¿Cómo protegemos a nuestros hijos de monstruos como el de Laredo?

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Confieso que sí, que a mí también se me llevan los demonios, y no sé, quizá se me lleven hasta el punto de atreverme a lanzarme en jauría a destrozar a golpes al asesino del niño de Laredo. Es lo que piden las tripas, acabar con ese monstruo, saltar sobre él, molerlo a palos, despedazarle la cara, patearle el estómago, romperle los brazos. 

Pero matar es muy difícil, a pesar de la rabia, y de la indignación, y del horror. Matar es muy difícil a pesar de la pesadilla a la que acabamos de asistir y de la que querríamos salir como fuera. Matando al monstruo, si hace falta. 

Matar es muy difícil para casi todos nosotros. Ni siquiera una turba enfervorecida puedo hacerlo aquella fatídica noche tras encontrarse al pequeño, moribundo. Ni siquiera los padres y madres, los amigos de la familia o los vecinos, ninguno de ellos pudo, en el momento de máximo horror, saltar la barrera policial y descuartizar al monstruo. 

El presunto asesino del niño de Laredo, detenido por la Guardia Civil.
El presunto asesino del niño de Laredo, detenido por la Guardia Civil.

Quizá porque, a pesar de todo, somos buenas personas. Y eso es lo que nos separa de los monstruos. Pero, ¿cómo protegemos a nuestros hijos las buenas personas? 

No puedo quitarme de la cabeza la imagen de ese niño de nueve años, ese pequeño disfrazado de niña para celebrar Halloween, engañado por un depredador sexual para que lo acompañara a su casa. Ese niño muerto. Asesinado. 

Para el monstruo algunos piden hoy la pena de muerte. Otros, jaleados por políticos oportunistas, la prisión permanente. Que no salga nunca más de la cárcel. Encerrarlo y tirar la llave. Porque es verdad que ese pequeño estaría hoy vivo si Francisco Javier Almeida López de Castro hubiera seguido en la cárcel. Allí estaba tras ser condenado a 30 años de prisión por el brutal asesinato y agresión sexual de la agente inmobiliaria que le estaba enseñando un piso, en 1998. Una mujer que quizá también estaría viva si Almeida no hubiera salido del penal en el que cumplía siete años de condena por una agresión sexual a principios de los años 90. 

Almeida es un monstruo que ha pasado la mitad de su vida en la cárcel y que ha vuelto a asesinar, dos veces, al poco de quedar libre de cada una de sus condenas. Almeida es un monstruo que merodeó por el parque durante semanas, tratando de llevarse a otros niños. Almeida es un monstruo que volverá a matar si le dan la oportunidad de hacerlo.

¿Cómo protegemos a nuestros hijos de los monstruos?

Como madre, mi yo más primitivo los encerraría para siempre. No dejaría libre a ningún agresor sexual condenado. Cadena perpetua para ellos. 

Como ciudadana, debo creer en la reinserción, en enmendar errores, en recuperar a los individuos. Pero, a veces, es tan difícil que resulta casi imposible. 

Y, mientras tanto, a unos padres les han robado a su hijo. 

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