Cuando la aristocracia británica se opuso a la construcción del ferrocarril

Alfred López

Recién iniciado el siglo XIX el Reino Unido se preparaba para incorporarse a la era moderna y dotar al país de la infraestructura necesaria para construir las primeras líneas de ferrocarril. La primera empresa que lo gestionó fue la ‘Surrey Iron Railway’ (SIR), aunque sin lugar a dudas una de las que más éxito obtendría (quizás por ser un trayecto más necesario en aquellos momentos) fue la ‘London and Birmingham Railway’ (L&BR).

Se fueron diseñando los diferentes trazados que uniría Londres con las poblaciones donde se encontraban las minas e industrias más importantes del país.

Tras una faraónica inversión de capital, y la contratación de decenas de miles de trabajadores, en el momento de ir a iniciar las obras se encontraron con un problema con el que no contaban: la oposición de los terratenientes y aristócratas que se negaban rotundamente a que las líneas férreas pasasen por sus propiedades.

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Paralizaron las obras e incluso llegaron a plantarse frente a la residencia del monarca británico a modo de protesta. Durante varios años las discusiones entre los propietarios de los terrenos y las compañías constructoras no llegaron a buen término.

Se negaban que los ‘caballos de hierro’ atravesasen sus propiedades e incluso muchas de las quejas residían en que entorpecería y obstaculizaría la caza del zorro. El propio Lord Brownlow expresaría su oposición a la línea de ferrocarril en un discurso ofrecido en la Cámara de los Lores el 22 de junio de 1832.

Incluso había quien declaraba que le resultaba desagradable el hecho de pensar que escucharía desde su casa el eco del ruido producido por las locomotoras. El conocido Coronel Sibthorpe llegaría a decir que preferiría tener la presencia de un forajido en sus propiedades antes que la de un ingeniero del ferrocarril.

A pesar de que la mayoría de los argumentos esgrimidos por los opositores a la construcción del ferrocarril carecían de razones de peso, se paralizó gran parte del proyecto y muy pocas fueron la líneas que se habían podido llevar a cabo durante las tres primeras décadas, quedando relegadas las más importantes por culpa de esos inconvenientes; entre ellas la que debía unir la estación de Euston (Londres) con Birminghan, la segunda ciudad más poblada de Inglaterra y floreciente población industrial que generaba grandes riquezas y beneficios al país (Lloyds Bank y el HSBC Bank, dos de los mayores bancos de Gran Bretaña se fundaron allí).

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Finalmente y tras décadas de discusiones se consiguió trazar un recorrido ferroviario que fuese de la plena satisfacción de aristócratas y terratenientes, previo pago de una cuantiosa cantidad de dinero, que en definitiva fue lo que aplacó los ánimos de los opositores al ferrocarril.

El presupuesto inicial y la modificación del trazado (que comportó una serie de obras con las que no se contaba, entre ellas levantar varios puentes y realizar algunos túneles no previstos inicialmente) hizo que se dijese sobre la misma que había sido la mayor obra pública ejecutada en toda la historia, llegando a compararla con la construcción de la Gran pirámide de Guiza (debido al esfuerzo, material utilizado y mano de obra involucrada en la obra).

Resulta anecdótico que, finalmente, con la construcción del ferrocarril los mayores beneficiados de que pasase por sus terrenos o cerca de ellos fueron los propios aristócratas y terratenientes, quienes hicieron un gran negocio con la llegada del tren y obtuvieron pingües beneficios con la construcción de negocios y viviendas alrededor de las estaciones.

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