Cuando el gobierno español quiso tener su propia bomba atómica

Alfred López
Cuaderno de Historias

La fabricación de una bomba atómica española fue un propósito que empezó a gestarse a mediados de los años 40 y que todos los gobiernos de las siguientes cuatro décadas, empezando por el de Franco e incluyendo el de Felipe González, contemplaron realizar. La carrera por conseguir un puesto entre los países poseedores de armamento nuclear fue del siguiente modo.

Tras la Segunda Guerra Mundial, España había quedado prácticamente aislada de todos los planes para prosperar que se estaban realizando en el resto del planeta. La neutralidad del país durante la gran contienda lo dejaba sin potenciales enemigos bélicos, pero también sin aliados. El general Franco deseaba posicionarse firmemente ante los demás países y demostrar que, aunque solo, tenía la suficiente tecnología para construir armamento nuclear con el que defenderse de un hipotético ataque.

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El lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki le abrían la puerta a una tecnología aun desconocida en España, pero a la que, a partir de finales de los años 40, se le dotaría de todo tipo de ayudas gubernamentales para desarrollar y estudiar a fondo la energía nuclear.

El 8 de octubre de 1948 se creó la Junta de Investigaciones Atómicas (JIA), con la que, bajo la dirección de José María Otero Navascués (ingeniero y almirante de la Armada Española), se pretendía investigar secretamente todo aquello que le hacía falta al país para producir el uranio necesario para la tan ansiada bomba. Los primeros resultados fueron nefastos, debido a la inexperiencia en el campo nuclear de la mayoría de los implicados en dicha junta.

Tres años después, la JIA se transformaría en la JEN (Junta de Energía Nuclear) y, bajo la misma dirección, seguiría buscando la forma ideal para desarrollar energía nuclear sin que el resto de los países sospecharan de las intenciones del gobierno del general Franco. Esta nueva etapa de la JEN abriría muchas puertas a la investigación y desarrollo, preparando a personal altamente cualificado para la puesta en marcha, en el plazo de 10 a 15 años, de centrales nucleares en España que abasteciesen al país de suficiente uranio como para construir la deseada bomba.

La llegada de los años 60 abrió al país a nuevos acuerdos de cooperación con los Estados Unidos, pero el asunto del armamento nuclear seguía siendo un secreto de estado celosamente guardado. Cada vez se encontraban más cerca de conseguir el propósito. El incidente de las bombas de Palomares ayudó de manera sorprendente a que personal cualificado del JEN colaborase con investigadores norteamericanos, lo que les daba una ventaja abismal de cara a todo lo que precisaban para dar el último y definitivo paso.

Eran años de Guerra Fría entre EEUU y la URSS, y numerosos países se habían apuntado a la carrera nuclear, lo que hizo que en 1968 los organismos internacionales desarrollasen y firmasen el Tratado de No Proliferación Nuclear, por lo que restringían la posesión de armas nucleares y solo se les permitía tenerlas a países que hubiesen detonado algún ensayo nuclear hasta 1967. España se opuso a dicho tratado y no lo firmó (no se incorporó a él hasta 1987, bajo el gobierno de Felipe González).

Franco seguía en su empeño de tener su propia bomba nuclear. El lugar idóneo y elegido para llevar los ensayos sería en el Sáhara Occidental, en aquel momento colonia perteneciente a España.

Los años fueron pasando y, a principios de los 70, el país disponía de todo lo necesario para crear la tan ansiada bomba atómica pretendida durante tantísimos años, pero finalmente se decidió no construirla. La táctica del Jefe del Estado fue tener la capacidad suficiente para fabricarla como medida de seguridad frente a posibles ataques por parte de una hipotética alianza entre Argelia y Marruecos, las máximas preocupaciones del dictador en aquellos momentos.

La capacidad de desarrollo nuclear español llegó hasta oídos norteamericanos, los cuales, en 1974, realizaron a través de la CIA un detallado informe en el que, entre otras cosas, advertían que "el gobierno de Franco tenía en proyecto y desarrollo un extenso y ambicioso plan nuclear que merecía la atención y vigilancia de los Estados Unidos". Dicho informe no vería la luz hasta 1977, tras el fallecimiento del Jefe del Estado español.

Siendo presidente Adolfo Suárez, su homólogo norteamericano, Jimmy Carter, puso todo su empeño en conseguir que España desistiera de su ambición de disponer de su propio armamento atómico y comenzó una campaña para que el gobierno español se uniera al Tratado de No Proliferación Nuclear. No fue hasta una década después, bajo el gobierno de Felipe González, cuando España se unió al mencionado tratado, manejando hasta entonces la idea de construir una bomba atómica española.

Tras la firma, poco más se ha sabido sobre las aspiraciones de tener armamento nuclear por parte de los siguientes presidentes del gobierno que han ido pasando por la Moncloa.

Fuentes de consulta: elmundo / elpais