Buquinistas: tesoro literario escondido a orillas del Sena

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Uno de los puestos de revistas y postales de los buquineros parisinos en la Rive Droite de Sena en el que puede apreciarse el color 'verde vagón', que tiene su origen en los vagones de los trenes franceses y que se aplica a otros elementos del mobiliario urbano como las fuentes o las farolas. EFE/Laura Bayarri.Una librería de la Rive Droite de Sena. EFE/Laura BayarriUno de estos libreros tan particulares ordenando el puesto de revistas, postales e imágenes en la rivera del río Sena de París. EFE/Laura Bayarri.

Más de quinientos mil libros, antiguos y de ocasión, se alojan en las mil cajas colgadas de los pretiles de las riberas del Sena que actualmente regentan los buquinistas, una profesión que emergió a principios del siglo XVI con los pequeños vendedores ambulantes del Pont Neuf, el puente más antiguo de la capital de Francia.

Deambular junto al Sena, cruzar miradas con el resto de caminantes, sortear las brechas que se han abierto entre los centenarios adoquines parisinos y detenerse sobre uno de los cofres verdes abarrotados de libros, grabados y revistas, podría ser un ejemplo de idílica tarde en la ciudad de la luz.

La pasión por la literatura, el trato directo con los transeúntes y la atmósfera de libertad e independencia que embriaga los baúles, son algunas de las razones que animan a estos libreros de lo viejo a abrir, incluso bajo las gélidas temperaturas del invierno de París.

"Las estaciones frías son muy duras y no solo por la nieve, también por la poca afluencia de clientes. Afortunadamente en primavera empiezan a venir los turistas y los residentes vuelven a pasear por la ciudad", explica a Efe Camille, una buquinista (por "bouquin", libro en francés) de los más de 240 que trabajan entre el Pont de Sully y el Pont Royal.

Los contratiempos, sin embargo, no consiguen disuadir a las personas como Laurence que asegura ser buquinista "desde antes de nacer". Su madre, su abuela y su bisabuela ya lo eran, y ahora su hijo acaba de adquirir una caja sobre el quai Voltaire, frente al Museo d'Orsay.

AFICIÓN POR LA LITERATURA.

"Muchos buquinistas hemos nacido y crecido entre libros y nos hemos apasionado con ellos desde muy pequeños. Es una profesión ligada a la tradición cultural y la herencia física que nos han transmitido nuestros mayores", explica Laurence, que tiene 54 años y lleva ejerciendo el oficio desde los 21.

La afición por la literatura y el talento para transmitirla son dos requisitos imprescindibles entre los buquinistas, aunque la mayoría afirma que conseguir lo segundo es cada vez más complicado: "Desgraciadamente esta generación no lee", puntualiza Arman, de 50 años.

Muchos de los libreros de estos puestos sobre el Sena replican cuando se les pregunta por su oficio y aclaran que, para ellos, se trata de un "placer", el de "reencontrarse con la gente y vivir rodeado de los mejores escritores".

Jackie tiene 72 años y, desde hace veinte, regenta una "pequeña biblioteca a orillas del río, con la esperanza de que cada libro encuentre un nuevo lugar en otra biblioteca", comenta.

Este buquinista, que se declara un ferviente admirador de García Lorca y Cervantes, y que capitanea una de las cajas especializadas en literatura japonesa, se entristece cuando confiesa que casi todos sus clientes son turistas y que, la mayoría, pide "Les Miserables", "Le Petit Prince" o una figurita de la Torre Eiffel.

"Buscamos vendedores de libros, no de souvenirs", declara a Efe Manuel Jaffrain, responsable de la Dirección de Desarrollo Económico de Empleo y Enseñanza Superior del Ayuntamiento de París.

Por este motivo, cuando el comité de selección del consistorio estudia las candidaturas que cada año se presentan para la quincena de puestos que han quedado vacantes, prioriza la "experiencia como libreros" de los aspirantes, así como la especialización de su proyecto.

Y es que, aunque muchos parisinos acudan a los muelles del Sena en busca de los grandes "best seller", como "El Perfume" de Patrick Süskind, o "Las amistades peligrosas", de Pierre Choderlos de Laclos, otros rastrean obras de coleccionista que ya no se encuentran en los establecimientos tradicionales.

Después de tres años como buquinista, Arman se ha especializado en literatura rusa de los siglos XIX y XX: "Los más vendidos son Dostoievski y Chéjov. Sus obras están entre los 3 y 10 euros, pero también dispongo de algunas joyas más valiosas que pueden alcanzar fácilmente los 100 euros".

No obstante, este librero puntualiza que "eso no es nada", ya que su vecino, que regenta un baúl especializado en cocina, dispone de un ejemplar de recetas culinarias escrito por el mismísimo Alexandre Dumas y que cuesta "alrededor de 500 euros".

Desde el Ayuntamiento insisten en que los buquinistas "no constituyen una competencia directa para las librerías tradicionales, ya que en su reglamento se establece que sólo pueden vender libros y papeles viejos".

Para adquirir estas piezas pueden negociar con los mercaderes de textos que recorren incesantemente las orillas del río, o bien acordar con los transeúntes que han recibido una herencia de libros y quieren desprenderse de ella.

"Este ejemplar de 'La Peste', de Albert Camus, pertenecía a la abuela de una mujer a la que se lo compré por 3 euros y ahora está a la venta por 5", relata Arman.

Sin embargo, tanto Laurence como Camille, Arman y Jackie, persisten en señalar que "es más fácil conseguir libros que venderlos". "La lectura se ha convertido en un placer remoto y extraño", remata la joven Camille de 22 años.

La situación de crisis económica generalizada en Europa, la oleada de portales web de compra venta de obras literarias, y la emergencia de los libros electrónicos, no mejoran el panorama actual de estos comercios, que están inscritos en el Patrimonio Mundial de la Unesco desde 1991.

Aun así, los buquinistas continúan abriendo sus cofres verdes de ocho metros de longitud al menos cuatro días a la semana, como estipula su contrato, porque, como dice Laurence "esta es una profesión que enamora".

Texto y fotos: Laura Bayarri.

EFE-REPORTAJES.-