Los perros-bomba que los soviéticos utilizaban contra los tanques del ejército nazi

Alfred López
Cuaderno de Historias

En todas las guerras, y sin tener en cuenta un bando u otro, se han cometido auténticas atrocidades en las que las víctimas han acabado siendo personal civil (niños, mujeres, ancianos…) o animales, que se han utilizado para experimentar o como parapeto militar.

Muchos han sido los perros usados para trabajos de rescate, pero se cuentan por centenares los que llegaron a ser sacrificados por el ejército soviético durante la Segunda Guerra mundial.

Ante el potente avance nazi, durante la invasión en 1941 de la Unión Soviética, en la bautizada por Hitler como Operación Barbarroja, el ejército rojo decidió utilizar a sus perros entrenados para colocar bombas bajo los carros de combate.

Durante el adiestramiento de los canes, se les hacía pasar hambre durante varios días y después se les daba de comer bajo un tanque; esto provocaba que el animal instintivamente fuese en busca de alimento cuando veía un carro blindado.

Transportaban la bomba en una mochila de lino colocada en los lomos, que al pasar bajo el tanque accionaba una palanca que dejaba caer la carga y allí quedaba depositada, mientras el animal volvía junto al soldado al que estaba asignado. El problema es que no siempre terminaban de dejar el paquete explosivo en el lugar adecuado, por lo que se optó por una solución aún más cruel.

El plan consistía en no desprender la mochila adherida al lomo del animal, debido a que muchos perros no se atrevían a meterse bajo el tanque en movimiento, puesto que el adiestramiento lo habían hecho con los carros de combate parados. Esto llevó a que los explosivos se accionaran por control remoto nada más acercarse el animal al objetivo se detonase.

Ante esto, los alemanes decidieron incorporar unas ametralladoras en el exterior del tanque y disparar contra los canes cuando éstos se acercaban; motivo por el que los animales huían y volvían con sus amos, los soldados rusos, corriendo el riesgo de saltar todos por los aires. Por eso era preciso hacer explotar la carga a distancia, evitando que el perro se alejase demasiado del objetivo y volviese a la trinchera.

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Toda una práctica que acumuló infinidad de críticas y que, tras la guerra, hizo que los gobiernos se plantearan la real  y urgente necesidad de cambiar ciertas  cosas que se realizaban en el fragor de una batalla y atentaban contra los más esenciales derechos de los animales.

El número de tanques alemanes destruidos mediante esta técnica no se sabe con certeza, encontrando algunas fuentes que indican que fueron una treintena y otras, más afines al régimen soviético, que multiplican esa cifra por diez.

El número de perros desplegados en diferentes tareas (entre ellas la de portar bombas) se sitúa alrededor de los 40.000.  El uso y adiestramiento de perros para fines militares se autorizó a partir de 1924 por el Consejo Militar Revolucionario de la Unión Soviética e incluía una gran gama de tareas como rescate, portar el botiquín de primeros auxilios, comunicación, asistencia en el combate, transporte de alimentos, medicinas y soldados heridos en trineos, y la detonación de objetivos enemigos.

Visto que el resultado final daba más bajas entre los animales que desperfectos reales en el enemigo, en 1942 se decidió dejar de utilizar perros-bomba en la Segunda Guerra Mundial. Aun así, las escuelas de adiestramiento para tal fin permanecieron activas hasta junio de 1996, cinco años después de la disolución de la Unión Soviética.

Fuentes de consulta: warwriting / twentytwowords

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