Arthur Warren Waite, en busca del crimen perfecto

A un ciudadano de la localidad de Grand Rapids, en el Estado de Michigan, algo no le cuadraba. Con apenas un mes y medio de diferencia, los cónyuges Peck habían fallecido repentinamente, de la noche a la mañana. Así, K.Adams - seudónimo que utilizó para enviar un telegrama alertando a la policía - acabó con los planes de Arthur Warren Waite, yerno de los fallecidos, de salir airoso del que podría haberse convertido en 'el crimen perfecto'.

Arthur Warren se había casado con Jane Peck en septiembre de 1915. Ella era la joven heredera de un rico farmacéutico y él un joven dentista con una prometedora carrera.

Se conocían desde pequeños, ya que ambas familias estaban muy unidas desde hacía muchísimos años, y el transcurrir de los años llevó a los jóvenes a enamorarse y contraer matrimonio.

Su vida en el apartamento de Nueva York al que se habían trasladado tras el enlace, parecía idílica. Las navidades de ese mismo año, Hanna Peck decidió ir a pasar una temporada con su hija y su encantador yerno.

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Recién estrenado el nuevo año 1916, la madre de Jane despertó aquejada de una fuerte jaqueca y con los síntomas de haber cogido una fuerte gripe. Lo achacaron a un pequeño viaje en coche que habían realizado días atrás en el que una de las ventanillas del auto no cerraba bien.

En pocos días Hanna fue empeorando y el 30 de enero fallecía. Arthur se ofreció a organizar todo lo correspondiente al funeral y traslado hasta Grand Rapids, pero la cantidad de papeleo que conllevaba aconsejaba que fuese directamente incinerada en Nueva York y trasladar solo las cenizas. Y así se llevó a cabo.

Transcurridas dos semanas tras el fallecimiento de su esposa, el compungido viudo quiso combatir la soledad que le asolaba y decidió pasar unos días en compañía de su hija y su yerno. El joven se volcaba en atenciones hacia su suegro.

En cuestión de pocos días, John E. Peck comenzó a encontrarse mal, pero su excelente conocimiento de medicina, gracias a su experiencia en la industria farmacéutica, le ayudó a no terminar de recaer en una virulenta gripe que no acababa de marcharse. De repente, el 12 de marzo, el anciano falleció.

Todos dieron por sentado que la causa habría sido la gripe mal curada que arrastraba en las últimas semanas a lo que había que sumarle la pena por la pérdida de su esposa solo un mes y medio antes.

Pero hubo quien no las tenía todas consigo y al que le pareció muy extraño que en un periodo tan corto de tiempo falleciera el matrimonio, cuando ambos se encontraban perfectos de salud en el momento de marchar de Grand Rapids y enfermaran casualmente al estar en el apartamento de la joven pareja.

Bajo el nombre falso de K.Adams, alguien mandó desde la ciudad de Míchigan un telegrama a la policía de Nueva York en el que alertaba de lo sospechoso del asunto y pedía que no se permitiese incinerar el cuerpo de John E. Peck sin realizarle antes una autopsia.

A pesar de que la policía no solía hacer demasiado caso de este tipo de denuncias anónimas, se decidió investigar y conseguir una orden judicial para que no se realizase el crematorio del difunto señor Peck.

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La autopsia reveló que el organismo tenía un importante número de bacterias de la difteria y la tuberculosis, pero también se encontraron rastros de arsénico.

Tras registrar la consulta de Arthur Warren, en donde ejercía su profesión como dentista, se hallaron varios libros de farmacología junto a algunas muestras de cultivos de las enfermedades encontradas en el cuerpo de su difunto suegro.

Finalmente el joven se confesó culpable de la muerte de los padres de su esposa, a quienes proporcionaba los virus a través de inhaladores nasales o la propia comida. La recia constitución del anciano se lo puso difícil para acabar con él del mismo modo que con Hanna Peck, por lo que optó por hacerlo de una manera más rápida, suministrándole una fuerte dosis de arsénico.

Este último detalle es lo que hizo que se descubriese toda la verdad del que podría haber sido un doble crimen perfecto, ya que, de no haberse encontrado restos del potente veneno en la autopsia, el forense hubiese determinado como normal el hallazgo de las bacterias en el cuerpo.

Durante la confesión, Arthur reconoció que había cometido los asesinatos con la finalidad de percibir la cuantiosa suma de dinero que le correspondería a su esposa en la herencia y poder así llevar una vida llena de lujo.

El 23 de marzo de 1916, Arthur Warren Waite fue detenido acusado del asesinato de sus suegros y tras ser juzgado fue sentenciado a morir en la silla eléctrica, pena que se ejecutó el 24 de mayo de 1917 en el penal de Sing Sing.

Jamás se conoció la identidad del anónimo denunciante.

Fuentes de consulta: case1worker / executedtoday / sigloscuriosos / murderpedia

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