Brote de coronavirus en Mallorca: crónica de un desastre nacional en cadena

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Uno de los estudiantes toma el sol en el hotel medicalizado de Mallorca. REUTERS/Enrique Calvo
Uno de los estudiantes toma el sol en el hotel medicalizado de Mallorca. REUTERS/Enrique Calvo

‘Spain is different’. Aquel eslogan publicitario nacido en los años 60 para atraer turistas a la España opaca del franquismo fue tan efectivo que todavía hoy se sigue usando. Y no es que nuestro país sea mejor o peor que otros, simplemente es diferente. Igual navegamos con cara de buena gente hacia el ridículo y la sinrazón, que nos plantamos en la excelencia con orgullo ibérico. Oscilamos entre los extremos, nos odiamos cuando el Parlamento nos incendia y nos adoramos cuando la Selección marca un gol. Pero siempre, tanto en las buenas como en las malas, hacemos tangibles los clichés: nos iremos de cañas, de tapas, de farra. Que no nos quiten los botellones, ni los viajes de fin de curso, que no se nos gaste la lengua por criticar a otras generaciones, a nuestros gobernantes, a los jueces. Por algo fuimos la envidia de la Europa confinada, porque ‘Spain is different’ y aquí se viene a lo que se viene.

Por eso, cuando se acaba el estado de alarma, empieza la fiesta. En todas las ciudades españolas la gente se echó a la calle en cuanto pudo, especialmente una juventud ansiosa por pasarlo igual de bien que sus hermanos mayores y que sus padres cuando tenían su edad. Se les requirió responsabilidad como el que le pide silencio a un gato en celo. Alzaron los cubatas en señal de rebeldía, se abrazaron, se besaron y cuando el curso finalizó celebraron su libertad, la académica y la vital. La variante delta ya había entrado en la España del relax fronterizo, y esa mezcla explosiva de increíble facilidad de transmisión del virus, de complacencia ante el ritmo de vacunación -sin que los jóvenes hayan sido inmunizados- y de relajación de las medidas impuestas a la ciudadanía crearon la tormenta perfecta.

Dos estudiantes saludan desde su habitación en el hotel medicalizado de Mallorca. (Getty Images)
Dos estudiantes saludan desde su habitación en el hotel medicalizado de Mallorca. (Getty Images)

Nadie pudo -o quiso- frenar la organización de los viajes de fin de curso de varios institutos de Madrid, Andalucía, Galicia y la Comunidad Valenciana, y días antes de la llegada de más de 4.000 estudiantes a Mallorca, 20 hoteles de Platja de Palma y Magaluf tenían una ocupación del 80%; también se habían contratado a más de 60 monitores.

“Después de casi dos años hemos podido recuperar este segmento vacacional, que antes de la pandemia tenía programadas a Mallorca 30.000 plazas en junio y julio. Hay ganas por viajar entre los más jóvenes y eso se ha notado en las reservas realizadas desde las instituciones docentes”, comentó el CEO Viajes Unicampus, José Luis Madrid, al periódico balear, Última Hora, una semana antes de que finalizara el curso escolar.

Asociaciones hoteleras, empresas de autobús, comercios, restaurantes, el sector del ocio nocturno… todos se frotaron las manos y a la Consejería de Salud le valió con la promesa de los organizadores de que los jóvenes de 17 y 18 años “cumplirían a rajatabla” las medidas para evitar los contagios. Eventos musicales, excursiones, fiestas en barco, en hoteles y alegría pandémica no sólo con la llegada de los estudiantes, sino desde hacía semanas con la presencia de isleños y turistas disfrutando del buen tiempo. Las alarmas saltaron el día de San Juan cuando se habían detectado decenas de positivos vinculados con la isla y el 26 de junio, el Gobierno balear decide aislar a los primeros viajeros. Un día después ya eran alrededor de 175 los jóvenes confinados en habitaciones de hoteles medicalizados y la cifra ascendió a los 250. Cualquier persona que hubiera participado en alguna de las actividades vinculadas con los contagios masivos fue considerada contacto estrecho.

Si el esperpento surgió en España fue por algo. Vox aseguró que se estaba reteniendo de manera ilegal a los estudiantes (y fue más allá diciendo que estaban secuestrando a niñas y que las trataba “peor que a inmigrantes ilegales”, la madre de un alumno denunció a la responsable de Salud Pública del Gobierno balear, María Antònia Font, por detención ilegal y prevaricación (aludió a que su hijo fue trasladado a un hotel medicalizado después de dar negativo), se produjeron bulos sobre que algunas chicas no eran estudiantes sino víctimas de una red de pederastia e incluso un joven realizó una parodia haciéndose pasar por uno de los alumnos aislados en la que se hacía la víctima por no recibir ni una cerveza de la barra libre que sus padres habían pagado.

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Mientras el incidente se politiza y al mismo tiempo en que sectores de la sociedad criminalizan a los jóvenes, los casos relacionados con el macrobrote aumentan sin freno con más de mil contagios en toda España. De las pruebas realizadas a los estudiantes aislados, alrededor de un 30% dan positivo. Pero nada puede parar a algunos de ellos que optan por la fuga, como dos que se sirvieron de la ayuda de una mujer tildada de negacionista que les ayudó a abandonar el hotel. Uno de los chicos regresó por su propia voluntad y el otro permanece bajo la tutela de unos familiares.

Según la normativa, las autoridades sanitarias competentes “pueden adoptar las medidas de reconocimiento, hospitalización o de control cuando existan indicios de posible peligro de salud de la población”. El problema está en la interpretación de lo que es un contacto estrecho o no. La Fiscalía de Baleares se opuso al confinamiento ya que, según su punto de vista, no estaba claro que en los establecimientos donde se produjeron los contagios se alojaran únicamente jóvenes estudiantes. Finalmente, el Juzgado de lo Contencioso número 3 de Palma dio la razón a algunas quejas y mantuvo el aislamiento sólo a los casos positivos, mientras que los 'negativos' podían regresar a sus hogares. ¿De qué manera regresarían los estudiantes a sus ciudades? En vuelos comerciales, claro.

Es así como un avión procedente de Mallorca con destino a Santiago de Compostela ha transportado a 49 estudiantes de los que 33 han dado positivo. Del total de 86 personas que fueron en el avión, 49 se han contagiado.

Varios estudiantes protestan en las terrazas de sus habitiaciones. REUTERS/Enrique Calvo
Varios estudiantes protestan en las terrazas de sus habitiaciones. REUTERS/Enrique Calvo

Por eso ‘Spain is different’, porque las cosas se hacen de otra manera, ni mejor ni peor que en otros países, simplemente de forma distinta. Si el Gobierno del país nunca fue serio con el control de las fronteras durante los peores momentos de la pandemia o incluso cuando las vacunas indican que la incidencia es -o era- menor, es porque entonces éste no tendría denominación de origen. Si el Gobierno de baleares se subió al barco de la euforia ante la llegada de miles de estudiantes a la isla y vio la cosa pasar -hasta que pasó- es porque los gobernantes también son marca de la casa, como la sobrasada, el vino o el jamón. Por algo será que los padres de los estudiantes o los responsables de los centros educativos no toman la decisión de posponer el viaje de fin de curso hasta que la cosa mejore. Si los estudiantes van sin límites ni medidas es porque forman parte de la misma cultura que todos los anteriores, porque lo han mamado. Este país es distinto, nos guste más o menos, condicionemos o no sectores que tantas ganas tienen de alzar el vuelo, faltemos o no el respeto a los profesionales que llevan un año y medio en primera línea de virus, pongamos o no en riesgo a personas mayores o con sistemas inmunológicos comprometidos. 'Spain is different'. Olé. 

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