Franz Reichelt, el hombre que se lanzó desde la Torre Eiffel

Miles son las páginas en las que hoy en día podemos encontrarnos sorprendentes vídeos en los que se muestran a personas lanzándose desde alturas prácticamente impensables, y que, gracias a modernísimos y sofisticados trajes o artilugios que portan consigo, logran volar, deslizarse por el cielo y/o lanzarse desde grandes alturas para aterrizar sobre el suelo sin haber sufrido ni un solo rasguño.

El hecho de poder volar o surcar los cielos es algo que ha acompañado al ser humano practicamente desde los inicios y muchos son los que a través de la Historia lo han intentado con mayor o menor fortuna. Podemos encontrar infinidad de artesanales diseños de alas, trajes especiales o extraños artilugios con el que un gran número de personas quisieron probar la aventura de volar igual que un pájaro.

Tiempo atrás os traía a este Cuaderno de Historias el curioso caso de un monje medieval que probó a lanzarse desde la Abadía de Malmesbury y logró volar a lo largo de 200 metros, toda una hazaña, si tenemos en cuenta que tuvo lugar hace mil años.

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Pero también nos podemos encontrar con otros muchos intrépidos que intentaron conseguir la gesta de poder volar y, lamentablemente, se quedaron por el camino. Aunque debemos tener en cuenta que los aportes de cada uno de ellos, a lo largo de toda la Historia, ha servido sin lugar a dudas para que hoy en día se consigan proezas como las realizadas por Felix Baumgartner el pasado 14 de octubre de 2012.

Detrás del salto de Baumgartner hay una impresionante preparación, una tecnología punta y algo quizás rudimentario pero imprescindible: un paracaídas. Y es que algo tan sencillo como esa mochila, que se abre y logra frenar la vertiginosa caída, tiene tras de sí un gran número de prototipos, diseños e historias protagonizadas por peculiares personajes que llegaron a dar su vida para conseguir que otros salvasen la suya.

Franz Reichelt, un sastre de origen austriaco, es una de esas personas que trabajó incansablemente y terminó dando su vida con el propósito de conseguir diseñar un efectivo paracaídas.

Durante toda la primera década del recién estrenado siglo XX, Reichelt se dedicó a estudiar todos los prototipos de alas, paracaídas y artilugios voladores que, a lo largo de la Historia, otros muchos habían probado y/o diseñado.

Tomó como referente, entre otros, al propio Eilmer de Malmesbury o Leonardo da Vinci. Y fue la hazaña conseguida, el 17 de diciembre de 1903, por los hermanos Wright (al lograr volar gracias a un aeroplano) lo que le inspiró para intentar crear un paracaídas que permitiera sobrevivir a aquellos pilotos que, por alguna avería o incidente en el aparato, tuvieran que lanzarse al vacío.

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Todos los referentes le servían para intentar conseguir su propósito, pero muchos eran los detalles a tener en cuenta para poder llevar a cabo su propósito. Era consciente que debía existir una altura considerable para que cualquier artefacto que frenase la caída fuese efectivo.

Es por ello que, tras largos años de trabajo y estudio, diseñó un artilugio del que estaba convencido sería el paracaídas perfecto para salvar la vida de aquellos que tuviesen que lanzarse desde algún avión en marcha.

Pero como debéis imaginaros, el bueno de Franz Reichelt no tenía conocimiento alguno sobre las más elementales leyes de la física y muchísimo menos de aeronáutica, un campo prácticamente desconocido en aquellos tiempos. Sus primeros prototipos eran desproporcionadamente grandes y pesados (70 kg. y 6 metros cuadrados de tela), siendo rechazados por los miembros del Aéro-Club de Francia, que buscaban un diseño mucho más manejable.

Incluso se instauró el ‘Premio Lalance’ con el que se gratificaría con 11.000 francos a aquel que consiguiese presentar un paracaídas perfecto y con un peso menor a 25 kg.

Cuando Reichelt creyó haber realizado el paracaídas perfecto, el cual le daría fama mundial y le reportaría el suculento premio, hizo múltiples pruebas lanzando muñecos provistos del paracaídas desde diversos edificios (empezó desde la azotea de su propia casa).

Pero una vez tras otra esos lanzamientos terminaban con el muñeco empotrado contra el asfalto. Estaba seguro que el problema radicaba en la falta de altura suficiente para el lanzamiento, motivo por el cual decidió pedir permiso a las autoridades de París para poder lanzar uno de sus muñecos desde la Torre Eiffel.

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Lo preparó todo para realizar el experimento y el día escogido para el lanzamiento sería la mañana del 4 de febrero de 1912. Varias cámaras cinematográficas estarían dispuestas para filmar el lanzamiento y una treintena de periodistas se desplazaron hasta allí.

Sería su momento de gloria y Franz Reichelt estaba convencido de ello. Pero el hecho de enterarse que otras personas estaban a punto de conseguir realizar un paracaídas, y que presentarían sus inventos en los siguientes días, provocó que en el último momento decidiese saltar él mismo en lugar de lanzar un maniquí.

Sabía que gran parte de la culpa del fracaso en las anteriores pruebas radicaba en el hecho de que los muñecos eran inertes y no podían mover los brazos, por lo que estaba convencido de que sí se lanzaba él mismo podría subsanarse dicho problema y no habría margen para el error.

Sin comunicar su decisión a las autoridades parisinas (ya que ésta simplemente autorizó el lanzamiento de un muñeco y no de una persona) y con la complicidad de dos colaboradores, Franz subió hasta la primera planta de la Torre Eiffel (no se dio permiso para hacerlo desde más arriba), titubeo unos segundos y finalmente saltó en busca de la fama y reconocimiento mundial.

Lamentablemente lo que se encontró fue el duro y mortal cemento del suelo, en el que hizo un agujero de quince centímetros tras el brutal impacto y tras caer a una velocidad vertiginosa los 90 metros del recorrido.

En el siguiente vídeo podréis visionar las imágenes rodadas del salto de Franz Reichelt desde la Torre Eiffel.

Fuentes de consulta: microsiervos / lapiedradesisifo / wikipedia

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