton -una laguna formada por inundaciones en el desierto de California que pasó de ser un lugar de vacaciones a la estampa de un desastre ambiental-, Flyn encontró fenómenos similares de reverdecimiento espontáneo postcolapso.

"El proceso natural es muy parecido la mayoría de las veces", señala, pero lo que varía es la velocidad en que ocurre: en lugares más húmedos, más cálidos, con unas condiciones de suelo más fértiles, la biodiversidad aflora enseguida, mientras que en los más fríos y secos, como en el norte, puede tardar años, precisa.

Lo que ocurre, resume, es que "tan pronto como dejamos de mantener edificios y suelos, empezamos a ver que las condiciones que hemos creado poco a poco se van dispersando", y es entonces cuando las otras especies comienzan a abrirse camino de una manera casi "anárquica" y con un final en cierta medida impredecible, relata.

Las que primero llegan son las “más oportunistas”, las a veces denominadas "malas hierbas" que ejercen esa desobediencia botánica "molesta para los humanos" al colarse entre las fracturas del asfalto o del hormigón, seguidas de otras que van colonizando el terreno hasta que, finalmente, se asientan y expanden otras plantas dominantes: los árboles.

Los animales se acercan “sorprendentemente rápido”: primero los ratones y ratas -aquellos que a menudo se consideran “plagas”- y los insectos y otros invertebrados. A lo largo del tiempo, llegan mamíferos más grandes, como los lobos o los ciervos, que “constantemente deambulan en busca de nuevos territorios”.

En todo caso, la escritora matiza que "no hay que pensar en especies que ganan o pierden", sino en un dinamismo, "un desfile constante de especies diferentes y en diferentes condiciones".

Respecto a la necesidad de intervenir o no en esos procesos, Flyn rechaza la idea de “intentar controlar siempre a la naturaleza”, y explica que este trabajo ha sido en parte una lección de humildad al recordarle que “deberíamos respetar más el hecho de que otras especies tienen su propia agenda” y que "emplean su poder para hacer que el mundo se adapte a ellas”.

Así, considera por ejemplo que el abandono rural, aunque es una historia “muy triste” desde el punto de vista social en cuanto a la "pérdida" que supone para la transmisión cultural entre generaciones, puede ser bueno y a la vez malo desde un punto de vista ambiental.

Sobre lo negativo, Flyn recalca que un bosque que se ha regenerado solo en una tierra abandonada a menudo sólo favorece a determinadas especies, que son las que se imponen sobre otras en esas condiciones concretas, mientras que cuando los humanos intervienen -mediante la agricultura tradicional, por ejemplo- favorecen una biodiversidad mucho mayor.

Sin embargo, en lo positivo -que es para ella especialmente importante dada la urgencia de atajar la crisis climática- destaca que esos “bosques libres" que no exigen ninguna asistencia humana son grandes sumideros de carbono y “un regalo del planeta para nosotros” para contribuir a detener el calentamiento global y evitar la “pesadilla” que supone, dice, que se cumpla el peor de los posibles futuros climáticos.

Marta Montojo

(c) Agencia EFE