Cuando en la Alemania nazi se montó la primera gran campaña antitabaco

Alfred Lopez
Cuaderno de Historias

Adolf Hitler soñó liderar una gran nación donde los hombres y mujeres que la habitaban fuesen perfectos y no tuviese cabida en la misma ningún tipo de anomalía, personas de otra raza o condición sexual y en el que el deporte y la salud fuesen dos de los pilares fundamentales de su ansiado Tercer Reich.

Impulsó la práctica del deporte, organizó los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936 y puso en marcha programas en los que quería fomentar el optimismo entre los alemanes. Quería una Alemania poblada por personas sin vicios ni malos hábitos, de ahí que iniciase una importante campaña antitabaco en la Alemania nazi que gobernaba.

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Mientras que en la mayor parte del planeta el consumo de tabaco era algo muy habitual entre la población y las tabaqueras se gastaban fortunas en campañas publicitarias, Hitler comenzaba su cruzada particular contra el tabaquismo, poniendo a importantes científicos de la época a trabajar en el estudio de sus efectos nocivos en la salud.

Varios eran los informes que vinculaban el consumo de tabaco con el cáncer, las enfermedades cardiovasculares y lo contraproducente que era en las mujeres en estado de gestación o durante el periodo de lactancia.

Para conseguir una nación habitada por personas sanas solo había un camino para conseguirlo: prohibir fumar a los alemanes. Evidentemente, Hitler era consciente que se trataba de un objetivo que no se conseguiría a corto plazo. El hábito de fumar estaba demasiado extendido entre la población y se tendría que reeducar a ésta mediante campañas de sensibilización y regulando su consumo paulatinamente. Los centros de trabajo, escuelas, oficinas públicas y medios de transporte fueron poco a poco siendo lugares en los que se aplicaba la prohibición.

Pero el primer paso debía ser dar ejemplo desde el propio gobierno y los mandos militares. A pesar de que la mayor parte de las personas cercanas al Führer dejaron de fumar en público, algunos se resistían a hacerlo. Entre ellos se encontraba Hermann Göring, gran aficionado a los cigarros puros que seguía manteniendo su vicio a la vista de todos, algo que ocasionó más de un enfado del líder nazi. Pero no era el único allegado que le causó malestar por mantener el vicio de fumar, ya que a la propia Eva Braun también le gustaba de vez en cuando encenderse algún cigarrillo.

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Los investigadores comenzaron a dar a conocer los datos de sus estudios, en los que se podía apreciar lo devastador que resultaba el tabaco para la salud. Algunos informes detallaban que la nicotina se transmitía de madre a hijo a través de la lactancia; otros informaban de cómo era mayor el caso de abortos e incluso esterilidad entre las mujeres fumadoras, además del envejecimiento prematuro y deterioro físico. Si el país quería alemanes sanos y puros se debía empezar por las que debían ser sus madres.

También los soldados fueron objeto de la campaña antitabaco. Éstos representaban a los grandes defensores de la nación y no podía ser vinculada la imagen de los mismos al del consumo de tabaco, por lo que se tomó la medida de racionarles los cigarrillos e írselos rebajando paulatinamente.

Los nazis jugaban con la baza de que todos los líderes de los países aliados eran fumadores empedernidos y esa sería una perfecta manera de asociar al enemigo con el tabaco.

Pero el racionamiento a los soldados ocasionó que se crease una importante red de mercado negro que hizo un pingüe negocio con grandes cantidades de tabaco de contrabando que llegaba al país, la mayor parte traído desde los mismísimos Estados Unidos. También se daba el caso de que muchos eran los miembros de la Wehrmacht que lo primero que hacían cuando entraban en una población no era apoderarse de valiosas obras de arte, sino intentar conseguir la máxima cantidad de cigarrillos que hubiese en ese lugar.

Aunque en cierta medida la campaña antitabaco tuvo algunos resultados positivos, no fue todo lo bien recibida que se esperaba, debido a que gran parte de la población seguía fumando a escondidas y adquiriendo el tabaco de forma ilegal.

La maquinaria propagandística de la campaña antitabaco debía de convencer a la población de lo insalubre que resultaba el tabaco, llegando a culpar a los judíos de ser los que introdujeron y fomentaron el vicio de fumar en Alemania e incluso compararon ese hábito como algo común entre gente degenerada, entre ellos los negros procedentes de África.

De poco sirvió prohibirlo en la práctica totalidad de locales públicos, restaurantes, transportes e incrementar su precio, la gente estaba enganchada al tabaco y cuanto más restringido estuvo más aumentó su consumo.

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