César, el perro que mandó tanto como el rey

Alfred López
Cuaderno de Historias

Días atrás os expliqué en el blog Cuaderno de Historias el relato sobre cómo se creó el primer cementerio específico para mascotas y que se abrió a pocos kilómetros del centro de París (‘Cimetière des Chiens et Autres Animaux domestiques’) y en él os hablaba sobre el amor incondicional que muchas personas sintieron por sus animales de compañía, hasta tal punto de querer que éstos reposasen en el mejor lugar posible una vez fallecidos.

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La historia que os traigo hoy es de una de esas personas que sentían tal debilidad por su perro que era llevada hasta límites insospechados, siendo el can el que, en muchos momentos mandase más que otros miembros de la familia e incluso tuviese prioridad ante algunos asuntos de Estado.

Nada sería de extrañar si nos ponemos a pensar que esto es algo que ocurre en un gran número de hogares en los que hay una mascota y ésta se convierte en el centro de la casa. Pero la peculiaridad de este relato radica en que el propietario del perro no era otro que el mismísimo rey Eduardo VII del Reino Unido.

En 1902, coincidiendo con su coronación y el fallecimiento de su anterior mascota, el monarca recibió de manos del 12º Baron Dudley un pequeño fox terrier como regalo, el cual llevaba por nombre de ‘Caesar’ (César). A partir de aquel momento el animal se convirtió en inseparable de su amo, siendo mucho más que un simple compañero de juegos, paseos o entretenimiento (el rey por aquel entonces ya había cumplido los 61 años).

César entraba y salía de las habitaciones a su antojo, subía a los muebles que le apetecía, ladraba a quien no le caía bien y en definitiva hacía lo que le venía en gana a lo largo y ancho de todo el Palacio de Buckingham, donde nadie podía decir nada al respecto, debido a que el can era el verdadero ‘rey de la casa’.

Colocaron un sillón junto a la cama del rey donde dormía la mascota, muy a pesar de la reina consorte Alejandra de Dinamarca que no quería que el animal pasase la noche en la misma habitación que ellos, pero la voluntad de su esposo (y en este caso del perro) era la que imperaba. De hecho, el carísimo collar que llevaba alrededor de su cuello tenía una inscripción que decía ‘Soy César. Pertenezco al Rey’.

El animal también disponía de un séquito que los cuidaba, alimentaba y velaba por él, teniendo un mayordomo en exclusiva que debía seguirlo y vigilarlo continuamente, aunque no podía/debía impedir que el animal hiciera aquello que le viniese en gana.

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Este libre albedrio de César puso en algún que otro aprieto a Eduardo VII en más de una ocasión. Cierto día estando de visita el rey junto a su inseparable can en la propiedad de Lord Redesdale, el animal persiguió y mató a unos conejos que tenían como mascotas las hijas del aristócrata.

El Barón Hardinge de Penshurst también sufrió las travesuras de César y concretamente una vez en la que estando conversando con el monarca al animal le dio por refregarse en la pierna del noble como si estuviese copulando. El rey no hizo ni el más mínimo gesto de desaprobación y continuó la conversación como si nada ocurriese.

Pero el mayor protagonismo de César fue en 1910, a raíz del fallecimiento de Eduardo VII, ya que el animal encabezó el cortejo fúnebre que recorrió las calles de Londres, yendo inmediatamente detrás de la carroza con el féretro del rey y por delante de todos los monarcas y altos mandatarios que habían acudido a decir su último adiós al monarca (incluyendo a Jorge V, heredero del trono del Reino Unido).

Quien no se lo tomó demasiado bien, y costó más de un problema diplomático el hecho de que el perro fuese por delante que él en la comitiva, fue el káiser Guillermo II de Alemania, quien desaprobó que eso hubiera sido así e hizo llegar una queja que dejaría desde entonces bastante inestable las relaciones entre Gran Bretaña y el Imperio Alemán.

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Como ya os imaginareis, tras la muerte de su amo, César entró en una depresión, negándose a comer y colocándose frente a la puerta de la habitación real, donde pasaba horas aullando por la pérdida y añoranza de su querido amigo. La reina Alejandra intentó darle mimos y cuidar al máximo de él, algo que animó un poco al animal, que ya no volvió a ser el perro travieso y alegre de antaño.

César falleció el 18 de abril de 1914 a consecuencia de unas complicaciones tras una intervención quirúrgica que se le practicó. Aunque hubiese sido deseo de Eduardo VII que su fiel amigo fuese enterrado junto a él en la capilla de San Jorge del Castillo de Windsor, el resto de miembros de la familia real se opuso a ello, colocando a los pies de la tumba del rey una imagen tallada de la mascota. Sin embargo los restos del animal fueron a reposar lejos de su amo, en Marlborough House, una mansión de Westminster, y que actualmente es la sede de la Commonwealth.

Fuentes: dailymail / dogworld

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