William Calcratt, el cruel verdugo que ejerció más años su oficio

Alfred López
Ilustración de una ejecución pública en la prisión de Newgate (Wikimedia commons)
Ilustración de una ejecución pública en la prisión de Newgate (Wikimedia commons)

Son varias las ocasiones en las que os he hablado en el Cuaderno de Historias sobre algún que otro curioso relato que ha tenido que ver con personas que se han dedicado profesionalmente al oficio de verdugo.

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Esta vez toca el turno de hablar del británico William Calcratt, un peculiar personaje que cuenta con el record de ser la persona que más tiempo ha ejercido la profesión de verdugo en toda la Historia: en total 45 años, entre 1829 y 1874.

Pero no sólo destaca su historia por su longevidad dentro del empleo, sino que también es frecuentemente citado debido a su morbosa crueldad a la hora de ejecutar a un condenado a la horca, su método preferido para acabar con la vida de las 450 personas (de las que hay constancia oficialmente) que ejecutó, aunque múltiples son las fuentes que indican que esa cifra debería multiplicarse por dos o tres por lo menos.

William Calcraft fue un cruel y despiadado verdugo (Wikimedia commons)
William Calcraft fue un cruel y despiadado verdugo (Wikimedia commons)

William Calcratt comenzó su vida profesional como zapatero, pero debido a su carácter violento le surgió cuando contaba con poco más de veinte años de edad la oportunidad de poder trabajar en la prisión de Newgate. El alcaide lo contrató para que se dedicase a azotar a los delincuentes juveniles y rateros de poca monta que eran pillados infraganti cometiendo algún delito.

 Por aquel entonces el verdugo oficial de Londres era John Foxton, quien ocupó el puesto durante once años y enseñó a Calcratt todo lo que debía saber para suplirle tras su jubilación o muerte. Y fue tras esto último, que aconteció en febrero de 1829, cuando el joven suplente tomó el relevo.

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William Calcratt se percató que a través de técnica de la horca llamada de  ‘caída corta’ el ejecutado tardaba más en morir y que su sufrimiento era más prolongado, algo que por una parte le satisfacía y por otra hacía las delicias del público que acudía a presenciar las ejecuciones.

Según consta en algunas crónicas, algunas ejecuciones públicas realizadas por Calcratt se convirtieron en auténticos espectáculos multitudinarios, llegando a aglutinar en muchas ocasiones a más de cincuenta mil personas; hay constancia de que a la ejecución de John Gleeson Wilson el 15 de septiembre de 1849 acudieron cerca de cien mil personas. Gracias a su popularidad, a pesar de ser el verdugo oficial de la ciudad de Londres, muchas fueron las poblaciones del Reino Unido que lo reclamaron para que asistiera a ejecutar a sus condenados.

El cruel método de ejecución por el que fue sobradamente célebre era el siguiente: el condenado no tenía bajo su pies una trampilla que se abría y lo dejaba en suspensión sino que utilizaba la técnica en la que el ejecutado apenas quedaba suspendido (lo subía a un taburete o escalera y la quitaba), algo que hacía que no se estrangulase de golpe ni muriese instantáneamente. Dejaba que el ejecutado sufriese durante unos minutos y lo remataba lanzándose sobre él a su espalda (como si se montase a caballito) o colgándose de sus piernas. Esto hacía que terminase de morir tras haber experimentado un gran dolor.

Numerosos eran los casos de espectadores que tras presenciar aquel desgarrador espectáculo caían desmayados por la impresión.

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Publicación de 1871 sobre el verdugo William Calcratt (john-adcock.blogspot.com)
Publicación de 1871 sobre el verdugo William Calcratt (john-adcock.blogspot.com)

Pero ese modo de ejecutar a los reos no era del agrado de todo el mundo y hubo más de una persona relacionada con alguno de los condenados que amenazó de muerte al verdugo. Este fue el caso de cuando le tocó ejecutar a William Bousfield. Calcratt había recibido amenazas y acudió asustado hasta el cadalso, tras colgarlo, y sin esperar a que terminase de morir,  salió huyendo de allí para evitar que algún partidario del ejecutado pudiese vengarlo. Pero el condenado quedó allí colgado, agonizando mientras que el verdugo había desaparecido y fue el capellán que había asistido al ejecutado en sus últimas voluntades quien tuvo que ir a la busca de William Calcratt y arrastrarlo hasta allí para que acabase su trabajo. Debido a este incidente muchas fueron las canciones populares que surgieron relatando el penoso episodio.

En 1868, tras 39 años ejerciendo la profesión de verdugo, la ley de ejecuciones públicas fue cambiada y a partir de aquel momento todas se realizarían a puerta cerrada y sin público. Pero el hecho de hacerlo privadamente y sin el murmullo de la gente que jadeaba su nombre no impidió que Calcratt siguiera ejerciendo su oficio durante seis años más, jubilándose a los 74 años de edad y tras haberlo desempeñado a lo largo de 45.

Fuentes de consulta: tavbooks / john-adcock.blogspot.com / theramblingsofadisusedmind

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