Cuando la peste asoló el emergente Reino de Sevilla

Pintura de la época con el Hospital de las Cinco Llagas donde se atendió a miles de contagiados por la peste (Wikimedia commons)
Pintura de la época con el Hospital de las Cinco Llagas donde se atendió a miles de contagiados por la peste (Wikimedia commons)

Gracias a la fluida navegación de barcos por el río Guadalquivir y la buena disposición que tenía su puerto fluvial, Sevilla se convirtió a mediados del siglo XVI en el centro neurálgico y económico de la Península Ibérica y desde donde se realizaban la mayor parte de transacciones mercantiles con las Indias.

Un siglo después seguía disfrutando de esa privilegiada posición y era en número de habitantes la primera de la península y la segunda de todo el Imperio Español tras Nápoles. Por aquel entonces se calcula que la población de la ciudad de Sevilla y sus poblaciones adyacentes superaba con creces los cien mil habitantes (algunas fuentes incluso doblan esa cifra). Ayudó en gran medida a la popularización de la capital hispalense el hecho de que el reinado de Felipe IV se encontraba en un momento de horas bajas tras una serie de erróneas decisiones y múltiples conflictos bélicos y la capitalidad y Corte de Madrid no gozaba de muy buena imagen.

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Pero, en 1649, en el momento de mayor esplendor de la capital del entonces Reino de Sevilla, perteneciente a la Corona de Castilla, una terrible epidemia de peste bubónica cortó en seco su emergente prosperidad causando verdaderos estragos de los que no llegó a recuperarse en muchísimas décadas.

Ningún historiador ha sabido decir con exactitud cuál fue el momento preciso en el que la pandemia llegó a la ciudad ni quienes fueron sus portadores, aunque mucho se ha especulado sobre ello y múltiples las posibles razones.

La más avalada y respaldada por los expertos es la que apunta que llego desde África y entró en la Península Ibérica a través del puerto de Valencia en 1647 y fue bajando por el levante afectando a todas las poblaciones por las que pasaba en mayor o menos medida, pero sin convertirse en una pandemia asoladora.

El porqué afectó de una manera sobresaliente a Sevilla se debe a las lluvias torrenciales caídas en toda aquella región en la primavera de 1649, desbordando el Guadalquivir e inundando un gran número de casas, granjas y tierras de cultivo anexas al río.

La llegada de la peste coincidió con una numerosa mortandad de animales que acabaron ahogados por la inundación y tal y como bajó el nivel del agua quedó al descubierto la putrefacción de los cadáveres, propagándose rapidísimamente entre la población con más facilidad.

Pero cabe destacar que en aquellos últimos años, a pesar del floreciente negocio que se había estado realizando desde la capital hispalense, había aumentado la falta de medidas higiénicas entre la población que había aumentado vertiginosamente con la llegada de miles de personas que buscaban labrarse un futuro allí.

La ciudad se había quedado pequeña para poder acoger a tanta gente, viviendo muchos de los nuevos habitantes hacinados. Si a todo esto le sumamos el hecho de que se habían descuidado las infraestructuras de la ciudad, ante tal avalancha de nuevos residentes, debido al gravamen que Felipe IV había impuesto para recuperar las maltrechas arcas de la Corona, la cual estaba bajo mínimos tras todas las guerras y conflictos en los que se había involucrado, da el terrible resultado del asolamiento de la emergente Sevilla.

La ciudad quedó desabastecida, con un gran número de sus habitantes sin nada que comer y unos precios de materia prima que estaban por las nubes a causa de la especulación de los comerciantes que sí disponían de alimento. A ello se le sumaba las pésimas condiciones de salubridad e higiene y un considerable aumento de la delincuencia entre los más desfavorecidos.

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Felipe IV no estuvo a la altura como monarca con Sevilla y sus afectados por la peste (Wikimedia commons)
Felipe IV no estuvo a la altura como monarca con Sevilla y sus afectados por la peste (Wikimedia commons)

Se calcula que debido a ese terrible brote de peste falleció el 46% de la población y aunque no existen cifras exactas, al desconocerse cuánta gente habitaba en aquel momento, los historiadores cifran las muertes en una horquilla que va entre las 60.000 y las 100.000 personas.

Uno de los muchísimos lugares en los que se atendió a los enfermos fue el Hospital de las Cinco Llagas (actual sede del Parlamento de Andalucía). Por toda la ciudad se tuvieron que abrir un buen número de fosas en las que se enterró los cadáveres de los numerosísimos fallecidos.

Sevilla no sólo quedó marcada por la tragedia, sino también por la irresponsabilidad de Felipe IV, quien dio la espala a los hispalenses, no hizo lo suficiente por ayudar y se limitó a dar la orden de impedir la entrada en Madrid de cualquier mercancía o persona proveniente de Sevilla.

A pesar de emerger con el tiempo y convertirse en una próspera capital, ya no recuperó ese lugar privilegiado que le había reservado la Historia.

Después de cuatro siglos, los restos y el recuerdo de todos esos cuerpos enterrados en las fosas comunes reposan en los aledaños de insignes edificios y lugares públicos de la actual Sevilla.

Fuentes de consulta: historiadeiberiavieja / libertaddigital / diariodesevilla

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