Un amor lésbico condenado y perdonado en el siglo XVII

Desde que fue instaurado en España, a mediados del siglo XV, el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición (comúnmente conocido como Inquisición) no cejó en el empeño de perseguir a todas aquellas personas que se salían del redil que, dicha institución, había establecido como correcto y obsesionándose por apresar, juzgar, castigar y/o hacer escarnio público por motivos religiosos, brujería o conducta sexual indecorosa.

Así como en otras civilizaciones y culturas las muestras y comportamientos homosexuales llegaron a estar bien vistos y tolerados, e incluso cuatro siglos antes (XI) existieron documentados actos de hermanamiento entre personas del mismo sexo (conocidos como Adelphopoiesis), tras la llegada de la inquisición el radicalismo en imponer unas normas y reglas ultra ortodoxas del catolicismo hizo que muchísimos fueran los casos de juicios abiertos y las personas perseguidas.

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El relato que hoy os acerco a este blog es una historia que ha estado semioculta a lo largo de cuatro siglos y que gracias al trabajo e investigación del historiador, de origen norteamericano, Federico Garza Carvajal ha visto la luz a través de un libro titulado ‘Las Cañitas. Un proceso por lesbianismo a principios del XVII’.

Las Cañitas era el sobrenombre que recibieron dos mujeres tras hacerse pública su detención y posterior proceso (acontecido en Valladolid y Salamanca entre los años 1603 y 1606) que celebró la inquisición acusándolas de lesbianismo.

Ellas eran Inés Santa Cruz, una monja que provenía de una ilustre familia que había ejercido como priora, y Catalina Ledesma, diez años mayor que la religiosa, analfabeta y que trabajaba como criada.

A pesar de pertenecer a esferas sociales tan distantes, se les señalaba de haber cometido un acto de ‘lesbianismo’ y entre las pruebas que presentó la acusación se encontraba un artilugio de caña que había sido tallado en forma de miembro masculino, con lo que (según constaba en el antiquísimo sumario) se proporcionaban placer mutuo, motivo por el que habían recibido el mote de ‘las Cañitas’.

En su obra, Garza Carvajal relata con toda clase de detalle cómo se desarrolló todo el proceso contra las amantes y las diferentes vicisitudes judiciales que fueron apareciendo a lo largo de aquellos tres años.

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Destaca la parte del texto extraído del sumario donde se les llama a las acusadas ‘bujarronas’ (palabra textual que figura en el sumario original) y en el que el escribiente detallaba las relaciones intimas entre ambas mujeres del siguiente modo: “Con sus manos la abría la natura a la dicha Catalina hasta que derramaba las simientes de su cuerpo en la natura de la otra por lo cual las llamaban Las Cañitas y esto es público y notorio entre las personas que las conocen”.

La acomodada posición de la familia de Inés Santa Cruz fue fundamental a la hora de dictarse sentencia y anunciar la condena; teniendo en cuenta que en aquella época la mayoría de las personas que fueron juzgadas por el tribunal de la inquisición por temas relacionados con actos homosexuales habían acabado encerrados de por vida y/o ajusticiados públicamente.

Pero las Cañitas tuvieron algo más de suerte, siendo castigadas a recibir unos azotes y el posterior destierro. Gracias a los importantes contactos que mantenía la familia Santa Cruz en la Chancillería de Valladolid (el más alto tribunal de justicia de la Corona de Castilla) la pareja de enamoradas obtendría el perdón real, siendo liberadas del castigo que se les había impuesto, algo que lo marca como un hecho prácticamente insólito para la época.

Fuentes: mirales.es / victordelrio