Benito Soto, un temido y sanguinario pirata de origen gallego

Era de obligada tradición, en la escuela de antaño, el tener que aprenderse en la clase de literatura el poema escrito por José de Espronceda titulado “Canción del pirata” y cuyas primeras estrofas decían: “Con diez cañones por banda, viento en popa, a toda vela, no corta el mar, sino vuela, un velero bergantín”.

Estoy seguro que a más de un lector le habrá venido a la cabeza el poema y la continuación del mismo. Su publicación data de 1835 y más de un historiador afirma que el protagonista de la obra de Espronceda fue un temido y sanguinario pirata, nacido en Pontevedra, llamado Benito Soto, fallecido en 1830 cuando aún no había cumplido los 25 años de edad y cuya vida y personalidad habían inspirado al romántico poeta extremeño.

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Hasta nuestros días han llegado un puñado de nombres de célebres piratas que surcaron por el Caribe y que pasaron a la posteridad a través de las crónicas que quedaron de sus andanzas, pero injustamente el joven Benito Soto no cuenta en la actualidad con toda la popularidad que en su época llegó a tener y mucha de la información sobre él que ha llegado hasta nuestros días está mezclada con leyendas populares de la época que corrían de boca en boca.

Lo que sí es seguro es que, en su tiempo, Benito Soto fue considerado como uno de los pocos piratas de origen español que alcanzó la fama mundial, gracias a ser uno de los más sanguinarios que navegaron por esta parte del Atlántico.

Su historia comienza a una edad muy temprana, cuando cansado de faenar en la pesca junto a su padre y hermanos (era el mediano de catorce hermanos) decide buscarse un futuro mejor y se enrola en un bergantín negrero que navegaba bajo bandera brasileña.

A pesar de su juventud (tenía 18 años por aquel entonces) se supo ganar rápidamente el respeto de todos sus compañeros y superiores de “El defensor de Pedro”. Su estatura le ayudaba a imponer cierto respeto ya que medía poco menos de dos metros (mucho para la época), además de tener la cara llena de marcas, a causa de la viruela que pasó años atrás, algo que le confería un aspecto algo desagradable.

El barco en el que se enroló viajaba con una ‘patente de corso’ lo cual le otorgaba ciertos privilegios en ultramar, a la hora de defenderse y/o atacar otras embarcaciones. Tras poner rumbo al Caribe para trasladar un cargamento de esclavos, en el primer viaje de Soto, algo ocurrió durante el trayecto que hizo cambiar la concepción de la vida en el mar del joven, a pesar de tener la confianza de sus superiores que lo nombran contramaestre.

El conocer durante su estancia en el Caribe a otros marinos que se habían traspasado al otro lado de la ley, convirtiéndose en piratas y ganando grandes sumas en oro y joyas gracias a los abordajes, fue el revulsivo que lo termino de convencer para ganar mucho dinero en pocos años y poder retirarse siendo aún joven.

Durante el trayecto hacia el continente africano encabeza un motín, posicionándose como líder del grupo de marineros rebeldes y ocupando el puesto de capitán tras acabar con sus jefes.

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El bergantín El defensor de Pedro pasó a partir de ese momento a llamarse “Burla Negra”, convirtiéndose en un barco pirata que atacaba a toda aquella embarcación con la que se cruzaba. Solo había una excepción en los abordajes, ningún barco atacado por Benito Soto llevaba la bandera española, por lo que las nacionalidades de las víctimas eran británicas, norteamericanas y sobre todo portuguesas.

A lo largo de los siguientes cinco años saqueó y hundió una decena de barcos, dejando tras de sí 75 asesinatos, la mayoría de ellos realizados a sangre fría y con una crueldad extrema.

En 1828 decidió que los tesoros acumulados eran suficientes para repartirlos entre su tripulación y retirarse a vivir tranquilamente junto a su familia, por lo que puso rumbo hacia A Coruña donde consiguió vender gran parte del botín a través de un cónsul que allí se encontraba. Éste le dio un pagaré que le sería hecho efectivo en el sur de la península ibérica, por lo que Soto y sus compinches se dirigieron hacia allí.

Pero la mala fortuna hizo que, a pesar de no haber atacado nunca ningún interés español, se dictase una orden de busca y captura contra ellos, auspiciada por el gobierno británico a través de Gibraltar. Benito Soto fue detenido y trasladado a la colonia mientras que al resto de sus compañeros se les ajustició en Cádiz.

El 25 de enero de 1830 el joven pirata fue llevado a la horca. Crónicas de la época dicen que sus últimas palabras fueron “¡Adiós a todos, la función ha terminado!” y que para facilitar el trabajo al verdugo él mismo se subió sobre el que tenía que ser su ataúd y así poder meter bien la cabeza entre el lazo de la soga.

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Tuvo una muerte lenta y dolorosa, debido a que sus pies rozaban el suelo (no habían calculado la gran estatura que tenía), por lo que el verdugo tuvo que quitar algo de tierra bajo sus pies con una pala, algo que ralentizó la agonía del condenado.

Una muerte cruel que quizás muchos de los coetáneos celebraron que así fuese, debido a la crueldad con la que Benito Soto trató y mató a todas sus víctimas.

Fuentes de consulta: marinobaler / perezreverte