Qué pasa ahora en Libia con un general cercano a la CIA

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Soldados leales a un ex general libio, Khalifa Haftar, atacaron bases de milicias islamistas el viernes en Bengasi. Pudieron morir, según parece, hasta 70 personas. Dos días después, el domingo, tropas a las órdenes de Haftar asaltaron el Parlamento. Según un portavoz del general, “este Parlamento apoya a entidades islamistas. El objetivo es detener a estos cuerpos islamistas disfrazados de políticos”. Murieron dos personas.

Las autoridades lo llaman un golpe de Estado. Está por ver. El presidente del Parlamento ha pedido a milicias islamistas -no al ejército- que defiendan la institución. Libia no tiene gobierno porque el recién nombrado primer ministro aún no lo ha confirmado.

Si todo parece un caos, es porque lo es. Libia no es un lugar en paz -han muerto más de 1.200 personas en los dos últimos años-, pero la violencia de este fin de semana es la más grave desde la caída de Gadafi. El Parlamento debería volver a reunirse. Se verá la capacidad de los sublevados.

 

Quién es Haftar

La historia de Guerra Fría de Khalifa Haftar es fascinante. Hizo al lado de Gadafi en 1969 la revolución contra el rey Idris. Ascendió en el escalafón militar. En 1987, fue a la guerra en el Chad. Era plena Guerra Fría y un régimen prosoviético -Libia- se enfrentaba a uno proamericano, Chad. El ejército libio fue derrotado y Gadafi negó que los prisioneros de guerra fueran suyos. Haftar y sus soldados se enfrentaban a la ejecución.

En un giro asombroso, Haftar se quedó a entrenar con sus tropas en una base militar de Chad para un día volver a Libia y derrocar a Gadafi. Allí empezó su colaboración con Estados Unidos. Eran los años en que el presidente Reagan llamaba “perro loco” a Gadafi. En 1986 Estados Unidos había bombardeado Libia por su participación en un atentado contra soldados americanos en una discoteca de Berlín.

Pero en 1990 cayó el gobierno de Chad que cobijaba al general. Haftar y sus soldados debieron huir. Tras pasar por Zaire -hoy Congo- y Kenya, Estados Unidos ofreció asilo a Haftar y a 300 de sus hombres y los repartió por 25 estados.

El general se quedó en Falls Church, Virginia, muy cerca de Washington. Luego se mudó cerca a una casa de cinco habitaciones que vendió en 2010 por 612 mil dólares. Vivía bien. En 2011 regresó a Libia para la lucha final contra Gadafi. Su llegada, como se ve en el vídeo, fue aclamada. Pero Hiftar nunca obtuvo un cargo.

En febrero de 2014 publicó un vídeo online para pedir la suspensión del Parlamento y al ejército que “rescatara” al país. Entonces se rieron de él y no pasó nada. Pero el viernes volvió a aparecer y ahora parece que ya ha convencido a un buen grupo de soldados y milicias para que le apoyen.

En esta historia hay una pregunta sin respuesta: ¿qué relación mantiene hoy Haftar con Estados Unidos y la CIA? El lunes la portavoz del Departamento de Estado ni confirmó ni desmintió que hubiera contactos.

En el artículo de la CNN donde cuentan la historia de Haftar, sale como fuente principal el periodista independiente Derek Flood. Ayer hablé con él por email. Me dijo esto: “Aunque Haftar ha sido un activo de la CIA durante muchos años, si ahora la CIA u otras agencias están coordinadas solo puede ser un acertijo”.

Hay aún otra curiosidad. El miércoles, dos días antes del inicio del presunto golpe, Estados Unidos trasladó 200 marines de Andalucía a una base en Sicilia, mucho más cerca de Libia. Nadie reconoció oficialmente que fuera por Libia, pero las agencias lo daban por hecho con fuentes anónimas.

Los marines serían para proteger a americanos en Libia. En septiembre de 2012 asesinaron en Bengasi a Chris Stevens, embajador americano en el país. Es un atentado que aún se debate en el Congreso y Obama no quiere nuevos problemas en Libia. Parece que incluso se plantea el cierre de la embajada en Trípoli.

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No me gustan las teorías de la conspiración, y es probable que Haftar tenga intereses propios. Pero su historia es fascinante y comprobada. Por eso la he llevado al titular. Los rivales de Haftar creen que si triunfa podría convertirse en un nuevo Gadafi, o en algo parecido a Sisi en Egipto.

Así lo ve Flood: “Diría que los objetivos de Haftar son eradicar las milicias islamistas como Ansar al-Sharia y otros grupos salafistas en favor de su estilo de nacionalismo libio secular. Haftar fue miembro de la revolución de Gadafi de 1969 y proviene del medio naserista de la época”.

 

Cómo se ha llegado hasta aquí

En Libia podría haber, según la BBC, hasta 1.700 milicias distintas: “Son como un espagueti, no se sabe dónde empieza una y acaba la otra”. Estas son las principales. Tras la revolución contra Gadafi no hubo un desarme general. Hoy el gobierno se ve limitado por su falta de poder y la intromisión de políticos vinculados a todo tipo de milicias en el Parlamento. “Tras las elecciones de 2012, los representantes de intereses de familias individuales, ciudades y tribus fueron los verdaderos ganadores”, dice Wolfram Lacher en este informe.

 

He hablado con dos especialistas en Libia: Eduard Soler, del Cidob, y Lurdes Vidal, del IEMED. La fragmentación, coinciden, es uno de los principales problemas del país. Las lealtades y favores se dividen en cuatro tipo de fracturas, según Domínguez: “Entre revolucionarios en 2011 y no revolucionarios, entre conservadores [lo que aquí mal llamamos “liberales”] e islamistas, entre el centro y las provincias, y entre árabes y el resto”. El Estado libio no existe.

Esta parálisis ha provocado un problema que Libia no tenía: la falta de ingresos. En septiembre de 2013 Libia producía cada día 150 mil barriles de petróleo y exportaba 80 mil, pero tiene capacidad para 1,6 millones diarios. En los dos primeros meses de 2014, los ingresos por petróleo fueron solo un 16 por ciento de lo que debían ser.

En abril, comandos americanos abordaron un petrolero que había salido del este del país sin control del gobierno. Las milicias que dominaban en la zona querían sacar provecho. El barco volvió a Trípoli. En este reportaje del Financial Times del sur de Libia, se ve como en una misma planta hay dudas sobre el control.

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El primer ministro Ali Zeidan debió dimitir en febrero por el caso del petrolero. Desde entonces ha habido dos primeros ministros más. El ahora solo interino, Abdulá al-Thinni, lo ha dejado por amenazas islamistas. El actual, Ahmed Maiteeq, aún no tiene el gobierno confirmado por el Parlamento.

Además de la violencia y la falta de ingresos -algo inaudito en un país con petróleo como Libia-, los secuestros y asesinatos de extranjeros son comunes. Hace unos días una milicia liberó al embajador jordano. A cambio Jordania había sacado de la cárcel y devuelto a Libia a un jihadista condenado a cadena perpetua por pretender volar el aeropuerto de Amman.

El caos y la falta de salidas puede hacer que cualquier cosa que sea más o menos estable sea bienvenida. También Haftar, un general con un pasado raro.

El caldo para un golpe de Estado es el adecuado. Debido a la fragmentación se hace difícil imaginar una nueva guerra civil. Pero, si cuaja, la aparición de Haftar y su rivalidad abierta con los islamistas puede provocar que el resto de grupos se alineen. Las transiciones, está claro, son enrevesadas. Las ayudas desde el exterior son complejas. Libia sigue sin aclararse, y lo que tardará.