Un manual para ser el héroe perfecto

Alfred López

Han transcurrido 40 años desde que el profesor de psicología en la Universidad de Stanford, Philip Zimbardo, realizase un polémico experimento en el verano de 1971 conocido como "el experimento de la cárcel de Stanford".

Este controvertido estudio sirvió de base para muchas otras investigaciones que se han ido realizando a lo largo de las últimas cuatro décadas en lo que respecta a la fragilidad del ser humano en la delgada línea que separa el bien del mal, el héroe del villano.

En la sociedad actual, repleta de individualismos y en la que muchas personas hacen actos en busca del provecho personal sin pensar en la colectividad, siguen existiendo un grupo de hombres y mujeres que, de forma anónima y sin pretender reconocimiento alguno, dedican algún momento de su vida a realizar pequeños gestos de heroísmo pensando en el bien común.

El profesor Zimbardo se ha pasado más de media vida estudiando el comportamiento humano; siendo una de sus grandes obsesiones todo lo relacionado con los actos heroicos de las personas anónimas. En su interesante libro titulado "El efecto Lucifer" hace una cronología de cómo se produjeron los acontecimientos en el experimento llevado a cabo en la Universidad de Stanford, en la que demostró la capacidad infinita de la mente humana para convertir a cualquier persona en amable o cruel, compasivo o egoísta, creativo o destructivo, y para provocar que algunos llegasen a ser villanos y otros a héroes.

En su último capítulo, dedicado a 'las paradojas y/o banalidades del heroísmo', nos da una pequeña guía de cómo ser el 'héroe perfecto'.

El candidato a héroe, debe involucrarse en el hecho de forma voluntaria y tener en cuenta que el acto debe ser un servicio a terceros o a una comunidad, nunca por provecho personal. El héroe debe comprender el riesgo y sacrificio que significa involucrarse en esa hazaña y ser consciente de que su vida podría correr peligro, ya sea a través de una amenaza de muerte, de su integridad física o de las consecuencias a largo plazo para su salud.

Estamos acostumbrados a distinguir como héroes a aquellos que han realizado grandes gestas (en la mayoría de los casos nos llega a través de literatura y ficción en cine, tv o cómics), pero los verdaderos actos de heroísmo son aquellos que se hacen en silencio, con poco ruido y sin publicidad alguna.

Por poner un ejemplo, uno de ellos puede ser salvar a alguien de entre las llamas, pero también plantarse frente a los antidisturbios durante una manifestación en la que se piden derechos sociales, civiles y libertad. Un héroe puede ser aquel que por el bien de un colectivo se rocía de gasolina y se prende fuego a lo bonzo como protesta, pero también lo son todos aquellos que se presentan voluntarios tras una catástrofe y su ayuda humanitaria es de gran valor.

Héroes fueron los bomberos que arriesgaron su vida en los trabajos de rescate tras los atentados del 11-S, mientras que los villanos fueron aquellos que secuestraron los aviones y los impactaron contra las Torres Gemelas y el Pentágono; estos últimos, creyéndose héroes por culpa del fanatismo integrista.

Cabe recordar el hecho ocurrido en la plaza de Tiananmen (Pekín) el 5 de junio de 1989, en el que un hombre se colocó frente a una columna de tanques que avanzaban para repeler una manifestación. Logró mantenerlos parados y consiguió una conversación con los militares que los conducían. Este joven anónimo se convirtió en el símbolo de la resistencia del más débil frente al poderoso, el David que se enfrentó a Goliat, el héroe que de vez en cuando aparece en algún rincón del planeta y da una luz de esperanza gracias a su gesta anónima y heroica.

Fuentes: "El efecto Lucifer" de Philip Zimbardo / kindsein