En busca de la nacionalidad austriaca arrebatada por los nazis

Blaise GAUQUELIN
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Muy raramente hablan alemán, algunos ni siquiera han pisado territorio austriaco pero, casi 76 años después del Holocausto, han aceptado la mano que les ha tendido el país del que sus ancestros tuvieron que huir y recuperaron una nacionalidad robada por los nazis.

"Para mí, era algo crucial", afirma Maya, una estadounidense de 17 años. Aunque ha pasado toda su vida en Maryland, esta estudiante deseaba reconstruir los pedazos de la dolorosa historia de su bisabuela judía.

La AFP ha recabado los testimonios de estos nuevos ciudadanos de la República de Austria, que se han beneficiado de un cambio de ley que ofrece, desde el 1 de septiembre, un pasaporte a los descendientes de las víctimas del Holocausto.

Son varios los motivos, desde razones afectivas al deber de salvaguardar la memoria o un deseo de hacer justicia, que llevaron a los estadounidenses Maya y Noah, al israelí Gal, al argentino Tomás al británico Robert a reclamar ese derecho y recuperar la nacionalidad que les fue arrebatada a sus antepasados.

- Exilio forzado -

Sus relatos empiezan con las migajas que les han llegado.

El exilio forzado de Stella Rinde Coburn, de la que es descendiente Maya Hofstetter, llegó en agosto de 1939, después de que Adolf Hitler anexionara su país natal al III Reich el 12 de marzo de 1938.

El abuelo del israelí Gal Gershon dejó Austria un año antes. "No fue decisión suya", recuerda Gershon, director de ventas del transportista aéreo El Al, de 46 años.

"Cuando tenía 13 años, sus padres lo metieron en un barco, a él solo", rumbo a un orfanato en Palestina. Durante mucho tiempo estuvo sin noticias de su familia, hasta que se enteró de que sus parientes murieron en los campos.

Antes de la anexión de Austria, el Anschluss, el país alpino contaba con 200.000 ciudadanos de origen judío. De estos, más de 65.000 fueron asesinados durante el Holocausto. Para sobrevivir, la inmensa mayoría tuvo que escapar, a veces hasta Shanghái o Buenos Aires.

El padre de Tomás Diego Haas logró embarcar rumbo a Argentina sobornando a un diplomático, cuenta este sexagenario sudamericano, que ejerce un oficio muy vienés: psicoanalista.

En cuanto al joven Noah Rohrlich, de 25 años y residente en Washington, su abuelo se fue del país con 16 años, antes de que estallara la guerra. Empezó a estudiar en Harvard en 1946, cuatro años después de que sus padres murieran en un campo de concentración.

- "Saber de dónde venimos" -

"Siempre le preguntábamos cómo era vivir en Viena, pero nunca obteníamos una respuesta muy detallada", lamenta este estadounidense de pelo corto y negro, enseñando a la AFP el pasaporte de caracteres góticos de sus bisabuelos Egon y Cilly, con una imponente "J" roja estampada (de "judío").

Pocos son los refugiados que contaron en qué condiciones tuvieron que marcharse. Había que hacer borrón y cuenta nueva, dejar Austria atrás y reconstruir toda una vida en otro lado.

Para sus descendientes, obtener la nacionalidad representa muy a menudo una forma de restablecer los lazos con sus antepasados y con el país de origen.

"Ahora, el hecho de ser ciudadano austriaco me da la sensación de estar más cerca de mi abuelo", afirma Noah, que eligió la misma profesor que él: ingeniero.

Gal menciona "una emoción muy fuerte". "Era una forma de cerrar la historia, de corregirla en honor a mi abuelo", explica.

A su edad, Maya podría tener otras preocupaciones pero "el pasado afecta al presente", asegura. "Hay que saber de dónde venimos para esperar poder convertirse en alguien bueno".

Su madre, Jennifer Alexander, investigadora en Ciencias Sociales para el gobierno estadounidense, también alega motivos políticos. "A mis abuelos les hubiera contrariado ver los Estados Unidos de estos últimos cuatro años", señala.

De su lado, el británico Robert G.W. Anderson se declara "encantado" de poder reconectar con sus raíces austriacas, y comenta que el Brexit también le incitó a recuperar la nacionalidad austriaca, pues el divorcio del Reino Unido con la Unión Europea lo "conmocionó".

- Regresar -

La próxima etapa para estos nuevos ciudadanos será visitar, por fin, Austria, un país de 8,9 millones de habitantes.

"Nunca he ido y deseo ardientemente visitarlo, espero que con mis hijos", dice Gal.

Maya por su lado "sueña con estudiar allí, aprender la lengua, la cultura".

A Noah le gustaría encontrar el apartamento en el que vivía su abuelo. "Quizá también dar una vuelta por el parque Esterhazy, que está justo delante. Tenía una pista de patinaje que le gustaba mucho, no sé si seguirá existiendo".

La gran mayoría de las personas entrevistadas no tienen intención de mudarse a Austria, pero la mayoría quieren ejercer su derecho al voto e intentar encontrar a familiares lejanos.

Algunos se preguntan qué habrían pensado los interesados.

Noah dio por sentado que pediría la naturalización, convencido de que a su abuelo le hubiera hecho "feliz". Tomás Diego Haas imagina que su padre "habría tenido sentimientos encontrados".

"Tenía unos recuerdos maravillosos de sus paseos por el bosque vienés" o de sus salidas a la ópera "dos o tres veces por semana", pero "no podía perdonar porque le robaron su vida".

"No creo que a mi bisabuela [esto] le hubiera hecho muy feliz", reflexiona Maya. "Pensaría que la hemos traicionado. Bueno, quizá no hasta ese punto, pero sí que nos hemos puesto de parte de los que la echaron".

- "Pedir perdón" -

De los centenares de miles de descendientes que podían optar a este programa, cerca de 1.900, sobre todo de Estados Unidos, el Reino Unido e Israel, ya obtuvieron el pasaporte, una puerta abierta a la Unión Europea (UE) de la que Austria es miembro.

Hasta que se aprobó la ley, no se les podía transmitir la nacionalidad, lamenta Hannah Lessing, secretaria general del Fondo Nacional austriaco para las Víctimas del Nacionalsocialismo.

Frente a lo que interpretaban como una injusticia, "era nuestro deber responder a su deseo con humildad", subrayó a la AFP el canciller austriaco, Sebastian Kurz (conservador), que propuso la reforma.

"Seamos bien claros: nada puede borrar el dolor. Lo único que podemos hacer es pedir perdón con franqueza. Me ha emocionado constatar que este gesto de reconciliación haya sido ampliamente aceptado", comentó el jefe de gobierno.

Las familias entrevistadas por la AFP aplaudieron la iniciativa de Austria y la cálida acogida que les reservó el personal de las representaciones diplomáticas austriacas de sus respectivos países.

Pareciera que al cabo de tres generaciones, Austria hubiera tomado consciencia de la violencia de su historia.

Alemania, deseosa de "disculparse por una profunda vergüenza", le siguió los pasos en marzo, cuando decidió facilitar los procedimientos administrativos.

Para el historiador Oliver Rathkolb, este cambio de actitud es "una señal importante" que muestra que la sociedad "se toma en serio las consecuencias de la Shoah" a largo plazo.

Durante mucho tiempo, Austria pretendió hacerse pasar por una víctima del nazismo, negando la complicidad de muchos de los suyos en los crímenes del III Reich, a pesar de que después del conflicto fueron adoptadas siete leyes de restitución (de obras de arte, bienes inmobiliarios...).

A mediados de los años 1980 empezó a emerger y ganar fuerza una mirada crítica, cuando Kurt Waldheim, un exoficial de la Wehrmacht, presentó su candidatura a la presidencia del país.

Además, en 1983 el Partido Austriaco de la Libertad (FPÖ), fundado en 1956 y dirigido en sus primeros años por un exoficial de la Waffen-SS, entró en el gobierno por primera vez.

Volvió a gobernar en coalición entre 2000 y 2005 y entre 2017 y 2019, cuando esta nueva ley sobre la nacionalidad fue aprobada gracias a un gran consenso.

Tras haber rechazado durante mucho tiempo lo que entendía como una autoflagelación, la extrema derecha austriaca matizó su posición y dejó de oponerse totalmente a las iniciativas de reparación, que ha acabado apoyando, como parte de un proceso de lavado de imagen.

Desde Buenos Aires, Tomás Diego Haas recuerda amargamente la frialdad del funcionario que lo recibió cuando intentó reclamar los papeles en Viena hace algunos años.

"El empleado me repitió tres veces, con una aspereza exagerada, que yo era hijo de un argentino. Fue horrible, no quería escuchar que mi padre y antes que él, mi abuelo, eran austriacos".

Ahora, los austriacos, un pueblo mayoritariamente católico que debe buena parte de su riqueza cultural a los judíos, prefieren recalcar a sus hijos que no los han "olvidado" y que "pueden volver cuando quieran", destaca Hannah Lessing.

- Freud, "knödel" y un piano -

Fue gracias a su minoría judía que Viena se convirtió en el crisol artístico de Europa desde finales del siglo XIX.

El escritor Stefan Zweig, el psicoanalista Sigmund Freud, el músico Arnold Schönberg... La mayoría de los intelectuales que pusieron en el mapa a la capital centroeuropea pertenecían a la burguesía y las clases medias judías.

Un "mundo de ayer", como escribió Zweig, del que procede el "so British" Mister Anderson, que recibe a la AFP en su casa de King's Lynn, en el este de Inglaterra, repleta de muebles vieneses.

A sus 77 años, de traje y con suéter de punto verde, Robert Anderson es un auténtico producto de esa élite austro-húngara: su abuelo dirigía una importante compañía petrolera y huyó a Londres con toda su familia.

Como digno heredero, el nieto asumió la dirección del Museo Británico en 1992. A él le deben los londinenses la Queen Elizabeth II Grean Court, el espectacular patio interior diseñado por Norman Foster e inaugurado por la reina Isabel II en el año 2000.

Y aunque no sea el idioma, todos han guardado algo de Austria.

Gal Gershon cuenta que su abuelo, que no "compartía nunca sus recuerdos de la infancia", le transmitió su afición por los "Marillen Knödel", una especie de croqueta rellena de albaricoque y rebozada, una receta típica del valle del Wachau. Hoy, los suele cocinar con sus hijos, como "un pequeño homenaje a su memoria".

Robert Anderson tiene un piano vienés centenario, de la casa Bösendorfer; Tomás Diego Haas, una chaqueta de lana comprada durante su primera estancia en Viena.

"Mi padre me decía que nunca entenderé a Freud porque lo leo en español", dice bromeando Tomás Diego Haas, pero matiza: "tengo una cultura y una educación austriaca".

"Siempre he sido austriaco. [En Austria] me siento en casa. La diferencia es que ahora Austria lo reconoce", zanja.

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